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Todo
aquel
que ama la pesca de la trucha se plantea alguna vez el viaje de su
vida y dónde puede estar ese lugar soñado que justifique el desembolso.
Los que han estado en los ríos y lagos del sur de Chile tienen la
respuesta: en la Patagonia.
Desde
su extremo más septentrional, hasta los confines antárticos, Chile
desborda pesca por todos su rincones, pero describirlos se hace
complicado. Tanto como cortos se quedan el marco de una diapositiva para
recoger un paisaje o las palabras para definir el color tan característico
de algunos de sus ríos. En este país andino todo deslumbra en general,
quedando las proporciones y las concepciones que trae un europeo rápidamente
echadas por tierra. De hecho, la idea de qué es un río cobra aquí otra
dimensión. Por eso todos quieren volver, a pescar si es posible.
El destino patagónico es el mejor escaparate de Chile hacia el mundo, un
territorio virgen de verdad, sin asentamientos humanos ni grandes villas
turísticas que siembren de visitantes los campos, sin carreteras que se
adentren por sus rincones ni demasiados alojamientos al uso donde dormir
si no es en plena naturaleza. Por eso atrae, y porque además todo lo que
encontramos está especialmente creado para dar al pescador la mejor
calidad, por servicios de sus lodges y por abundancia de peces. Chile está
de moda, a buen precio y con resultados altamente garantizados, eso está
claro.
De sus casi 5.000 kilómetros de largo (8.000 si contamos con su
territorio antártico) por unos 177 de ancho de media, gran parte de ellos
están catalogados como aguas trucheras. En la misma capital, Santiago,
existen ríos que albergan algunas poblaciones poco estables. Desde allí
hacia el sur se encuentra lo que con los años se ha convertido en un
destino privilegiado y mimado por las autoridades del país, uno de los
mejores lugares del mundo para pescar truchas.
Lo que tradicionalmente se conoce como la Patagonia no es sino una extensa
franja longitudinal que comparte con Argentina vertebrada por la
Cordillera de los Andes. El lugar donde las moles desérticas del norte
del país, que rozan el cielo con sus más de seis mil metros, van
menguando poco a poco y se convierten en un sistema de abruptos picos de
menor altitud que albergan una vegetación impenetrable y reliquias
naturales como el alerce, uno de los pocos árboles capaces de vivir miles
de años y todo un símbolo para los chilenos. Todas las cumbres aquí se
encuentran entre los dos y los tres mil metros, muchas de ellas volcanes
semiactivos, y el manto blanco que las corona es perenne. Estamos en lo
que administrativamente se denomina la X y XI Región, conocidas también
como las de Los Lagos y Aisén.
En este vasto sistema de montañas y valles la abundancia de ríos allí
donde la vista alcanza se convierte pronto en parte del paisaje particular
de cada visitante. El agua es uno de los principales bienes del país,
cuyos habitantes han acuñado el dicho de que “lo único que nos sobra
es agua y electricidad por todos lados”. Pero no se encuentra explotada
para obtener esta energía, al menos en los ríos patagónicos, por la
dificultad de construir presas y porque no son necesarios generar más
watios para la población. Eso contribuye a que haya truchas en cada rincón
y a que los ríos sean por tanto salvajes, pero también inmensos y
poderosos en corrientes, teniendo que verter al Pacífico después que
recorrer un gran desnivel en poco más de 100 kilómetros en el caso de
los más largos. El resultado son tremendos cauces que se precipitan
veloces hasta encontrar el mar, que se pescan normalmente embarcados, y
miles de afluentes considerados “ríos chicos”, lo que equivaldrían
en proporciones a un río peninsular y cuya pesca es más similar a la
nuestra.
Bajando el Petrohué
La
entrada natural del viajero a la Patagonia es la ciudad de Puerto Montt,
que con sus 110.000 habitantes es la quinta urbe del país y la última
gran ciudad antes de adentrarse en cualquier programa de pesca. Esta es la
capital de la región de Los Lagos, ubicada frente al llamado seno de
Reloncaví, la terminación de un inmenso fiordo de más de 30 kilómetros
flanqueado por farallones y bajo los cuales se produce una de las mayores
entradas de salmones del país -principalmente chinook-. Si se llega por
aire desde Santiago podremos hacernos una idea de la densidad de lagos que
da nombre a la región, todos ellos fruto de glaciaciones pasadas y
rellenados por el efecto de las morrenas que impidieron su desagüe al
mar. El Ranco, el Puyehue o el Rupanco se encuentran entre los más
grandes, pero es el Llanquihue el que concentra la mayor actividad además
de ser el segundo por superficie del país. Hasta él se llega a través
de una carretera que pronto pasa a ser la característica pista de ripio
-piedra machacada-, el material con el que se fabrican los caminos.
