|
Un
gran amigo, gallego para mas señas, decidió un buen día, reunir casi
todos sus conocimientos sobre la pesca y escribió un libro, titulándolo
"La Pesca en los Mil y un Ríos de Galicia". Hasta aquí nada
que comentar, excepto lo que es para mi una auténtica proeza, ya que
inventariar todo el patrimonio piscícola de Galicia, y con gran acierto,
se me hace harto dificultoso.
Pero mi comentario no reside en la habilidad y capacidad de mi amigo, sino
más bien en el título. Y es que Galicia, entre otros muchos privilegios,
tiene el del agua.
Cada rincón guarda un regato con enormes posibilidades de pesca, y la
trucha sigue siendo la reina de las zonas altas, el salmón de los ríos
caudalosos y el reo de las aguas próximas a las desembocaduras, amén de
otras muchas especies de peixes, o las afamadas lampreas, las anguilas y
las “humildes” zamborcas.
Pero se nota a la legua mi debilidad hacia estas tierras y mucha de la
culpa seguro que la tiene una de mis abuelas, a la sazón de Ferrol, lugar
de privilegio que bañan las aguas del poderoso Padre Atlántico.
Es cierto que acudo a Galicia todos los años a disfrutar de la pesca y,
aclaro, con cola de rata, es decir, que soy uno de esos que se pasan mas
tiempo secando la mosca en el aire que dejándola que se deslice en el
agua y luego pierden su pensamiento en la concentración, siguiendo
hipnotizado su incierto recorrido, esperanzado en ver subir esa trucha
engañada. Pero es que lo que de verdad me gusta es pescar. Y si capturo
alguna trucha.... pues eso ¡ya es la leche!. Porque la verdad es que,
exceptuando algunos ríos grandes y zonas semi-despejadas, aquí los cursos
no permiten practicar esta modalidad con facilidad, salvo excepciones.
Pero lo bonito es vencer a la dificultad y levantar esa trucha que vemos
que se está cebando en aquel sitio imposible.
Además aprovecho la oportunidad para hablar con otros pescadores del río,
ya que siempre me sobra tiempo cuando se trata de aprender, y más de los
pescadores gallegos que parece que, en vez de sangre, es agua de sus ríos
lo que corre por sus venas. Quiero pensar que la facilidad del contacto
con la naturaleza, el no perder sus raíces, el no olvidar el terruño y
su río es lo mejor que a uno le regala el nacimiento.
Pero aún más me maravillo contemplando al paisano haciendo unos precisos
lances de ballesta, poniendo la cucharilla donde yo ni podía imaginar que
se pudiera. Ese lance preciso y exacto que da una trucha peleona, que
apenas nos ha dejado contemplar el brillo del giro de su pala cuando, un
parón brusco y seco, nos indica que la tenemos enganchada.
O ese paisano armado con su larga caña y un puñado de miñocas,
tanteando con suavidad el fondo, piedra a piedra, dejando que llegue su
cebo hasta las oscuras profundidades del pozo, llevado por su instinto y
experiencia, en espera de esos tirones secos y delicados que nos trasmite
el hilo, como diciéndonos “la tenemos, la tenemos....”, sacando
truchas de lugares insospechados.
Pues de todos ellos aprendo algo, aunque no practique su modalidad, porque
me enseñan el río y las particularidades de las truchas. Porque,
queramos o no, parece que el gallego ha nacido para pescar cuando en
realidad es que no quiere desprenderse de esa última y sutil atadura que
le une ancestralmente con la tierra, a pesar de haberse convertido en
urbanita. Y esa ligazón férrea a la tierra y al agua la aprovechamos
otros que, sin conocer como ellos su terruño, nos valemos para disfrutar
doblemente de nuestra estancia y nuestro deambular por el agua.
Y lo pienso seguir haciendo muchos, pero que muchos años. |