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No
soy biólogo, ni veterinario, ni técnico de medio ambiente y no pertenezco
a la administración, si
no que solo soy un simple pescador de a pie, con
más de cincuenta años de experiencia pescando en los ríos de Galicia,
Asturias, Cantabria y Castilla-León. Desde esta óptica y con la
experiencia acumulada, haré unos apuntes sobre el furtivismo y sus
consecuencias en Galicia.
Galicia con sus mil ríos,
es un país privilegiado en cuanto a
cuencas fluviales se refiere, con una gran calidad en sus aguas
continentales en el siglo XXI, y de una gran pureza, quitando una serie de
casos puntuales
alrededor de sus principales ciudades e industrias, donde lógicamente pierde parte de esta pureza natural.
Consecuentemente siempre fue un país rico en especies piscícolas.
Ya a principios del siglo pasado, nos hablaba el Marqués de Marzales de la
importante riqueza salmonera de sus ríos. Reconociendo que se extraían
de sus aguas tantos o más salmones que en el resto de la cornisa
Cantábrica, que es lo mismo que decir de toda España.
El declive de esta riqueza, personalmente la atribuyo a tres factores
fundamentales, por el orden y la importancia siguientes:
1.- Actuaciones del hombre en el cauce de los ríos, entiéndase por ello
grandes presas eléctricas, minicentrales y cualquier tipo de
intervenciones u obstáculos en dichos cauces.
2.- Contaminación producida por vertidos industriales.
3.- Furtivismo.
4.- Sobrepesca.
En estas notas hablaré algo sobre el furtivismo.
Todos nuestros ríos, sufrieron de este mal de forma exagerada e
implacable.
Empezaré por el Río Lérez.
La lamprea fue extinguida de este río por la presión furtiva. Hace ya más
de veinticinco años que no hace acto de presencia. En este cauce, las
últimas que ví personalmente, cuatro, estaban desovando en un coveiro
delante del balneario de Monteporreiro, y alguien que estaba a mi
lado, habló de ir a su casa a buscar unas gafas submarinas para cogerlas.
No sé si lo hicieron o no, pero desde entonces no se volvió a ver otra
lamprea en el Lérez.
Me consta que algunos de los furtivos habituales del río Lérez, se pasaban
la mayoría de las noches colocando cordeles durmientes y trampas
para nutrias por la margen derecha de este río, la menos frecuentada,
desde Monteporreiro hasta Cutián.
Otra de las prácticas habituales era redar todas las noches el colchón de
la presa antigua de Bora, donde se capturaban grandes cantidades de reos
y salmones. Práctica también habitual, era buscar con francadas y
fusiles submarinos en las cuevas existentes debajo de la presa de Monteporreiro. Aquí las víctimas eran grandes cantidades de reos, y algún
que otro salmón, los cuales se refugiaban buscando aguas frescas y
escapando de la luz solar.
En los últimos años, comienza a aparecer de nuevo el
salmón en este gran río, gracias a la política acertada de repoblaciones y
reintroducción del mismo, por parte de la Consellería de Medio
Ambiente y a los desvelos de su equipo técnico con Pablo Caballero a la
cabeza. Me consta que
últimamente
no se bajó de la cifra de cuarenta
salmones capturados ilegalmente por año. Esto es una sangría inaceptable y
a la que esperamos se ponga remedio en un futuro más próximo. Se han hecho
reiteradas denuncias y esperamos resultados.
En el río Ulla el furtivismo, alcanzó antiguamente niveles impensables. Fuentes de toda solvencia de Ponte Ledesma, me contaban a título
anecdótico, que de este pueblo salían para el mercado de Santiago, carros
de vacas cargados de pintos de salmón. Yo personalmente pienso, que
serían, truchas, reos, alevines de salmón, y peixes como por allí
llamarán a las bogas o escalos. Personalmente, hace muchos años, conocí
en esta parte del Ulla a alguna persona a la que le faltaba una o las dos
manos. Estos tremendos traumatismos, se habían producido al arrojar en
algún pozo salmonero, los tristemente famosos Tacos
de Dinamita, entiéndase trozos de cartuchos de dinamita.