Desde éste se divisan volcanes como el Osorno y el Calbuco, que gobiernan
el paisaje desde cualquier rincón, y en sus inmediaciones nos topamos con
el Petrohue, uno de esos ríos imprescindibles en cualquier viaje.
Por sus dimensiones, es obligado pescar usando una embarcación neumática
derivando por la corriente, aunque son muchos los tramos en los que
podremos bajar durante el día para hacerlo desde orilla y asentarnos en
cualquiera de sus afluentes. A pesar de tener una longitud de 36 kilómetros
escasos, su cauce es en muchos puntos superior a los 100 metros y discurre
encajonado entre pronunciados cañones que albergan bajo sus aguas tanto
truchas comunes como arcoiris que llegan sin problemas hasta los 4 kilos
de peso, y en su época de remonte también salmones. Las fario son en
general corpulentas en cualquier río, pero aquí presumen de pescar las más
grandes y agresivas, siendo bastante normales las capturas de 7 y 8 kg.
Pero las inmediaciones de Puerto Montt también ofrecen más opciones.
Además de los citados lagos, hermanos en caudal del Petrohué son el
Puelo y Maullín y la costa marítima no deja de ser regada por ríos
cortos por descubrir, lo mismo que aquellos que desaguan al Llanquihue.
Pasión
por el flyfishing
Aunque están permitidas todas las modalidades excepto el cebo natural,
Chile es un destino fundamentalmente mosquero, algo que se puede percibir
en cualquier lodge en el que nos alojemos o en la cultura y los
conocimientos de quienes se encarguen de nuestras salidas. Es el fruto del
turismo que recibe -fundamentalmente norteamericano- y de la historia
reciente del sur del país, poblado a finales del XIX y comienzos del
pasado siglo por un buen número de colonos de origen europeo que entre
otros acerbos incorporaron el del flyfishing. La forma de pescar sin
embargo no difiere mucho de la que se puede practicar en España. Un
equipo básico podría constar de una caña del 5-6 o 7 según los gustos,
y un juego de al menos tres líneas: una flotante para ríos medianos, una
punta hundida para los más grandes y una línea hundida para pescar en
barca o poder colocar la mosca en los grandes pozos y tener la oportunidad
de sacar ejemplares de tamaño.
En cuanto a las imitaciones más usadas hay que mentalizarse de que la
mosca seca y la pesca a trucha vista es algo muy ocasional y que sólo se
practica en ríos muy concretos, de los que convenientemente te informan
una vez llegado. Mandan las grandes imitaciones, tipo wooly buggers o
stimulators como genéricas, pero nunca hay que dudar de los montajes que,
como en cualquier parte del mundo, son específicos. Es el caso de las
pancoras (crustáceos autóctonos), verdaderos reclamos para las comunes
en los ríos de la X Región. Y quien pesque a lance ligero no tiene por
qué temer; de hecho es una técnica mucho más productiva y las
diferencias entre señuelos de aquí y allá no existen.
Dejando atrás el equipo usado, el siguiente destino imperdonable en el
camino hacia el sur es el entorno de Chaitén con el lago Yelcho a la
cabeza. Después de haber tomado la avioneta diaria que conecta con Puerto
Montt en media hora (en barco y por carretera el viaje puede ser de un día)
y tras otro pequeño tramo por la Ruta Austral, nos situamos en alguna de
las pocas entradas accesibles a este lago, donde existen varios
alojamientos en plena orilla con embarcadero propio. Tanto para los
mosqueros como para los de spinning es más que recomendable navegar
pescando al curricán en estas aguas, de las que salen truchas de las dos
especies y de un tamaño aceptable de unos 500 gramos de media, o
desplazarse hasta la salida del lago hacia el río del mismo nombre para
intentar la pesca desde tierra. Si queremos emplear algo más de tiempo,
existe la opción de desplazarse hasta el Futaleufú, uno de los ríos más
bravos del planeta (grado 5 para los amantes del rafting), pero que también
alberga una de las poblaciones trucheras más importantes.
