"MORAIRA, SUEÑOS DE PESCADOR"
Por Eduardo Fernández, Periodista

Al sur del cabo de la Nao, donde la costa se cruza con el paralelo cero, existe un trozo de mundo abrazado a una lengua de mar que las palabras no describen....
Apenas asomada a Levante, abrigada de las tempestades, refulge La Rada de Moraira, un rincón mediterráneo único protegido de los fríos continentales por las imponentes sierras de Bernia y Aitana.
Y cerrando la bahía, como centinela omnipresente y guardián de los sueños de marinero, ese peñasco abrumador al que los  musulmanes llamaron Del Norte para diferenciarlo de Gibraltar: el Peñón de Ifach.
Con la más oriental de las costas alicantinas como escenario emprendemos una singular jornada de pesca deportiva. Todo en orden: motores... instrumental... víveres... Revisamos los aparejos, los cebos, los señuelos...
Al timón, un marino, un gran amigo, Vicent Grimalt, de Benissa, un verdadero experto en chambel y curricán de fondo. Conoce como pocos la orografía submarina de esta zona marítima y domina disciplinas de pesca que garantizan resultados en cada época del año.
Navegar en su compañía es un placer para un amante del mar, como placer deportivo es pescar siguiendo sus consejos en la bañera de su barco. Y es que más que una embarcación, La Canora es un icono en el elegante Club Náutico de Moraira. Con las primeras luces de esta mañana estival viramos rumbo sureste. Contemplar la salida del sol -sobre la aparente vertical de Ibiza- navegando por aguas del  Cap’Dor es una experiencia homérica...
A babor, nos despide Punta Moraira, por estribor, Ifach escolta nuestro periplo. Y bajo nosotros, uno de los bosques de posidonia oceánica más ricos y mejor conservados del litoral peninsular. Es esta fanerógama marina una joya ecológica, un pulmón esencial para el Mare Nostrum, refugio y sustento para multitud de especies submarinas. Un tesoro español que estamos obligados a conservar. Crustáceos, moluscos, pulpos, salpas, sargos, obladas, rascasas, llisas, julias, doncellas, todo tipo de microorganismos... Un vergel de vida sumergida, el verdadero bosque mediterráneo que impunemente sigue talando el furtivismo arrastrero.
Una hora escasa nos costará alcanzar nuestro primer destino: las coordenadas de una tumba, un viejo carguero que marchó a pique hace casi un siglo hasta 70 metros de profundidad, frente a la costa de la bella Altea. El día es luminoso como pocos, pero parece que encontraremos fuertes corrientes y posiblemente mar de fondo. En esas condiciones suele ser muy complicado trabar el ancla sobre el barco hundido. Fondear justo sobre el pecio será el primer reto del día.
Cerca de la zona de pesca siempre hay tráfico. La presencia de grandes mercantes oriundos de Argelia nos obligará a extremar las precauciones para evitar ser abordados. La coordinación y el reparto adecuado de las tareas en cubierta deben garantizar una travesía sin sobresaltos.
Pita el GPS. La sonda detecta a 72 metros de profundidad una parte del casco del barco hundido. Sobre él, deambulan numerosos cardúmenes de pescado.  Por la gráfica de la pantalla del sónar Vicent deduce que se trata de un banco de caballas.
Es éste el momento. Comienza la maniobra de fondeo. Hay que ser precisos y anclar firmemente La Canora. En caso contrario, la corriente –sin que si quiera fuéramos conscientes- nos sacaría fuera de la zona de pesca en un par de minutos. Al primer intento el ancla y el muerto de hormigón nos traban justo sobre el pecio, a unas 10 millas de la costa.
José Cabrera, un joven pero experimentado aficionado de Moraira, apareja su equipo tras concluir las tareas de ayuda al patrón. Utilizará una Renzo Valdieri con puntal especialmente sensible para detectar cualquier indicio de picada. Un carrete Shimano 6000 para facilitar la recogida y una línea de grosor medio. Plomo, y bajo de volantín cebado con calamar fresco y gusano koreano.
El patrón es el primero en entrar en acción, sabe que el pescado marcha igual que llega... También utiliza volantín, pero prefiere cebar con gamba cruda endurecida con carnalita. En la técnica empleada para el chambel, un plomo nunca menor de 50 gramos ayuda a que la línea profundice con rapidez y evita que la corriente se lleve el señuelo. La picada se detecta cuando el carrete deja de entregar hilo antes de que el lastre toque fondo. Ése será el momento preciso de recoger sin pausa para evitar que el pescado escape.
Al segundo lance, el maestro trae tres verdeles. “!Efectivamente! –exclama como si en su acción hubiera influido la más mínima suerte-, ¡es un banco de caballas! No casualidad. No fortuna. Experiencia. La de estos hombres es, siempre, garantía de éxito. Y las picadas se irán sucediendo durante la mañana...
