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A lo largo de la vida hay
momentos que uno no podrá olvidar nunca, y que siempre recordará con
especial agrado. El paso del tiempo se encarga de darles ese toque
de añoranza comparable al adquirido por un buen caldo en su barrica
de roble. A todos los que llevamos muchos años ya pescando nos pasa
esto al recordar nuestra primera captura. Podemos olvidar detalles
del día de nuestra boda, no es nada raro que pasemos por alto la
fecha del aniversario, pero nuestro primer pez es como nuestro
primer beso de enamorado, nunca se olvida. |
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Brea era de A Estrada, y allí
tenía a su familia pese a que él trabajaba en la fragua de los
talleres del entonces en construcción embalse de Loriguilla. Con él
trajo desde su natal tierra gallega su afición a la pesca, y esa
tarde de primavera, sin darse cuenta del pecado que cometía, me la
contagió a mí de la mejor manera posible, haciéndome creer que yo
había pescado aquella preciosa trucha. Algunas veces me hablaba de
los salmones y truchas del Ulla, despertando aún más en mí la
imaginación de un niño que soñaba con los verdes prados gallegos de
la ribera del Ulla sin haberlos visto nunca. Los ojos de Brea eran
mis ojos, el sonido y las truchas las ponían el Turia; y así, poco a
poco, la imaginación de un niño servía para enraizar su afición a la
pesca. |
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Cuando Miguel tuvo a bien
invitarme a la novena edición del encuentro de Vilagudín me brindó
la ocasión de tomarme la revancha de mi primera visita a Galicia,
pero ante todo me puso en bandeja de plata la mejor excusa para
volver a pisar sus verdes prados y convivir con otros “contagiados”
durante dos jornadas maravillosas.
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Vilagudín me planteaba a priori un problema, el de pescar truchas en
un embalse, algo a lo que sinceramente no estoy muy acostumbrado, al
menos en lo que a truchas se refiere puesto que con frecuencia pesco
en ellos lucios o black bass, pero estas son especies de
comportamiento muy distinto al de las truchas. Pasé el invierno
montando streamers. El otoño pasado probé unos Woolly Bugger en
Teruel y funcionaron bien los oliva, pero los mejoré lastrándolos
más con hilo de plomo y con una cabeza dorada cónica que, además,
favorece su acción. Los monté en anzuelos del 8, 6 y 4, de tija
corta para mejorar el clavado, y en colores oliva, rojo, blanco y
rojo y el clásico negro. No quise marearme con modelos, colores y
tamaños, puesto que los Woolly están sobradamente probados y son de
mi absoluta confianza. Otro asunto era el de las líneas; como tenía
pensado ir en avión no quise cargar demasiado el equipaje y opté por
un carrete 7/8 con buen freno y cuatro cassetes con sendas líneas,
dos Teeny (130 y 300), una WF-9 y una WF-6, para cubrir cualquier
capa de agua. En cuanto a las cañas elegí llevar dos, -por aquello
de tener una de repuesto ante una posible rotura-, ambas de 9´5 pies
para líneas 6-7 y 7-8. Para el bajo de línea compré unos bajos de
salmón decrecientes de 4´5 metros, que acorté a 2´5 m, manteniendo
sus extremos en 0´50 y 0´28, y estando previstas las uniones con las
líneas por medio de conectores. Los terminales previstos para estos
bajos eran del 0,22 al 0,26, logrando una longitud total equivalente
a la de la caña. |
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En la primera jornada bajé con Cesáreo Martín al embalse. Presentaba
un nivel muy alto, anegando las aguas los prados colindantes. La
primera duda estaba servida ¿Dónde pescar? Casi por unanimidad
fuimos coincidiendo todos en la zona de la cola, ¡por algún sitio
teníamos que comenzar!, y parecía que todos habíamos pensado en el
mismo. Por la experiencia de anteriores jornadas los que ya conocían
Vilagudín sabían de primera mano que las dos colas eran puntos en
los que se suele concentrar la pesca. Cesáreo pronto sacó su primera