¿El
río más productivo del mundo?
Pero dentro de la Patagonia también hay respiros, extensas zonas donde el
relieve descansa y se torna en suaves montes o mesetas en forma de pampa.
Es el caso de Coyhaique y Balmaceda, localidad ésta donde se ubica el
aeropuerto que da entrada a este enclave. Sería difícil quedarse con uno
de los muchos ríos que salpican esta capital de la región de Aisén para
recomendar, aunque nada comparable con la experiencia de pescar en el que
puede considerarse uno de los más productivos del mundo. Hablar del Ñireguao
y de los saltamontes es decir decenas, cientos de truchas en un día. Todo
aquél que lo ha pescado guarda de él un recuerdo imborrable que perdura
para el resto de su vida. Y sin embargo no responde al prototipo de río
chileno, sino más bien todo lo contrario: discurre en medio de un extenso
páramo arbustivo cercano a Argentina, apenas llega a los 10 metros de
ancho y su caudal no impide cruzarlo donde queramos. A cambio ofrece una
de las densidades de comunes más altas de Chile con tamaños que van
desde los 500 gramos hasta los dos kilos. Es además uno de los pocos
lugares donde pescar a mosca seca se convierte en un verdadero espectáculo
al ver cómo entran francas al señuelo picando incluso a medio metro de
nuestra figura.
Tan famoso como sus truchas son sus saltamontes, una imitación muy
concreta de este insecto que el literalmente infalible en estas aguas.
Desde Coyhaique tenemos oportunidad también de acercarnos al Simpson,
considerado también como un río auténticamente mosquero que corre a
través de un estrecho valle al que afluyen cantidad de tributarios que
podemos pescar si nos desplazamos en barca con tricópetros o efémeras y
con la oportunidad de coger algunas especies más como arcoiris,
steelheads o reos según nos aproximamos a su desembocadura en Puerto Aisén.
Arcoiris
en estado puro
A cinco horas de coche y 290 kilómetros por la Ruta Austral se encuentra
el último de los grandes destinos chilenos antes de que las carreteras
vayan escaseando y el frío de Tierra de Fuego haga olvidar la Patagonia.
Este tramo de vía bien merecería otra semana de pesca aventurera y
exploradora, ya que a los lados del camino no dejan de brotar aguas
trucheras por todos lados. Arroyos, cascadas, lagunas, ríos inmensos...
Miles de kilómetros sin pescar -nadie y nunca lo han hecho- y sin embargo
no son una prioridad; es imposible pescarlo todo. Es interminable.
Del segundo lago más grande de Sudamérica (el General Carrera para los
del lado chileno y el Buenos Aires para los del argentino) nace el río
Baker, a su vez el más caudaloso de todo el país con un flujo nada
despreciable de un millón y medio de litros por segundo en su nacimiento.
Una auténtica fuerza bruta de la naturaleza que sorprende tanto más por
su color azul turquesa -para otros es esmeralda- que por su bravura.
En el Baker se encuentra la población de arcoiris más luchadora que
podemos encontrar en tamaños de uno a dos kilos de media y una diversión
que no cesa tras la primera arrancada del pez después de haberse
prendido. En este río puede vivirse una las eclosiones más
espectaculares de toda la zona y ver cómo se convierte en un hervidero de
brutales cebadas al atardecer, mucho más francas que las de las truchas
comunes, que son sólo esporádicas. Este es para muchos el último río
de la Patagonia aunque a partir de aquí todavía quedan más de 200 km de
camino, el que marca hasta dónde ha llegado el hombre en busca de
truchas. El resto está aún por descubrir.
¿POR QUÉ HAY TANTOS PECES EN LA PATAGONIA?
Hay muchas razones para considerar a Chile como uno de los mejores
destinos mundiales para la pesca de truchas y salmones. La densidad de
peces que allí se encuentra sólo es comparable a la de otras regiones
remotas del mundo como Alaska o Nueva Zelanda y como en este último país
la presencia de salmónidos es fruto de la introducción en el siglo XIX
de especies que sólo son autóctonas del Hemisferio Norte del planeta.
Para comprender el porqué de esta abundancia y los tamaños que alcanzan
hay que referirse a varias causas entre las que estarían las condiciones
óptimas de sus ríos para la vida de los salmónidos, la practicamente
nula presión de pesca, la inaccesibilidad del territorio, la ausencia
total de vertidos ya que no hay ni poblaciones ni industrias, y
transversalmente la piscicultura.
