"APUNTE AL ANOCHECER"

Por Emilio Fernández Román, Escritor

Bajo la esbelta silueta de tu geometría vertical adivinando horizontes, al amparo de la torre vigilante que mata el último latido del sol, un racimo de casas orienta alrededor su geografía difícil para formar el basamento de tu extraña arquitectura, conformando un entorno rural y primitivo, inmutable.
El sonido ha descendido de las alturas, y ahora busca su eco entre las calles, perfilándose por ventanas y enramadas. Hay paz.
En la breve colina dominante, un castillo deja adivinar sus perfiles derruidos cortando el crepúsculo que avanza entre sus piedras arcaicas y vencidas.
Se siente la paz, pero se adivina el movimiento entrecortado, abajo, en el río, de las truchas que dibujan anillos en el agua.
El musgo y la verde hiedra se encaraman por los muros aplastados por los años, pero no importa; arriba, entre las ruinas, han plantado su nido las cigüeñas, y abajo, en el río, se siente el ritmo acompasado de las truchas.
El pescador se acerca sigiloso, como sombra caída de la torre, y compone tranquilo  su gesto, tantas veces repetido, la línea se extiende derramándose y el señuelo cae suavemente sobre el agua... la trucha lo toma sin dudar, tan solo, tal vez un sutil titubeo para apreciar correctamente su distancia...
La línea se tensa y el arco de la caña la detiene, la vieja experiencia y el paso de los años no impiden que la mano tiemble y el viejo pescador se sobresalte, porque aunque la situación ha sido tantas veces vivida, es tan singular como aquella primera, ya casi perdida en el recuerdo.
De la tranquilidad que conforma el entorno en que las sombras poco a poco ocultan y confunden los contrastes, solo quedan, allá abajo en el río, dos sombras más; la hermosa trucha que se defiende en busca de su perdida libertad y el pensamiento del pescador que opone sus astucias olvidándose de su propio ser. Es el binomio eterno y perdurable.
El tañido desciende nuevamente, cayendo resonante sobre el agua sin saber, el pescador lo escucha sin oírlo, su atención concentrada y vigilante esta tan solo en el extremo de su línea. La trucha sigue allí.
Pasa el tiempo inmutable y sin espacio, las sombras se mueven acercándose poco a poco, los deseos contienden antagónicos sin entender, se siente la paz aunque la pasión la turba, el tañido anuncia nuevamente que media hora más ha transcurrido, y las sombras siguen allí.        
Finalmente la mano del pescador acaricia suavemente el cuerpo de la trucha; ésta, cansada e indiferente, lo permite. Ambos saben que el epílogo ha llegado, fue bella la captura, indescriptible la lucha, apasionante el momento, piensa el pescador; pero nadie ha sido derrotado, ambos lo saben, porque solo puede vencerse aquello que no se aprecia, ya que cuando algo se conoce profundamente, se ama, se respeta, se defiende y se protege. El pescador guarda su vivencia y devuelve a la trucha una libertad que nunca llegó a perder del todo.
El sonido se inclina de nuevo, manso, sosegado y repetido sobre el río, envolviendo a las sombras que lo advierten, se siente la paz después, porque arriba, en lo más alto de la torre, las cigüeñas olvidaron su vigilia y abajo, en el río, las truchas dejaron de moverse.
El pescador contempla ensimismado el río que tantas veces vio, y al recoger sus aparejos piensa que su deseo se ha cumplido una vez más; porque cuando su vida estaba a punto de extinguirse, pidió a Dios que le permitiera pescar tan solo otra trucha más. Y durante la temporada, al anochecer, en la penumbra del crepúsculo, su sombra desciende de la torre para que la esperanza de su sueño se haga realidad.

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