|
En la Península Ibérica conviven únicamente dos especies
autóctonas pertenecientes a la familia Salmonidae, el
salmón -Salmo salar (Linnaeus, 1758)- y la trucha -Salmo
trutta (Linnaeus, 1758)-. Esta última se caracteriza por
presentar una notable plasticidad genética que ha originado, a lo largo de
los años, una incesante controversia sobre la verdadera identidad
taxonómica de sus poblaciones. A este respecto, es importante comenzar
precisando que, desde el punto de vista zoológico, la forma migrante
anádroma y la forma potamodroma presentes en nuestras aguas, no deben ser
consideradas, por la inexistencia de aislamiento reproductor entre ambas,
especies distintas ni, en modo alguno, subespecies diferentes, debido a su
clara simpatría, lo que está en oposición con el concepto mismo de
subespecie. Nos encontramos, por tanto, ante dos formas de una misma
subespecie (cuya denominación científica correcta, a pesar de lo
enrevesado que pueda parecer, sería Salmo trutta trutta y Salmo trutta
trutta morpha fario, lo que, a
buen seguro, animará a los profanos en taxonomía a utilizar los
clarificadores términos de reo y trucha común, y a abandonar la tan
extendida práctica de la utilización incorrecta de la nomenclatura
biológica). Son evidentes, sin embargo, diferencias ecológicas,
morfológicas y de comportamiento, cuyas causas nos son en gran medida
desconocidas o se encuentran bajo el dominio de la especulación.
La
trucha común es un pez de agua dulce sedentario, estenotermo y
polioxibionte, es decir, que en condiciones normales, habita los torrentes
de montaña y que puede colonizar los tramos medios de los ríos de llanura
con aguas frías (entre 10ºC y 20ºC) y muy oxigenadas, aunque también es
frecuente su presencia en determinados lagos o embalses.
Por
su dieta y hábitos alimentarios se encuentra dentro de los carnívoros,
tratándose de un depredador no especializado que explota mayoritariamente,
y en función de la edad, el macrobentos fluvial, lo que le exige el
desarrollo de una serie de ajustes ecológicos y etológicos que le permitan
acceder al alimento en circunstancias suficientemente ventajosas para su
supervivencia. Entre tales ajustes destacan: su estrategia demográfica,
con una elevada fecundidad, gran esfuerzo reproductivo e importante
mortalidad juvenil fuertemente ligada a las oscilaciones ambientales, su
marcada territorialidad y la ritmicidad diaria y estacional de su
comportamiento, en consonancia con los cambios del medio y la actividad de
la biocenosis.
Generalmente, aunque es variable dependiendo de la zona de distribución,
la reproducción comienza en otoño con la elección de los frezaderos
adecuados, el cortejo y la fecundación de los huevos. Sin embargo, todo
este proceso puede verse seriamente afectado por fenómenos de introgresión
genética o por alteraciones ambientales antropogénicas de nefastas
consecuencias. El número de huevos está directamente relacionado con la
dotación genética de cada población, con la edad y el tamaño de la hembra,
lo que a su vez depende, entre otros factores, de la cantidad y calidad
del alimento disponible, y en última instancia, de la "integridad" del
hábitat. Es por tanto enormemente arriesgado dar cifras generales de
fecundidad, fertilidad, supervivencia, edades de madurez sexual, etc. sin
un análisis detallado de cada caso particular. El lector puede encontrar,
no obstante, valiosa información al respecto en tratados generales de
piscicultura.
Los
requerimientos respecto a las características del ambiente son diferentes
en cada uno de sus estados de desarrollo (embriones, alevines, juveniles o
adultos). Desde el comienzo de la embriogénesis hasta la completa
reabsorción del saco vitelino, permanecen en los frezaderos, excavaciones
de tamaño y profundidad variables realizadas por las hembras en zonas de
rápidos con fondo de gravas, que aseguren una buena circulación y
oxigenación del agua intersticial. Durante los primeros meses de vida, los
alevines presentan una mortalidad especialmente elevada, por competición
intraespecífica dependiente de la densidad y consecuencia de su marcada
territorialidad; habitan zonas de corriente moderada, poca profundidad y
escasa cobertura vegetal. Aquellos que alcanzan el estado juvenil
(inmaduros) y los que posteriormente y en menor número llegan finalmente a
adultos (3 ó 4 años) presentan requerimientos similares, aguas más o menos
profundas y remansadas, situadas bajo una abundante vegetación y con
obstáculos que les proporcionen un buen refugio durante el día, hasta que
comience su actividad depredadora (los adultos son ahora preferentemente
ictiófagos) a partir del crepúsculo y durante la noche.
Las poblaciones de truchas
desempeñan un papel ecológico de primer orden, pues actúan en los niveles
superiores de las cadenas tróficas como consumidores. El macrobentos,
integrado por un numerosísimo conjunto de invertebrados, entre los cuales
se incluyen diferentes grupos de insectos acuáticos, constituye a menudo
la fracción animal mayoritaria del ecosistema y la fuente primordial de
alimentación de muchos peces. El estudio de ambas comunidades resulta pues
absolutamente imprescindible para comprender el funcionamiento de
cualquier ecosistema fluvial.
|