Las primeras introducciones de truchas en Chile datan de finales del XIX,
pescándose la primera en 1914 en el río Cautín. A partir de ese momento
comenzó su fase de expansión a través del extenso engranaje de ríos,
lagos y esteros que forma la Patagonia. Las condiciones además, son
inmejorables, ya que presentan un gran caudal y una corriente moderada
fruto de la cercanía de la cordillera que permite que se reproduzcan con
éxito y abunde la comida, fundamentalmente a base de invertebrados y la
pancora, un cangrejo muy abundante en los cursos de la X Región que es
parte esencial de la dieta de
la trucha y una de las imitaciones en la pesca a mosca más usadas.
La densidad de población del sur del país es de 19,3 habitantes por km2,
concentrándose más de un tercio de sus 16 millones de habitantes del país
en Santiago, la capital, y otro tanto en las principales ciudades de la
zona centro. El territorio patagónico es por tanto una zona escasamente
poblada, y donde la pesca recreativa no es un deporte común para sus
ribereños, lo que nos permite en la mayoría de los casos pasar jornadas
enteras sin encontrarnos con otros pescadores en el río, adonde sólo
suelen llegar los guías de pesca, que en muchos casos son los únicos que
pueden transitar por las pistas de acceso a los mismos.
La piscicultura es también otro de los motivos de la abundancia de salmónidos.
De hecho, las perspectivas afirman que Chile podría convertirse a corto
plazo en el primer exportador de salmón del mundo por delante de Noruega
con sus 700.000 toneladas de pescado anuales, que podrían llegar hasta
1.377.000 en el año 2013 entre las cuatro especies de salmones que se
producen y la trucha arcoiris. A lo largo de Chile operan unas setenta
empresas dedicada a este negocio en unas 1.500 granjas flotantes, unos 190
centros de piscicultura y unos ochenta centros de cría repartidos en
lagos y zonas de desembocadura. Esto da como resultado un riesgo latente
de escapes que se produce con cierta frecuencia y que llena los ríos de
peces, que con el tiempo acaban aclimatándose y reproduciéndose.
Anualmente se estima que son de uno a cuatro los millones de ejemplares
que escapan de la granjas y se incorporan a los ecosistemas fluviales,
lacustres y costeros. El último de estos escapes masivos, producido a
finales de 2003 en el estuario de Reloncaví (desembocadura del Petrohué)
se cifró en uno 130.000 salmones.
CÓMO
LLEGAR A CHILE Y MOVERSE POR EL PÁIS
Pese a la lejanía, llegar al sur de Chile y a las zonas de pesca de la X
y XI Región es relativamente sencillo y con buenas combinaciones. Lan
Chile dispone de un vuelo diario Madrid-Santiago de lunes a sábado a las
23:55 h. Desde la capital, y dadas las distancias, es casi obligado tomar
otro vuelo hasta Puerto Montt en cualquiera de los diez horarios
existentes en un trayecto de una hora y cuarenta minutos. Tres de esos
vuelos prosiguen camino hasta Balmaceda, un aeropuerto cercano a la ciudad
de Coyhaique tras otra hora de avión. Todas las tarifas y horarios se
pueden consultar en su página wwwlanchile.es.
Para moverse dentro del país las infraestructuras de comunicaciones son
bastante escasas por una cuestión geográfica. La Patagonia es una región
absolutamente montañosa con valles muy pronunciados que impiden la
construcción de carreteras, excepto en las zonas de llanura o pampa
colindantes con Argentina. La Ruta Austral es, hoy por hoy, el mejor modo
de conocer las posibilidades y la magia de la naturaleza de la Patagonia
chilena si se dispone de tiempo. Esta vía se comenzó a construir en 1976
y finalizó su trazado en 1987, aunque continuamente se trabaja en ella,
sumando un total de 1.280 kilómetros de caminos ganados a un terreno
accidentado e inexplorado hasta entonces en medio de la llamada selva fría,
con varios estuarios que hay que franquear por medio de trasbordadores. La
Ruta Austral parte de Puerto Montt y llega hasta Villa O´Higgins, muy
cerca del Campo de Hielo Sur y ya próxima a Tierra del Fuego. Recorrer
esta vía es una de las experiencias más espectaculares que se pueden
realizar en el mundo conduciendo un vehículo, aunque con las
incomodidades de encontrarse en una región virgen. Actualmente sólo se
encuentran pavimentados uno 100 kilómetros en torno a la ciudad de
Coyhaique; el resto es una pista de ripio de distinta calidad según la
zona. Los más atrevidos pueden hacer esta travesía pescando en
cualquiera de los cientos de ríos que se encuentran a su paso -la mayoría
nunca pescados-, siempre teniendo en cuenta que el depósito de gasolina
debe estar lleno (puede haber cientos de kilómetros entre gasolineras),
que podemos pasar horas sin cruzarnos con otro vehículo en el camino y
que la velocidad a la que se circula no es superior a los 50-60 km/h.
