"AMANECER"

Por Emilio Fernández Román, Escritor

Amanecía, se sentían los primeros rayos de sol que intentaban atravesar las blancas gasas que flotaban sobre el cauce. El rocío dibujaba perlas en las verdes hojas y el rumor del agua acompañaba pausado y tranquilo al paisaje.
El camino había sido largo y cansado, media docena de kilómetros por sendas y veredas cubiertas, muchas veces, por largas ramas de espino; a la espalda el macuto con waders y equipo de pesca, en una mano la caña y en la otra un pequeño y afilado machete para abrir, en ocasiones, el paso. Pero a la vista del agua desaparecieron las penurias, descargó el morral de la espalda y se sintió ágil y etéreo, capaz de hacer frente a cualquier calamidad. Se sentó un rato contemplando el agua entre la neblina, y escuchando el rumoroso canto de la alondra que suspendida en el aire llamaba al macho bien temprano, ¡cuanta urgencia!, pensó.
El viaje había valido la pena, se encontraba solo frente al agua salvaje que no sabía de contaminación ni de extemporáneos vertidos, que se bastaba a si misma para depurarse; se acercó despacio y casi agachado hacia la orilla, contemplando el fondo cristalino que se ofrecía a su vista, y tratando de escuchar el susurro y el lenguaje de la corriente; volvió sobre sus pasos y armó la caña después de sacarla de su funda, se calzó los waders y encima el chaleco de pesca, engrasó la línea y ató un nuevo bajo, colocó una mosca y dejó todo a un lado, no se atrevía a romper el encanto que el entorno le ofrecía, le dio la impresión de que entrar en el río era como desflorar a una virgen.
Hacia bastante tiempo que no se encontraba en un paraje semejante, casi fuera del tiempo, primitivo y salvaje; incluso con el 4x4, que había dejado lejos, era inaccesible. Pensaba que tan solo el lugar, recóndito y tal vez escondido justificaba el viaje. Seguía sin atreverse a ocupar la corriente.
Pensaba si el deseo de pescar era suficiente para haberlo llevado hasta allí, conocía otros lugares más cómodos y civilizados donde también había truchas, tal vez mayores que en aquel pequeño río de montaña, pero aquello era diferente, estaba solo, consigo mismo y con un paisaje alrededor que muy pocos habían visto, se sentía parte de aquella naturaleza, como un elemento que se identificaba con cuanto le rodeaba.
Fue entonces cuando primero la oyó, suave y ligera; después vio la marca inconfundible en el agua, a una cercana distancia aguas arriba, casi sobre la orilla, una trucha interceptaba, a regulares intervalos, pequeños mosquitos que arrastraba la corriente, diminutas efemeras grises, semejantes a la imitación que había elegido y colocado en el extremo de su línea.
Y en aquel preciso momento, su ancestral instinto le hizo olvidar cualquier otra consideración, se sitúo en la posición adecuada, extendió la línea hacia atrás, midió la justa distancia y dejó caer la mosca con precisión algunos centímetros por delante de donde suponía la trucha se encontraba. Esta, contra todo pronostico, la ignoró; repitió el lance unas cuantas veces con igual resultado y después de ello se sentó a la orilla defraudado. Algo había hecho mal, pensó, tal vez la trucha había visto el bajo, tal vez la imitación era demasiado clara. Alargó y afinó el bajo, cambió la imitación y esperó a que la trucha se mostrara de nuevo.
No tardó demasiado en hacerlo, el pescador, de rodillas sobre el agua, casi en actitud implorante, envió de nuevo su mosca al lugar preciso, pero no paso nada, la trucha seguía moviéndose, pero ignoraba totalmente la imitación que el pescador le ofrecía.
El sol había comenzado a deshacer los blancos jirones que aún se mantenían en algunos lugares sobre el agua y sus rayos acariciaban en algunas zonas las orillas, el pescador comenzó a moverse aguas arriba descubriendo nuevos remansos y tranquilas corrientes, pequeñas cascadas y largos espejos que reflejaban con precisión la vegetación circundante, lanzó una y otra vez, cientos de veces, pero no consiguió clavar una sola trucha.
En el camino de regreso, pensó que durante los años que llevaba pescando, aquello hacía tiempo que no le sucedía, se consideraba un buen pescador, por lo que la humillación a la que le habían sometido las truchas aquel día era tal vez más dolorosa, aunque no era la primera vez que tenía que soportarlo; las truchas estaban allí, las vio, pero rehusaron completamente todas las imitaciones que, una después de otra, les fue ofreciendo
No acertaba a comprender porqué, sabia que la pesca era así, pero no llegaba a aceptar el hecho totalmente, ni tan siquiera una pequeña trucha había sido capaz de atacar alguna de sus imitaciones, ¿cual podía ser la causa?.
Cuando llegó al coche observó la presencia de unos cuantos pescadores que debían haber pescado aguas abajo, reían y comentaban las incidencias del día, pero le ignoraron totalmente, realmente no le vieron; entonces lo comprendió; el era el pescador errante, condenado a pescar durante toda la eternidad sin la posibilidad de enganchar una sola trucha. Era su castigo, porque durante su vida, había pescado muchas truchas inútilmente, tan solo por vana presunción.

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