APUNTES DE UN VALENCIANO EN GALICIA
Por Roberto Coll, pescador y colaborador de prensa

A lo largo de la vida hay momentos que uno no podrá olvidar nunca, y que siempre recordará con especial agrado. El paso del tiempo se encarga de darles ese toque de añoranza comparable al adquirido por un buen caldo en su barrica de roble. A todos los que llevamos muchos años ya pescando nos pasa esto al recordar nuestra primera captura. Podemos olvidar detalles del día de nuestra boda, no es nada raro que pasemos por alto la fecha del aniversario, pero nuestro primer pez es como nuestro primer beso de enamorado, nunca se olvida.
En mi caso ese primer beso… ¡no!, espera, que me voy por las ramas. Quiero decir mi primer pez, fue una trucha, ni grande ni pequeña, pero una pintona en toda regla que Brea clavó con una madrilla, en la curva que el Turia describe aguas arriba del puente de hierro en Domeño. Tan pronto la sintió prendida en el anzuelo me pasó su larga caña, y sin darme cuenta de lo que pasaba, la trucha salió confundiéndose con los reflejos del agua yendo a parar a tierra. Esto sucedía en la primavera de 1968.

Brea era de A Estrada, y allí tenía a su familia pese a que él trabajaba en la fragua de los talleres del entonces en construcción embalse de Loriguilla. Con él trajo desde su natal tierra gallega su afición a la pesca, y esa tarde de primavera, sin darse cuenta del pecado que cometía, me la contagió a mí de la mejor manera posible, haciéndome creer que yo había pescado aquella preciosa trucha. Algunas veces me hablaba de los salmones y truchas del Ulla, despertando aún más en mí la imaginación de un niño que soñaba con los verdes prados gallegos de la ribera del Ulla sin haberlos visto nunca. Los ojos de Brea eran mis ojos, el sonido y las truchas las ponían el Turia; y así, poco a poco, la imaginación de un niño servía para enraizar su afición a la pesca.
Las “bruxas galegas”, -en las que a este paso acabaré creyendo-, la Diosa fortuna o el simple destino, hicieron que fuese un gallego de altura, -esto va con doble sentido-, Miguel Piñeiro, mí guía y compañero por las pesqueiras de Herbón junto al Ulla y por el Tambre en Noia y Ponte Maceira en agosto de 2005. Aunque los reos se dieron fatal, o mejor dicho no se dieron, tuve la ocasión cuarenta años después de conocer el origen de mis dos maestros de la infancia. Esta simpleza viene a demostrar el carácter universal de la pesca, que no conoce fronteras ni límites, y en la que las sensaciones vividas son las mismas en Galicia que en Valencia o en otro lugar, llegando todos los que empuñamos una caña a hablar el mismo idioma y a hermanarnos en la Hermandad de la Santa Caña, a la que deberíamos de buscar una fecha de culto.

Cuando Miguel tuvo a bien invitarme a la novena edición del encuentro de Vilagudín me brindó la ocasión de tomarme la revancha de mi primera visita a Galicia, pero ante todo me puso en bandeja de plata la mejor excusa para volver a pisar sus verdes prados y convivir con otros “contagiados” durante dos jornadas maravillosas.
Vilagudín tiene fama por sus grandes truchas. Algunos pueden pensar que es una pesca fácil y sin mérito de truchas de repoblación. La creencia de que las arco iris de repoblación son truchas de segunda está muy generalizada, pero quizás los más puristas que la critican desconozcan en realidad la bravura de estas truchas y las dificultades que en ocasiones entraña su pesca. De acuerdo que en Vilagudín hay truchas por castigo, pero una cosa es que existan y otra muy distinta pescarlas. Entre las muchas virtudes de la pesca una, no menos importante, es la del reto que supone para el pescador adaptarse a las condiciones del medio en el que se desarrolla la pesca. En otros deportes los escenarios mantienen unas condiciones muy similares en cuanto a dimensiones, materiales, etc. En la pesca los ríos pueden parecer similares, pero la realidad nos lleva a diferenciarlos. Cada rincón, cada corriente y cada poza esconden un trato distinto a la hora de pescarlas. La pesca en general y muy en particular la de la trucha supone para el pescador el reto de la adaptabilidad. Los rápidos y bravos ríos del Pirineo, los pequeños regatos de alta montaña, los caudalosos ríos de llanura; cada uno a su manera exige un trato diferente, y la satisfacción del pescador está en saberlos pescar todos, en adaptarse a cada uno y saber sacarles su fruto, que no es otro que sus peces.