Otra de las alternativas más extendidas en el país es el alquiler de
avionetas o aerotaxis para viajar de un lugar a otro. Actualmente son el método
más rápido (en coche 300 kilómetros pueden demorarte un día) e incluso
el más económico según los casos. Gran parte de los pueblos, villas o
asentamientos patagónicos han construido a lo largo de los años pistas
de aterrizaje para las aeronaves del ejército que hoy en día se utilizan
para el aterrizaje de turistas, pescadores e incluso transporte
discrecional de sus pobladores. Aunque volar entre este paisaje montañoso
y climatológicamente inestable no es excesivamente tranquilo se puede
decir que los pilotos y la calidad de los aparatos es en general buena.
Algunos lodges disponen incluso de hidroaviones con los que transportan a
sus clientes entre lagos.
LODGES
A PRIMER NIVEL MUNDIAL
Los alojamientos para pescadores en Chile gozan de una relación
calidad-precio excelente y más económica que en otras partes del mundo.
En general disponen de precios por días o paquetes incluyendo todas las
comodidades. Pero teniendo en cuenta dónde se ubican la sensación de
confort se acrecienta y una constante de sus propietarios en la dedicación
y el gusto por ofrecer al cliente un servicio de alto nivel.
Sin embargo, poner en marcha un lodge en la Patagonia no es fácil desde
el punto de vista del empresario dadas las complicaciones derivadas del
aislamiento, de ahí que los que funcionen lo hagan sabiendo que lo que
ofrecen tiene que satisfacer a quien llega. Se construyen habitualmente en
terrenos que adquieren sus propietarios a orillas de ríos y lagos, a
menudo comunicados a través de pistas, la Ruta Austral o simplemente de
llanuras acondicionados para el aterrizaje de avionetas, con los pueblos más
cercanos a varias decenas o cientos de kilómetros de distancia. Algunos
disponen incluso de su propio hidroavión para acortar los tiempos de
desplazamientos recogiendo a sus pasajeros a orillas de lago.
La mayoría de ellos están construidas siguiendo el diseño tradicional
de las cabañas y en madera, bien como soporte o como elemento decorativo,
y presumen de un exquisito gusto por su decoración interior. Este es un
país en el que el fenómeno de la pesca es relativamente reciente, y ha
adquirido la cultura del lodge anglosajón, que intenta rodear al huésped
de toda una serie de adornos e iconografía piscícola que le hace sentir
como en casa, eso sí, siempre en inglés. En su interior vamos a
encontrar numerosos mapas de la zona, un buen puñado de grabados, óleos
o acuarelas de las distintas especies y muchos detalles ornamentales que
hacen agradable y calurosa la estancia en estos alojamientos mientras se
degusta el pisco, una bebida de alta graduación y mejor sabor típica del
país que es ofrecida como costumbre por los anfitriones.
Las comodidades son igualmente la tónica general. Rara será la habitación
en lo que nos alojemos que no disponga de vistas al río o lago que vamos
a pescar y el ver la televisión no es problema ya que disponen de canales
por satélite, el único modo de comunicarse (también por Internet) en
una zona en la que ni la telefonía fija ni la televisión analógica son
capaces de llegar. Ni siquiera la cobertura de los móviles es efectiva en
muchos casos.
Para
contactar con cualquier lodge de Chile y elegir la zona y los ríos en los
que trabajan se puede consultar la web: www.chilelodge.com, en donde se
recogen la mayoría de los que operan en la X y XI Región, con enlaces
directos a las páginas de cada uno. En ellas, ofrecen catálogos de imágenes
con distintas vistas del lodge, programas de pesca, precios, temporada y
algunos la opción de reservar on line. |