Los bancos de caballa utilizan los obstáculos sumergidos como refugio y depensa natural. De alguna manera, desconocida por los biólogos, la memoria de especie les enseña que los arrastreros comerciales no faenan en esas zonas “sucias” para evitar enganchar las redes en el pecio. Al igual que los besugos, se sienten seguras sobre el barco muerto.
En algunas ocasiones, el aparejo llega intacto al fondo. Entonces, es necesario “chambelear” para llamar la atención de los peces. Esta operación se realiza cimbreando verticalmente la línea con golpes secos pero suaves de puntal mientras se recoge nylon lentamente. Así, hasta colocar el cebo a la profundidad en la que circula la pesca. La más mínima resistencia a nuestra tracción manual es el indicio de picada. También las xuclas, los jureles, las bogas y algún serránido muerden con decisión los cebos en esta pesquera. Las picadas son constantes, pero –y a fe que no fanfarroneo- devolvemos vivo al agua todo el pescado pequeño y buena parte del de tamaño grande. El catch & release, también en el mar, en su razonable medida, es para muchos pescadores deportivos el clímax de la acción de pesca.
En una disciplina aparentemente tranquila como ésta (y digo aparente porque tres horas de chambeleo y recogida equivalen a un centenar de flexiones) también hay que tomar precauciones específicas: quien decida iniciarse en esta técnica debe saber que nunca hay que asir la línea cuando el aparejo se encuentra en profundidad, ni “chambelear” con la mano. Jamás atarse o liarse el sedal, en ninguna parte del cuerpo. También es muy peligroso, especialmente peligroso, amarrarse a la caña. Y a más de un rubio internacional inconsciente se ve por estos pesquiles envainársela en el cinto cual dartañán de los mares. En profundidades grandes, existen especies de tremendo tamaño que si bien es muy raro que tomen nuestro cebo, podrían atacar a las piezas enganchadas en la chambelada durante el combate. Si por más gloria de Murphy un gran túnido o un emperador se tragara el volantín en esas circunstancias, el tirón inicial sería tan brusco que podría provocarnos graves heridas e incluso arrastrarnos hacia el fondo.
José Luis Fariñas (el madrileño pionero del Taller de Mosca en televisión, el del extinto Campero) es, tras el grumete que glosa esta aventura náutica, el cuarto tripulante-pescador. Fiel a su conciencia deportiva, que algunos catalogamos como alergia a la mucosa de gusano, prefiere, siempre (o eso dice) pescar con artificiales. Y se los hace él. Anoche preparó un bajo especial en el que cada uno de los anzuelos del chambel va provisto de una pequeña pluma blanca y una perla bermellón. También le dan buen resultado en colores verdes y amarillos. Estos volantines –lo he comprobado- son igualmente efectivos y mucho más funcionales que la “chicha”: se puede seguir pescando nada más desanzuelar para aprovechar y son más limpios y deportivos que las carnadas.
Pronto comprobamos su eficacia con las caballas… Tras poco más de una hora de pesca sobre el pecio, dos docenas de “verdelones de a cuatro por kilo” platean en la cesta de popa. En seis u ocho horas nos deleitarán “a la sal”. Es éste, sin duda, un pesquil productivo, pero llenar la cesta de pescado no nos obsesiona. Ahora, una vez saciado el gusanillo, garantizada la foto en el pantalán y conjurado el siempre temido riesgo de coña durante la cena en el puerto, es preferible aprovechar las excepcionales condiciones del mar para analizar la eficacia de otros aparejos, probar diversas técnicas, observar la acción de nuevos señuelos, y también por supuesto amortizar la nevera del barco y degustar las celebérrimas empanadillas de pesols de la tahona de Teulada. ¡Que en agosto, apriete o no el calor, hay jornada de pesca a la que no se apunten además los señores Guijuelo y Mahou!
La versatilidad de la pesca deportiva desde embarcación fondeada nos ofrece estas ventajas. Por ello conviene ir provistos de material diverso. Pescando en “El Melonero”, es habitual que el volatín traiga tres o cuatro caballas peleando desde más de 60 metros de profundidad. Por ello, la calidad y acierto en la selección del equipo es fundamental para disfrutar el lance y evitar que la recogida se convierta en una proeza o en una simple acción de fuerza, animal contra animal.
Otra buena opción en estos casos, cuando no molesta el mar somero, es cebar a fondo y esperar la picada de un ejemplar grande. Para ello se pueden usar cañas lago más largas con carretes de gran capacidad y, por supuesto, línea gruesa y bajos de acero.