Vilagudín me planteaba a priori un problema, el de pescar truchas en un embalse, algo a lo que sinceramente no estoy muy acostumbrado, al menos en lo que a truchas se refiere puesto que con frecuencia pesco en ellos lucios o black bass, pero estas son especies de comportamiento muy distinto al de las truchas. Pasé el invierno montando streamers. El otoño pasado probé unos Woolly Bugger en Teruel y funcionaron bien los oliva, pero los mejoré lastrándolos más con hilo de plomo y con una cabeza dorada cónica que, además, favorece su acción. Los monté en anzuelos del 8, 6 y 4, de tija corta para mejorar el clavado, y en colores oliva, rojo, blanco y rojo y el clásico negro. No quise marearme con modelos, colores y tamaños, puesto que los Woolly están sobradamente probados y son de mi absoluta confianza. Otro asunto era el de las líneas; como tenía pensado ir en avión no quise cargar demasiado el equipaje y opté por un carrete 7/8 con buen freno y cuatro cassetes con sendas líneas, dos Teeny (130 y 300), una WF-9 y una WF-6, para cubrir cualquier capa de agua. En cuanto a las cañas elegí llevar dos, -por aquello de tener una de repuesto ante una posible rotura-, ambas de 9´5 pies para líneas 6-7 y 7-8. Para el bajo de línea compré unos bajos de salmón decrecientes de 4´5 metros, que acorté a 2´5 m, manteniendo sus extremos en 0´50 y 0´28, y estando previstas las uniones con las líneas por medio de conectores. Los terminales previstos para estos bajos eran del 0,22 al 0,26, logrando una longitud total equivalente a la de la caña.
El viaje en avión, casi obligado por la distancia, y la naturaleza de los portes me obligaron a llevar lo justo, y a disponerlo todo perfectamente para facturarlo y rezar que no se extraviase nada. Pese a todo, el placer de contemplar Valencia desde el aire, sobrevolar el Mediterráneo y la Albufera antes de tomar rumbo a Santiago, volar por las cumbres aún nevadas de Navacerrada y aterrizar bajo la puesta de sol del Atlántico gallego, todo en vivo y en directo, y en apenas una hora justificaron sobradamente la elección del medio de transporte. La siguiente satisfacción se produjo al llegar y saludar al resto de invitados, algunos ya conocidos y otros nuevos, con los que comencé a compartir la ilusión por pescar en Vilagudín.

En la primera jornada bajé con Cesáreo Martín al embalse. Presentaba un nivel muy alto, anegando las aguas los prados colindantes. La primera duda estaba servida ¿Dónde pescar? Casi por unanimidad fuimos coincidiendo todos en la zona de la cola, ¡por algún sitio teníamos que comenzar!, y parecía que todos habíamos pensado en el mismo. Por la experiencia de anteriores jornadas los que ya conocían Vilagudín sabían de primera mano que las dos colas eran puntos en los que se suele concentrar la pesca. Cesáreo pronto sacó su primera trucha a cucharilla, y poco después Antonio Hernández sacaba del agua un truchón común de 3,5 kg., que luego sería la mayor pieza conseguida en las jornadas.
La zona de la cola presentaba para la cola de rata la dificultad del lance por el alto nivel de las aguas, siendo frecuentes los enganches en los tojos, -en mi tierra aliagas-, próximos al agua. Por este motivo y por la gran afluencia de pescadores consideré oportuno bajar a un lugar más despejado, aún a sabiendas de que la concentración de pesca podía ser menor. Encontré una pequeña zona con las orillas más emplayadas y decidí probar en ella. Cercanos a mí estaban Guy Roques, Josetxo Martínez, José Miguel Matilla, Leonardo de la Fuente y Eduardo García Carmona, todos a cola probando streamers y ninfas como auténticos posesos. De vez en cuando los gritos de alguno anunciaban la picada de alguna trucha, lo que demostraba que “haberlas las había”. Confiando en mis Woolly puse uno de ellos en color oliva; el color oliva pesca mucho y es poco utilizado en detrimento del clásico negro o del llamativo rojo; además, los escalos que pesqué el pasado verano en el Tambre tenían una coloración verde-dorada que pensé podría resultar atrayente para las truchas. Tras unos lances obtuve una picada, pero después de unos instantes la trucha consiguió desclavarse. La mañana siguió sin pena ni gloria, lanzando y lanzando sin más notoriedad que la de los gritos de algún mosquero sorprendido por una picada y los “ires y venires” de Matilla que buscaba desesperado el lugar idóneo para lanzar.

