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Al sur del cabo de la Nao, donde la costa
se cruza con el paralelo cero, existe un trozo de mundo abrazado a una
lengua de mar que las palabras no describen....
Apenas asomada a Levante, abrigada de las tempestades, refulge La Rada de
Moraira, un rincón mediterráneo único protegido de los fríos
continentales por las imponentes sierras de Bernia y Aitana.
Y cerrando la bahía, como centinela omnipresente y guardián de los sueños
de marinero, ese peñasco abrumador al que los musulmanes llamaron Del
Norte para diferenciarlo de Gibraltar: el Peñón de Ifach.
Con la más oriental de las costas alicantinas como escenario emprendemos
una singular jornada de pesca deportiva. Todo en orden: motores...
instrumental... víveres... Revisamos los aparejos, los cebos, los
señuelos...
Al timón, un marino, un gran amigo,
Vicent Grimalt, de Benissa, un verdadero experto en chambel y curricán
de fondo. Conoce como pocos la orografía submarina de esta zona marítima
y domina disciplinas de pesca que garantizan resultados en cada época
del año.
Navegar en su compañía es un placer para un amante del mar, como placer
deportivo es pescar siguiendo sus consejos en la bañera de su barco. Y
es que más que una embarcación, La Canora es un icono en el elegante
Club Náutico de Moraira. Con las primeras luces de esta mañana estival
viramos rumbo sureste. Contemplar la salida del sol -sobre la aparente
vertical de Ibiza- navegando por aguas del Cap’Dor es una experiencia
homérica...
A babor, nos despide Punta Moraira, por estribor, Ifach escolta nuestro
periplo. Y bajo nosotros, uno de los bosques de posidonia oceánica más
ricos y mejor conservados del litoral peninsular. Es esta fanerógama
marina una joya ecológica, un pulmón esencial para el Mare Nostrum,
refugio y sustento para multitud de especies submarinas. Un tesoro
español que estamos obligados a conservar. Crustáceos, moluscos, pulpos,
salpas, sargos, obladas, rascasas, llisas, julias, doncellas, todo tipo
de microorganismos... Un vergel de vida sumergida, el verdadero bosque
mediterráneo que impunemente sigue talando el furtivismo arrastrero.
Una hora escasa nos costará alcanzar nuestro primer destino: las
coordenadas de una tumba, un viejo carguero que marchó a pique hace casi
un siglo hasta 70 metros de profundidad, frente a la costa de la bella
Altea. El día es luminoso como pocos, pero parece que encontraremos
fuertes corrientes y posiblemente mar de fondo. En esas condiciones
suele ser muy complicado trabar el ancla sobre el barco hundido. Fondear
justo sobre el pecio será el primer reto del día.
Cerca de la zona de pesca siempre hay tráfico. La presencia de grandes
mercantes oriundos de Argelia nos obligará a extremar las precauciones
para evitar ser abordados. La coordinación y el reparto adecuado de las
tareas en cubierta deben garantizar una travesía sin sobresaltos.
Pita el GPS. La sonda detecta a 72 metros de profundidad una parte del
casco del barco hundido. Sobre él, deambulan numerosos cardúmenes de
pescado. Por la gráfica de la pantalla del sónar Vicent deduce que se
trata de un banco de caballas.
Es éste el momento. Comienza la maniobra de fondeo. Hay que ser precisos
y anclar firmemente La Canora. En caso contrario, la corriente –sin que
si quiera fuéramos conscientes- nos sacaría fuera de la zona de pesca en
un par de minutos. Al primer intento el ancla y el muerto de hormigón
nos traban justo sobre el pecio, a unas 10 millas de la costa.
José Cabrera, un joven pero experimentado aficionado de Moraira, apareja
su equipo tras concluir las tareas de ayuda al patrón. Utilizará una
Renzo Valdieri con puntal especialmente sensible para detectar cualquier
indicio de picada. Un carrete Shimano 6000 para facilitar la recogida y
una línea de grosor medio. Plomo, y bajo de volantín cebado con calamar
fresco y gusano koreano.
El patrón es el primero en entrar en acción, sabe que el pescado marcha
igual que llega... También utiliza volantín, pero prefiere cebar con
gamba cruda endurecida con carnalita. En la técnica empleada para el
chambel, un plomo nunca menor de 50 gramos ayuda a que la línea
profundice con rapidez y evita que la corriente se lleve el señuelo. La
picada se detecta cuando el carrete deja de entregar hilo antes de que
el lastre toque fondo. Ése será el momento preciso de recoger sin pausa
para evitar que el pescado escape.
Al segundo lance, el maestro trae tres verdeles. “!Efectivamente!
–exclama como si en su acción hubiera influido la más mínima suerte-,
¡es un banco de caballas! No casualidad. No fortuna. Experiencia. La de
estos hombres es, siempre, garantía de éxito. Y las picadas se irán
sucediendo durante la mañana...