Una tarde veraniega, unos veinticinco años atrás, me encontraba pescando
truchas, a la altura de Novefontes, en un campo de hierba. Contiguos a la
orilla del río tomaban el sol y se bañaban un grupo de niños y niñas que
al verme no paraban de reír entre ellos. Yo, un
tanto sorprendido, me acerqué a preguntarles el motivo de tanta hilaridad. La mayor de
ellos me respondió entre sonrisas:
"Hai señor, aquí non se pesca así". Al
interesarme en el tema, otro de los chicos me cuenta que la forma de
pescar por esos lugares era con trasmallos, fusiles submarinos y
dinamita. Y los burros que pastaban en aquellos prados eran empleados
para subir la pesca por la fuerte pendiente hasta las aldeas.
Era costumbre, desde muy antiguo, que en las fiestas
patronales veraniegas de estos pueblos ribereños del Ulla, siempre había
un plato de reo o salmón en la comida principal.
El furtivismo en el río Umia también alcanzó unos niveles desaforados. Los
medios empleados eran trasmallos y francadas. El sistema
seguido para esta última arte era el siguiente: un ribereño paseaba por la
orilla con un hacha en la mano, como si se tratara de un maderero cuidando
sus pinares. En el momento que localizaba un salmón o un reo grande
(normalmente a la salida de los molinos, Retortoiro, Romaris, Laceñas,
etc), cortaba un eucalipto joven, sacaba la francada del
bolsillo y con la ayuda del hacha hacía un mango con el eucalipto, lo
montaba y el salmón o reo acababa en la artesa de la cocina.
La Guardería del río Umia, en la década de los ochenta, época en que
comenzó la cruzada en serio contra el furtivismo, capitaneada por José
Manuel Casais, Jefe de Zona de la Guardería de Medio Ambiente, levantaban
del cauce una media de cuarenta a cincuenta trasmallos
cada año.
En 1988 estos personajes, dolidos económicamente por las pérdidas
ocasionadas por el decomiso de estas "artes de pesca", quemaron el
refugio de pescadores de Ponte Cabanelas.
Casualmente, la noche anterior, el guarda de la Sociedad de Caza y Pesca de
Pontevedra y el Jefe de Guardería del río, haciendo un servicio de
vigilancia matutina retiraron seis redes, dentro del tramo acotado
de Ponte Arnelas. Los furtivos los
despidieron con tiros de escopeta. Unos días después, destrozaron un Suzuki Vitara en la puerta del domicilio del señor Casais, vehículo que
era propiedad del Servicio de Guardería de Medio Ambiente Natural de
Pontevedra.
En la actualidad, este tipo
de furtivismo brutal va desapareciendo, a Dios gracias, quedando un poso
residual. Ejemplo del cual es un episodio protagonizado por dos
individuos, por otra parte, conocidos como “trasmalleros” en la cuenca del Umia, denunciados y sancionados en diversas ocasiones por el Servicio de
Guardería. Este episodio tuvo lugar sobre las seis de la tarde, de un día
hábil de pesca, en el verano de 2002 a la altura de Ponte Arnelas.
Los dos personajes se desnudaron quedando en bañador, sacaron dos trasmallos que cargaban a la espalda en sendos capachos y
los colocaron
en un pozo del acotado de Ponte Arnelas.
Comenzaron a golpear la
superficie de agua con grandes varas. En unos minutos levantaron los trasmallos
cargados de reos y truchas y desaparecieron. Todo esto en presencia de
los pescadores presentes en el acotado, los cuales no daban crédito a lo
que veían.
Que el lector saque sus propias conclusiones, ya que estos ejemplos pueden
extrapolarse a la mayoría de los ríos gallegos. |