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La Peña Club de Pesca de Amigos Ourensanos realizó su décima
expedición a tierras irlandesas para gozar de la aventura, la
naturaleza virgen de sus ríos y practicar el sano deporte de la
pesca de la trucha y del salmón.
Los miembros de la expedición en esta ocasión eran: Luis Manchita
“Discoteca”, Javier “Caixanova”, Jorge “O Mudito”, Oscarete “El
Aguililla”, Recarey “El Fumata”, Ricardo “El Tolosa” e Ignacio “El
Talibán”. Fallaron en esta ocasión Oscarete “Mano Negra”, los
hermanos Seco de Lugo y Santos “El Elegante” siempre con sus
sombreros de ala ancha pero truchas ni una (es broma, pues es un
gran pescador).
En esta ocasión, decidimos hacer la travesía en dos grupos: Ricardo
y Recarey saldrían en avión hasta Cork y allí alquilarían vehículo
mientras otros iríamos en coche pasando por León, Burgos, Irun,
Burdeos, Vannes (unas ostras riquísimas), Nantes (donde dormimos la
primera noche, no sin pasar el primer contratiempo, pues tardamos
mas de tres horas en conseguir alojamiento) y Lorient, hasta llegar
a Rosscoff. El viaje lo hicimos en mono volumen con frigorífico
incluido, para llevar las viandas y traer las truchas y salmones que
pescáramos.
Las comidas las efectuábamos en las áreas de servicio,
avituallándonos y repartiendo como buenos amigos. El congelador,
repletito con pan de barra y bollas de Cea suficientes para
abastecer un regimiento, patatas de Xinzo, jamón ibérico de Trevelez,
queso bien curado de oveja, varias cajas de vino tinto Viña Albina,
que cogimos en el Hotel Ruta de Europa, varios zancos de cordero,
cachucha, pulpo, arroz, berberechos, langostinos y otros mariscos
para hacer paellas, distinta latería en conservas, etc. Por
supuesto, no olvidamos el
whisky y
licores de hierbas, como tampoco el ponche que le encanta
a Luís “Manchita” y al “Mudito”.
En total, unos 1.800 km.
El ferry Brytania partía del puerto de Rosscoff al día siguiente a
las 21,30 horas rumbo a Cork. Tarda unas once horas en hacer la
travesía desde Francia al sur de Irlanda.
Llegamos a Golden en Ballinamona, donde teníamos alquilada una casa
para todos nosotros. Por la tarde y sin descansar ya fuimos a echar
los primeros lances y coger las primeras pintonas que cenaríamos
después, siguiendo el rito de costumbre.
Nos repartimos por los innumerables ríos que existen en Irlanda,
según la conveniencia y preferencias de cada cual y su forma de
pescar ya que unos preferían los ríos anchos y caudalosos, con cañas
largas o de cola de rata y otros los regatos medianos y profundos,
con cañas mas reducidas y cucharilla del 0 ó 1 doradas con pintas
azules o rojas, que resultaron ser la mejores y que las llevaba
Luís, al que se las terminamos.
Pescamos ejemplares muy bonitos. Truchas doradas con pintas
rojísimas y otras negruzcas con pintas asalmonadas en pozos que
tiran de miedo, también entraban muchos esguines de salmón que se
devolvían al río. Por la noche, limpio la treintena de truchas
pescadas y las fríe Luís, con su toque magistral, unos trocitos de
panceta en la tripa y ajos.
En Golden, establecimos nuestro campamento base, en una casita muy
acogedora, propiedad de Miss Gulliver, donde nos repartimos las
habitaciones, según se hiciera ruido por la noche (algunos roncan
que parecen locomotoras de carbón) y se hacen las primeras putaditas;
la verdad es que empecé yo, pero después me las devolvieron con
creces.
Luís “Manchica” también nos hizo una tortilla de patatas que quitaba
el hipo y yo cocí unas alcachofas gigantes que habíamos pillado a
nuestro paso por los campos y huertas de Rosscoff.
Las truchas de Irlanda es la común; dorada en las corrientes y
tirando a parda en los pozos por la umbría en la que viven, pero con
unas pintas rojas intensas preciosas que tanto ilusionaba pescar a
nuestro querido y recordado “Chisco”, con la cola de rata.
Los días siguientes los repartimos por los numerosos ríos que
circundan la región en un radio no superior a cien kilómetros.
Conocimos Mindelton River, Tar, Colligan River, Bilboa, Mulker,
Brige, Awbeh, Suir y sus afluentes, Malow y sobre todo el salmonero
BlackWater y el River Moy de Ballinas, donde se cogieron algunos
salmones y reos, utilizando la famosa cucharilla llamada “Condon Fly”,
roja o negra.
Los días pasaron rápidos siendo todos de fortuna, aunque el clima
fue inestable y los dos últimos llovió que Dios la echaba, creciendo
los ríos y enturbiándose a color chocolate el agua que nos impidió
pescar por lo que aprovechamos para realizar turismo. Las lloviznas
(típico chirimiri) son muy frecuentes por lo que se recomienda
llevar ropa ligera, un buen impermeable, vadeador resistente al
agua, gorra, gafas de sol polarizadas, alguna crema y repelente de
mosquitos.