Llegó la hora de comer y el momento de conocer las capturas de los demás componentes del grupo. La cosa no había ido muy bien en general, salvo para los que habían pescado desde alguno de los kayak. Con Joaquín España y Paula Vilariño comentamos la importancia de pescar con fe, y lo que comenzó siendo un gracioso comentario para animar a Paula acabó haciéndome pensar que algo fallaba. Si una trucha había tomado el streamer significaba que por ese lado íbamos bien, y que el señuelo funcionaba y podría provocar más picadas; si no lo hacía era porque no había truchas que lo viesen y eso significaba que las truchas no estaban cerca de la orilla, cosa que además confirmaba el hecho de que las capturas más numerosas se habían conseguido desde los kayaks. Por el motivo que fuese las truchas no estaban cercanas a las orillas. A diferencia del bass o del lucio, acostumbrados a las aguas quietas y buscadores del oportunismo que les proporcionan la vegetación y todo tipo de obstáculos, la trucha deambula sin parar de moverse en aguas paradas buscando comida. El calor, la luz y posiblemente también la presión de pesca desde las orillas podían obligarlas a buscar en las aguas interiores la tranquilidad necesaria para alimentarse. Si este principio era válido estaba claro que tendríamos que esperar a las horas del atardecer para confirmarlo.

La ilusión, y ante todo la fe que nunca hay que perder, hicieron que no tardáramos en bajar de nuevo a pescar. Coincidimos todos de nuevo en el mismo lugar de la mañana, pero tras unos largos minutos de lances sin resultado salimos del agua y pensamos en retomar la situación. Josetxo y Matilla decidieron quedarse por la zona, y Eduardo y yo pensamos en bajar andando hacia la presa y detenernos a pescar en los lugares en los que el instinto nos indicase. Así lo hicimos y emprendimos el camino de regreso. Hablando y andando, andando y hablando, llegamos a una zona de suaves orillas  rizadas por el viento, que llaman O Pinar. Decidimos probar y nos adentramos en el agua hasta donde el chaleco nos lo permitió. A los pocos minutos se produjo una picada, y con ella la alegría en los rostros y los nervios en las manos por el miedo a que se soltase como la de la mañana. Eduardo animándome gritando que levantara la caña, una y otra vez, hasta que la trucha ya cansada se rindió. Más animados continuamos la pesca, y poco tardo Eduardo en clavar una preciosa trucha común autóctona. Las risas y los comentarios nos fueron animando. De nuevo reanudamos la acción y otra trucha entró al streamer oliva. Más risas y de nuevo otra… La hipótesis se confirmaba, las truchas se estaban acercando a la orilla con la caída de la tarde y la brisa que rizaba la superficie del agua. A lo lejos el “Fogar do Pescador” nos indicaba que el tiempo pasaba y que aún nos quedaba un buen trecho para llegar a él. Reemprendimos la marcha pero no pudimos resistirnos a la tentación de pararnos de nuevo a pescar. Nuevamente estaba clavado con otra trucha y Eduardo felicitándome y haciendo suyas también las capturas como buen compañero. Con siete truchas volvimos al punto de encuentro en el “Fogar do Pescador”, atravesando prados en un atardecer tan inolvidable como bello. Contentos por las siete truchas, pero más aún si cabe por los momentos compartidos y por la amistad que, casi sin darnos cuenta, habíamos entablado. Caminamos juntos hablando de pesca, Eduardo de sus ríos leoneses a los que él tanto ama, y yo de los regatos de Teruel que frecuento y de mi Turia que un día, de la mano de un gallego, me envenenó de pesca. Hablábamos de lo mismo, como si nos conociésemos de muchos años, cuando en realidad hacía sólo unas horas que lo habíamos hecho. Esa es la principal grandeza de la pesca.
Al día siguiente probamos de mañana la zona de salmón, coincidiendo nuevamente con Guy, Josetxo y Matilla, regresando a la hora de comer con Cesáreo y George Chang. La tónica parecía ser la misma del día anterior, por lo que disfrutamos de la comida y de la compañía antes de bajar de nuevo a pescar. De camino al puesto paramos a ver pescar desde el pato a Pepe Casal, que nos demostró sus habilidades pateando y clavando truchas con pez artificial. Se nos unió Matilla y los tres nos repartimos la orilla. Casi a la misma hora comenzó la actividad, y uno tras otro íbamos logrando capturas seguidas de las obligadas fotos. Una trucha llegó a sacarme cerca de treinta metros de backing en una loca carrera, bajo el asombro de Eduardo que se preguntaba cuándo iba a parar, haciéndome temblar por si el nudo fallaba y se llevaba la Teeny, cosa que afortunadamente no sucedió.
Al día siguiente nos despedimos deseándonos vernos de nuevo el próximo año. Galicia, y en concreto Vilagudín, es un magnífico punto de encuentro para disfrutar de la compañía de unos buenos amigos y de la pesca, que casi con toda seguridad habrá cambiado sus condicionantes y nos obligará de nuevo a exprimirnos el seso.
¡Qué cosas tiene la pesca!

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