Los bancos de caballa utilizan los obstáculos sumergidos como refugio y
depensa natural. De alguna manera, desconocida por los biólogos, la
memoria de especie les enseña que los arrastreros comerciales no faenan
en esas zonas “sucias” para evitar enganchar las redes en el pecio. Al
igual que los besugos, se sienten seguras sobre el barco muerto.
En algunas ocasiones, el aparejo llega intacto al fondo. Entonces, es
necesario “chambelear” para llamar la atención de los peces. Esta
operación se realiza cimbreando verticalmente la línea con golpes secos
pero suaves de puntal mientras se recoge nylon lentamente. Así, hasta
colocar el cebo a la profundidad en la que circula la pesca. La más
mínima resistencia a nuestra tracción manual es el indicio de picada.
También las xuclas, los jureles, las bogas y algún serránido muerden con
decisión los cebos en esta pesquera. Las picadas son constantes, pero –y
a fe que no fanfarroneo- devolvemos vivo al agua todo el pescado pequeño
y buena parte del de tamaño grande. El catch & release, también en el
mar, en su razonable medida, es para muchos pescadores deportivos el
clímax de la acción de pesca.
En una disciplina aparentemente tranquila como ésta (y digo aparente
porque tres horas de chambeleo y recogida equivalen a un centenar de
flexiones) también hay que tomar precauciones específicas: quien decida
iniciarse en esta técnica debe saber que nunca hay que asir la línea
cuando el aparejo se encuentra en profundidad, ni “chambelear” con la
mano. Jamás atarse o liarse el sedal, en ninguna parte del cuerpo.
También es muy peligroso, especialmente peligroso, amarrarse a la caña.
Y a más de un rubio internacional inconsciente se ve por estos pesquiles
envainársela en el cinto cual dartañán de los mares. En
profundidades grandes, existen especies de tremendo tamaño que si bien
es muy raro que tomen nuestro cebo, podrían atacar a las piezas
enganchadas en la chambelada durante el combate. Si por más gloria de
Murphy un gran túnido o un emperador se tragara el volantín en esas
circunstancias, el tirón inicial sería tan brusco que podría provocarnos
graves heridas e incluso arrastrarnos hacia el fondo.
José Luis Fariñas (el madrileño pionero del Taller de Mosca en
televisión, el del extinto Campero) es, tras el grumete que glosa esta
aventura náutica, el cuarto tripulante-pescador. Fiel a su conciencia
deportiva, que algunos catalogamos como alergia a la mucosa de gusano,
prefiere, siempre (o eso dice) pescar con artificiales. Y se los hace
él. Anoche preparó un bajo especial en el que cada uno de los anzuelos
del chambel va provisto de una pequeña pluma blanca y una perla
bermellón. También le dan buen resultado en colores verdes y amarillos.
Estos volantines –lo he comprobado- son igualmente efectivos y mucho más
funcionales que la “chicha”: se puede seguir pescando nada más
desanzuelar para aprovechar y son más limpios y deportivos que las
carnadas.
Pronto comprobamos su eficacia con las caballas… Tras poco más de una
hora de pesca sobre el pecio, dos docenas de “verdelones de a
cuatro por kilo” platean en la cesta de popa. En seis u ocho horas nos
deleitarán “a la sal”. Es éste, sin duda, un pesquil productivo, pero
llenar la cesta de pescado no nos obsesiona. Ahora, una vez saciado el
gusanillo, garantizada la foto en el pantalán y conjurado el siempre
temido riesgo de coña durante la cena en el puerto, es preferible
aprovechar las excepcionales condiciones del mar para analizar la
eficacia de otros aparejos, probar diversas técnicas, observar la acción
de nuevos señuelos, y también por supuesto amortizar la nevera del barco
y degustar las celebérrimas empanadillas de pesols de la tahona de
Teulada. ¡Que en agosto, apriete o no el calor, hay jornada de pesca a
la que no se apunten además los señores Guijuelo y Mahou!
La versatilidad de la pesca
deportiva desde embarcación fondeada nos ofrece estas ventajas. Por ello
conviene ir provistos de material diverso. Pescando en “El Melonero”, es
habitual que el volatín traiga tres o cuatro caballas peleando desde más
de 60 metros de profundidad. Por ello, la calidad y acierto en la
selección del equipo es fundamental para disfrutar el lance y evitar que
la recogida se convierta en una proeza o en una simple acción de fuerza,
animal contra animal.
Otra buena opción en estos casos,
cuando no molesta el mar somero, es cebar a fondo y esperar la picada de
un ejemplar grande. Para ello se pueden usar cañas lago más largas con
carretes de gran capacidad y, por supuesto, línea gruesa y bajos de
acero.