Salíamos a la mañana temprano y, aunque algunas veces hacía bastante
viento, frío y orballaba, no nos impedía pescar y regresábamos mas
bien tarde y empapados, pues si estaban picando es imposible que
pares de pescar. Incluso, la cena, la llegamos a posponer hasta la
medianoche, después de hacer algún que otro sereno en los ríos Suir
y Goleen. Después, una partidita al cabrón y a la cama sobre la dos
de la madrugada. Alguno se encontraba una trucha debajo de la
almohada o con sal gruesa entre las sabanas. Todo por la pesca.
La media de pesca diaria era bastante buena, unas doscientas. Javier
“Caixanova”, que es el intelectual del grupo, siempre está leyendo,
nos hizo un servicio inestimable de chofer, siempre dispuesto a
llevarnos y traernos (conduciendo siempre por la izquierda por
supuesto, que nunca se olvidaba, no pareciéndose a otro que un día
casi nos aplasta un camión que venía por su mano y al que le hacía
señas desde el coche para que se apartara). A la hora y en el
momento que se le llamaba por el móvil, pues algunas veces las
truchas caprichosas no picaban, no era su momento y Luís “Manchita”
era el primero en desesperarse y llamaba al resto del equipo hasta
llamar a Javier para que lo fuera a buscar y trasladarle a otro
lugar que a su parecer fuera mejor, y, el caso es que después
hinchaba la cesta.
Los irlandeses son afables, educadísimos e intentan entenderte
aunque les hables en chino; por eso nos encontramos tanto joven
español en ese país estudiando el idioma. Es aconsejable dejarse
perder por los laberintos de la vida de los irlandeses, siempre que
los cruces por la izquierda, por supuesto. Sus carreteras son
infernales, bacheadas y no tienen arcén. Sus calles… puedes alternar
con la gente sin miedo a nada, tomar unas cervezas con ellos…
cerveza, por cierto, las tienen de mucha variedad (rubia, tostada,
negra, etc). Se pernocta poco y uno trata de sacarle y exprimirle al
tiempo todo el jugo, disfrutando del sano deporte de la pesca y
camaradería con los amigos.
Los salmones, alertados por su instinto, remontan frenéticamente los
cauces de los ríos para ir a desovar al lugar exacto que les vio
nacer, en pleno maratón desde el océano, llegando estos
incombustibles viajeros a los ríos del sur de Irlanda, casi al
límite de sus fuerzas, para que los pescadores que los aguardan con
impaciencia se hagan con ellos. Como dijo mi amigo “KCHA”, al
referirse a Miguel “Chisco”, “Te empecinaste, como ellos, en ser el
primero en remontar la última cascada, sin contar con nuestro
permiso, comprendiendo que mientras otros estábamos aun poniéndonos
el vadeador, tu ya posabas la mosca en el agua y brindabas la
primera pintona o salmón…”. Cómo aquel día que me regalaste tu
primer salmón para mi primera nieta. ¡Eso no se olvida!... Te
recordamos todos y tus mensajes se agolpan en nuestros corazones y
nos rescatan y reconcilian con la vida. A tu lado descubrimos que lo
importante de un hombre son sus ideas y bien hacer, más que sus
palabras, su sinceridad, más que sus contradicciones, sus obras más
que sus sueños y que nunca cogiste nada que antes no hubieses
sembrado. “KCHA”, también escribió: “El viento es quien extiende la
línea y aleja el ruido del disparo”. “Quedan los días de fortuna,
otros en los que nos habremos ido de vacío, guardamos las risas, tus
bromas, las lecciones que aprendimos de ti y siempre podremos cerrar
los ojos paseando bajo las estrellas”.
Las cabronadas las hice pero algunas también me devolvieron:
miguitas de pan en la cama, nudo en el vadeador, me desaparece la
navaja o la cartera cuando tengo que pagar, me cambian la botella de
whisky
triple destilación, metiendo en la caja una botella de vino peleón
que descubro después y, la peor, esconderme una trucha en el chaleco
de pesca con el consabido olor; la encontré al llegar a casa y
vaciar la maleta de la ropa. ¡Por eso olía todo a trucha!
Regresamos, cuando ya casi terminábamos los víveres, trayendo en el
congelador más de 1.200 pintonas y nueve salmones.
A la vuelta en Cork se hace la parada técnica de costumbre para
realizar las últimas compras y adquirir algún que otro regalo para
la familia y amistades y también para acopiar en la gran plaza de
abastos algún que otro objeto en tiendas y salmón fresco, que alguno
dirá que lo pescó en el río, pero que están también buenísimos, dado
que los pescan a la subida del mar, con redes.
El atardecer, en el ferry de regreso, perfila siluetas de aventura.
La emoción ya no solo es hija del riesgo sino también del ingenio y
de la búsqueda de nuevos paraísos y horizontes en donde poder
perderse. Se toman unas copas y margaritas en el bar, antes de ir a
los camarotes a dormir, para al día siguiente estar frescos y hacer
el duro viaje de vuelta.
Ya en Ourense, tranquilitos en casa, hay paz -relativa- y sosiego, y
uno recupera la calma y se produce el descanso del guerrero
enseñando a la familia testimonios gráficos y contando los buenos
ratos vividos. |