La presencia de un banco de sardinas lachas en superficie nos hace, tras el almuerzo, pensar que huían acosadas, quizás por bonitos. Hemos detectado también otros túnidos pequeños y algún jurel de buen tamaño y decidimos tentarlos al lance. Como señuelo, hemos elegido una imitación de pez de roca elaborada para la ocasión por nuestro especialista en montajes, José Luis. No mentiré, cuatro baños a la mosca y otra vez al chaleco, que no hay día que todo pique.
Mediodía. La posición del sol nos invita a emprender marcha. Es el momento de acercarse a la costa para probar el curricán de fondo. Vicent pone rumbo norte en busca de los acantilados del Cabo de La Nao. Mientras, seleccionamos los artificiales: algunos “rapalas” que imitan pequeñas caballas y mujílidos juveniles. Abordo comienza la preparación de los equipos para la cacea de profundidad.
Durante la travesía, Vicent entrega el rumbo al piloto automático y se aplica en la elaboración de un montaje infalible ideado por él mismo. Como carnada emplea una aguja congelada, bien plomada y prendida sobre un babero similar al de los “rapalas”, lo que obliga al señuelo artesanal a desplazarse por el agua con movimientos similares a los que desarrollaría una agujeta viva, pero en apuros. Un plato exquisito para la anjova, que en esta zona llaman golfás.
Comenzamos a curricar a la altura de Les Morres, esos fantásticos cortados de piedra caliza, en la cara norte del Cap d’or, que aún conservan pinturas rupestres en cuevas del paleolítico superior, habitadas por el hombre hace 17.000 años. La velocidad adecuada  para este tipo de curricán no debe superar los tres nudos. Montamos una caña a babor y otra a estribor, ambas con carretes de bobina fija. Y largamos los aparejos… Sumergimos los engaños sobre los roquedos donde creemos  merodean los grandes depredadores en verano. Para ello se emplea el profundizador, un sistema mecánico de acción manual del que pende un gran peso que, sujeto por pinzas especiales a la línea, evita que el señuelo flote arrastrado por la embarcación.
Nuestros engaños, rapalas y agujas, nadan en zig zag a unos 25 metros bajo el agua. La línea madre se desprenderá de del profundizador en el momento que se produzca una picada, quedando liberada del plomo.
Y como Vicent tiene la costumbre de “volverse bolo sólo cuando navega sólo” y de ponerme al timón cada vez que enciendo un pitillo, picadón apenas recorrida media milla a la entrada de la pesquera. Siempre me parece esotérica esa capacidad de los pescadores de altura, y de alturas, para saber dónde, cuando, por qué y cuando navega con ellos quién. Y no sé cómo, pero a fe que lo saben:
-¡Un dentol!... ¡Un dentol!... ¡Dónale, dónale más caña Eduardo, que viene hacia nosotros y nos adelanta!
Comprobamos con satisfacción que se trata de una buena pieza. Tres kilos largos en la báscula de mano. A simple vista fuera del agua supera los 25 centímetros, medida mínima autorizada por el reglamento español de pesca deportiva en el mar que, además (entiendo que por la insultante ignorancia de nuestros legisladores) no tiene definida ninguna veda en la pesca de esta especie.
Los dentones adultos, animales bellísimos, son solitarios y territoriales y superan en ocasiones los diez kilos. Viven en fondos rocosos desde los 10 hasta los 50 metros de profundidad. Voraces pero desconfiados, aumentan su actividad vital en los meses cálidos. Acostumbran a cazar al acecho, camuflados en sus apostaderos en las rocas, desde los que lanzan fulminantes ataques contra las presas. Hay que tener precaución al manipularlos en vivo, pues sus poderosas mandíbulas presentan dientes caninos muy peligrosos. Una mordedura de dentón equivale a una herida infectada.
Muy cerca del Cabo de La Nao, continuamos curricando lentamente. Maniobramos para marcar rumbo a la rada y atracar en puerto pero... nos sorprende una nueva y violenta picada. Un pequeño espet, otra especie abundante en la zona, emparentada con las voraces y tontorronas barracudas, ha mordido nuestra imitación de lisa y cierra con un emocionante lance una estupenda jornada de pesca.
Mañana llegaremos a pie hasta los blancos acantilados de Cap Blanc para pescar obladas a mosca desde la costa, y salemas al tiento sobre el praderón de Posidonia. Pero esa… esa es una historia diferente, que os contaré aquí mismo con el permiso de maese Piñeiro…
Mientras, si por ardides de pescador, ocio, negocio o veleidades mundanas o marineras recaláis en el puerto de Moraira, no olvidéis visitar el amarre de La Canora. Buscad a Vicent y contadle que Eduardo “el madrileño de la tele” va contando por ahí historias de barcos hundidos, dentones, y otros monstruos marinos...


* “Moraira, sueños de pescador” es una historia inédita basada en el documental del mismo título, guión y realización de Eduardo Fernández. Forma parte del libro de relatos en preparación "SUEÑOS DE PESCADOR".

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