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Amanecía,
se sentían los primeros rayos de sol que intentaban atravesar las blancas
gasas que flotaban sobre el cauce. El rocío dibujaba perlas en las verdes
hojas y el rumor del agua acompañaba pausado y tranquilo al paisaje.
El
camino había sido largo y cansado, media docena de kilómetros por sendas y
veredas cubiertas, muchas veces, por largas ramas de espino; a la espalda
el macuto con waders y equipo de pesca, en una mano la caña y en la otra
un pequeño y afilado machete para abrir, en ocasiones, el paso. Pero a la
vista del agua desaparecieron las penurias, descargó el morral de la
espalda y se sintió ágil y etéreo, capaz de hacer frente a cualquier
calamidad. Se sentó un rato contemplando el agua entre la neblina, y
escuchando el rumoroso canto de la alondra que suspendida en el aire
llamaba al macho bien temprano, ¡cuanta urgencia!, pensó.
El viaje había valido la pena, se encontraba solo frente al agua salvaje
que no sabía de contaminación ni de extemporáneos vertidos, que se bastaba
a si misma para depurarse; se acercó despacio y casi agachado hacia la
orilla, contemplando el fondo cristalino que se ofrecía a su vista, y
tratando de escuchar el susurro y el lenguaje de la corriente; volvió
sobre sus pasos y armó la caña después de sacarla de su funda, se calzó
los waders y encima el chaleco de pesca, engrasó la línea y ató un nuevo
bajo, colocó una mosca y dejó todo a un lado, no se atrevía a romper el
encanto que el entorno le ofrecía, le dio la impresión de que entrar en el
río era como desflorar a una virgen.
Hacia bastante tiempo que no se encontraba en un paraje semejante, casi
fuera del tiempo, primitivo y salvaje; incluso con el 4x4, que había
dejado lejos, era inaccesible. Pensaba que tan solo el lugar, recóndito y
tal vez escondido justificaba el viaje. Seguía sin atreverse a ocupar la
corriente.
Pensaba si el deseo de pescar era suficiente para haberlo llevado hasta
allí, conocía otros lugares más cómodos y civilizados donde también había
truchas, tal vez mayores que en aquel pequeño río de montaña, pero aquello
era diferente, estaba solo, consigo mismo y con un paisaje alrededor que
muy pocos habían visto, se sentía parte de aquella naturaleza, como un
elemento que se identificaba con cuanto le rodeaba.
Fue entonces cuando primero la oyó, suave y ligera; después vio la marca
inconfundible en el agua, a una cercana distancia aguas arriba, casi sobre
la orilla, una trucha interceptaba, a regulares intervalos, pequeños
mosquitos que arrastraba la corriente, diminutas efemeras grises,
semejantes a la imitación que había elegido y colocado en el extremo de su
línea.
Y en aquel preciso momento, su ancestral instinto le hizo olvidar
cualquier otra consideración, se sitúo en la posición adecuada, extendió
la línea hacia atrás, midió la justa distancia y dejó caer la mosca con
precisión algunos centímetros por delante de donde suponía la trucha se
encontraba. Esta, contra todo pronostico, la ignoró; repitió el lance unas
cuantas veces con igual resultado y después de ello se sentó a la orilla
defraudado. Algo había hecho mal, pensó, tal vez la trucha había visto el
bajo, tal vez la imitación era demasiado clara. Alargó y afinó el bajo,
cambió la imitación y esperó a que la trucha se mostrara de nuevo.
No tardó demasiado en hacerlo, el pescador, de rodillas sobre el agua,
casi en actitud implorante, envió de nuevo su mosca al lugar preciso, pero
no paso nada, la trucha seguía moviéndose, pero ignoraba totalmente la
imitación que el pescador le ofrecía.
El sol había comenzado a deshacer los blancos jirones que aún se mantenían
en algunos lugares sobre el agua y sus rayos acariciaban en algunas zonas
las orillas, el pescador comenzó a moverse aguas arriba descubriendo
nuevos remansos y tranquilas corrientes, pequeñas cascadas y largos
espejos que reflejaban con precisión la vegetación circundante, lanzó una
y otra vez, cientos de veces, pero no consiguió clavar una sola trucha.
En el camino de regreso, pensó que durante los años que llevaba pescando,
aquello hacía tiempo que no le sucedía, se consideraba un buen pescador,
por lo que la humillación a la que le habían sometido las truchas aquel
día era tal vez más dolorosa, aunque no era la primera vez que tenía que
soportarlo; las truchas estaban allí, las vio, pero rehusaron
completamente todas las imitaciones que, una después de otra, les fue
ofreciendo
No
acertaba a comprender porqué, sabia que la pesca era así, pero no llegaba
a aceptar el hecho totalmente, ni tan siquiera una pequeña trucha había
sido capaz de atacar alguna de sus imitaciones, ¿cual podía ser la causa?.
Cuando llegó al coche observó la presencia de unos cuantos
pescadores que debían haber pescado aguas abajo, reían y comentaban las
incidencias del día, pero le ignoraron totalmente, realmente no le vieron;
entonces lo comprendió; el era el pescador errante, condenado a pescar
durante toda la eternidad sin la posibilidad de enganchar una sola trucha.
Era su castigo, porque durante su vida, había pescado muchas truchas
inútilmente, tan solo por vana presunción. |