trucha a cucharilla, y poco después Antonio Hernández sacaba del
agua un truchón común de 3,5 kg., que luego sería la mayor pieza
conseguida en las jornadas. |
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Llegó la hora de comer y el momento de conocer las capturas de los demás componentes del grupo. La cosa no había ido muy bien en general, salvo para los que habían pescado desde alguno de los kayak. Con Joaquín España y Paula Vilariño comentamos la importancia de pescar con fe, y lo que comenzó siendo un gracioso comentario para animar a Paula acabó haciéndome pensar que algo fallaba. Si una trucha había tomado el streamer significaba que por ese lado íbamos bien, y que el señuelo funcionaba y podría provocar más picadas; si no lo hacía era porque no había truchas que lo viesen y eso significaba que las truchas no estaban cerca de la orilla, cosa que además confirmaba el hecho de que las capturas más numerosas se habían conseguido desde los kayaks. Por el motivo que fuese las truchas no estaban cercanas a las orillas. A diferencia del bass o del lucio, acostumbrados a las aguas quietas y buscadores del oportunismo que les proporcionan la vegetación y todo tipo de obstáculos, la trucha deambula sin parar de moverse en aguas paradas buscando comida. El calor, la luz y posiblemente también la presión de pesca desde las orillas podían obligarlas a buscar en las aguas interiores la tranquilidad necesaria para alimentarse. Si este principio era válido estaba claro que tendríamos que esperar a las horas del atardecer para confirmarlo. |
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La ilusión, y ante todo la fe que nunca hay que perder, hicieron que
no tardáramos en bajar de nuevo a pescar. Coincidimos todos de nuevo
en el mismo lugar de la mañana, pero tras unos largos minutos de
lances sin resultado salimos del agua y pensamos en retomar la
situación. Josetxo y Matilla decidieron quedarse por la zona, y
Eduardo y yo pensamos en bajar andando hacia la presa y detenernos a
pescar en los lugares en los que el instinto nos indicase. Así lo
hicimos y emprendimos el camino de regreso. Hablando y andando,
andando y hablando, llegamos a una zona de suaves orillas rizadas
por el viento, que llaman O Pinar. Decidimos probar y nos
adentramos en el agua hasta donde el chaleco nos lo permitió. A los
pocos minutos se produjo una picada, y con ella la alegría en los
rostros y los nervios en las manos por el miedo a que se soltase
como la de la mañana. Eduardo animándome gritando que levantara la
caña, una y otra vez, hasta que la trucha ya cansada se rindió. Más
animados continuamos la pesca, y poco tardo Eduardo en clavar una
preciosa trucha común autóctona. Las risas y los comentarios nos
fueron animando. De nuevo reanudamos la acción y otra trucha entró
al streamer oliva. Más risas y de nuevo otra… La hipótesis se
confirmaba, las truchas se estaban acercando a la orilla con la
caída de la tarde y la brisa que rizaba la superficie del agua. A lo
lejos el “Fogar do Pescador” nos indicaba que el tiempo pasaba y que
aún nos quedaba un buen trecho para llegar a él. Reemprendimos la
marcha pero no pudimos resistirnos a la tentación de pararnos de
nuevo a pescar. Nuevamente estaba clavado con otra trucha y Eduardo
felicitándome y haciendo suyas también las capturas como buen
compañero. Con siete truchas volvimos al punto de encuentro en el
“Fogar do Pescador”, atravesando prados en un atardecer tan
inolvidable como bello. Contentos por las siete truchas, pero más
aún si cabe por los momentos compartidos y por la amistad que, casi
sin darnos cuenta, habíamos entablado. Caminamos juntos hablando de
pesca, Eduardo de sus ríos leoneses a los que él tanto ama, y yo de
los regatos de Teruel que frecuento y de mi Turia que un día, de la
mano de un gallego, me envenenó de pesca. Hablábamos de lo mismo,
como si nos conociésemos de muchos años, cuando en realidad hacía
sólo unas horas que lo habíamos hecho. Esa es la principal grandeza
de la pesca. |