La presencia de un banco de sardinas lachas en superficie nos hace, tras
el almuerzo, pensar que huían acosadas, quizás por bonitos. Hemos
detectado también otros túnidos pequeños y algún jurel de buen tamaño y
decidimos tentarlos al lance. Como señuelo, hemos elegido una imitación
de pez de roca elaborada para la ocasión por nuestro especialista en
montajes, José Luis. No mentiré, cuatro baños a la mosca y otra vez al
chaleco, que no hay día que todo pique.
Mediodía. La posición del sol nos invita a emprender marcha. Es el
momento de acercarse a la costa para probar el curricán de fondo. Vicent
pone rumbo norte en busca de los acantilados del Cabo de La Nao.
Mientras, seleccionamos los artificiales: algunos “rapalas” que imitan
pequeñas caballas y mujílidos juveniles. Abordo comienza la preparación
de los equipos para la cacea de profundidad.
Durante la travesía, Vicent entrega el rumbo al piloto automático y se
aplica en la elaboración de un montaje infalible ideado por él mismo.
Como carnada emplea una aguja congelada, bien plomada y prendida sobre
un babero similar al de los “rapalas”, lo que obliga al señuelo
artesanal a desplazarse por el agua con movimientos similares a los que
desarrollaría una agujeta viva, pero en apuros. Un plato exquisito para
la anjova, que en esta zona llaman golfás.
Comenzamos a curricar a la altura de Les Morres, esos fantásticos
cortados de piedra caliza, en la cara norte del Cap d’or, que aún
conservan pinturas rupestres en cuevas del paleolítico superior,
habitadas por el hombre hace 17.000 años. La velocidad adecuada para
este tipo de curricán no debe superar los tres nudos. Montamos una caña
a babor y otra a estribor, ambas con carretes de bobina fija. Y largamos
los aparejos… Sumergimos los engaños sobre los roquedos donde creemos
merodean los grandes depredadores en verano. Para ello se emplea el
profundizador, un sistema mecánico de acción manual del que pende un
gran peso que, sujeto por pinzas especiales a la línea, evita que el
señuelo flote arrastrado por la embarcación.
Nuestros engaños, rapalas y agujas, nadan en zig zag a unos 25 metros
bajo el agua. La línea madre se desprenderá de del profundizador en el
momento que se produzca una picada, quedando liberada del plomo.
Y como Vicent tiene la costumbre de “volverse bolo sólo cuando navega
sólo” y de ponerme al timón cada vez que enciendo un pitillo, picadón
apenas recorrida media milla a la entrada de la pesquera. Siempre me
parece esotérica esa capacidad de los pescadores de altura, y de
alturas, para saber dónde, cuando, por qué y cuando navega con ellos
quién. Y no sé cómo, pero a fe que lo saben:
-¡Un dentol!... ¡Un dentol!... ¡Dónale, dónale más caña Eduardo, que
viene hacia nosotros y nos adelanta!
Comprobamos con satisfacción que se trata de una buena pieza. Tres kilos
largos en la báscula de mano. A simple vista fuera del agua supera los
25 centímetros, medida mínima autorizada por el reglamento español de
pesca deportiva en el mar que, además (entiendo que por la insultante
ignorancia de nuestros legisladores) no tiene definida ninguna veda en
la pesca de esta especie.
Los dentones adultos, animales bellísimos, son solitarios y territoriales
y superan en ocasiones los diez kilos. Viven en fondos rocosos desde los
10 hasta los 50 metros de profundidad. Voraces pero desconfiados,
aumentan su actividad vital en los meses cálidos. Acostumbran a cazar al
acecho, camuflados en sus apostaderos en las rocas, desde los que lanzan
fulminantes ataques contra las presas. Hay que tener precaución al
manipularlos en vivo, pues sus poderosas mandíbulas presentan dientes
caninos muy peligrosos. Una mordedura de dentón equivale a una herida
infectada.
Muy cerca del Cabo de La Nao, continuamos curricando lentamente.
Maniobramos para marcar rumbo a la rada y atracar en puerto pero... nos
sorprende una nueva y violenta picada. Un pequeño espet, otra especie
abundante en la zona, emparentada con las voraces y tontorronas
barracudas, ha mordido nuestra imitación de lisa y cierra con un
emocionante lance una estupenda jornada de pesca.
Mañana llegaremos a pie hasta los blancos acantilados de Cap Blanc para
pescar obladas a mosca desde la costa, y salemas al tiento sobre el
praderón de Posidonia. Pero esa… esa es una historia diferente, que os
contaré aquí mismo con el permiso de maese Piñeiro…
Mientras, si por ardides de
pescador, ocio, negocio o veleidades mundanas o marineras recaláis en el
puerto de Moraira, no olvidéis visitar el amarre de La Canora. Buscad a
Vicent y contadle que Eduardo “el madrileño de la tele” va contando por
ahí historias de barcos hundidos, dentones, y otros monstruos marinos...
* “Moraira, sueños de pescador”
es una historia inédita
basada en el documental del mismo título, guión y realización de
Eduardo Fernández. Forma parte del libro de relatos en preparación
"SUEÑOS DE PESCADOR". |