“MUERTE DE JUANITO EL PESCADOR”
Por Guy Roques.
Extraído de “El Cantar del agua” (2ª parte)

Era una mañana de septiembre poco antes de cerrarse la veda cuando Juanito salió de pesca. Se paró un instante para mirar en la penumbra los restos de su difunto roble tajado a 50 cm del suelo y ahora sólo servía de silla para los paseantes. Miró, grabado en la albura de tronco, por ser demasiado duro el centro donde se veía un sinnúmero de apretados aros concéntricos, un corazón traspasado por una flecha y dos iniciales. Juanito tuvo la tentación de contar otra vez los aros que traducían la edad del coloso caído pero hizo un esfuerzo interior para sacarse de su pena y bajó camino del río.

Por última vez iba a intentar la captura de la Marquesa, una truchona que se escondía en una cueva debajo de la Peñona que era una enorme roca dominando el río aguas abajo del pueblo. Los furtivos le habían pasado el trasmallo varias veces, pero en balde. No se contaban ya los durmientes encontrados rotos por la orilla. Los que vieron a la Marquesa decían que era como un pedazo de leña, que rebasaría los 3 kilos. En el pueblo Juanito tenía fama de ser un experto para estos grandes peces. En el bar le preguntaban los demás y él solía contestar:

- Estos bichos son como las aves nocturnas; sólo salen de noche porque les duele la luz del día. Si quieres engancharlos tienes que estar a pie de río antes del amanecer, una hora como menos. Entran muy bien a lombriz.

Pero en las cosas de la pesca no pasa igual que en cocina. Las mismas recetas no dan resultados parecidos; son muy diferentes a veces según quien las aplica. Juanito casi siempre amarraba una truchona y sus imitadores sólo amarraban bolos. Tal vez por eso, por ser imitadores. Lo que nunca había confesado Juanito era que conocía exactamente por que paso la Marquesa se metía en su cueva.

Hoy se le hace un poco tarde; quedó algo dormido por el vino de anoche. Es difícil que Ella esté todavía fuera; por si acaso le va a colocar la pelota de lombrices en la puerta del albergue a ver si quiere probar un postre antes de recogerse. Lo tiene complicado pues ha de subirse a una piedra resbaladiza por el rocío pero Juanito es ágil aunque con los años se está volviendo algo panzón. Ya está encaramado. Con las alas de la gorra al revés, hacia arriba, parece un búho. La caña de bambú viene preparada siempre. Sólo tiene que enfilar las lombrices y lanzar. Nunca yerra sus lances. Con el puntal averigua que la plomada esté bien posada en el fondo. Ahora a esperar hasta que despunte el día entre las copas de los álamos.

Hace frío, dentro de poco llegarán las primeras alondras entre los surcos blancos de escarcha. Le apetece liarse un pitillo de tabaco Caporal pero si le entra un pez en este momento no clavará en condiciones... ¿Qué pasa? en la empuñadura siente algo raro que bien puede ser una picada. ¡Coño! que me lo lleva todo ¿Será la cabrona de ella?... Juanito no suele insultar a los peces como hacen algunos pescadores pero hoy por la emoción se descontrola, cuanto más tira más tiene la certeza de que es La Marquesa. Viene bien preparado con un hilo Tortuga del 26, no hay quien lo rompa. Y a tirar de ella y ella de Juanito que quiere erguirse en la roca para dominar mejor la pelea... Al inclinar el cuerpo de lado da un patinazo, intenta recuperarse agazapándose sin soltar la caña pero pierde el equilibrio y en un decir amén cae al pozón.

Le sofoca el agua fría que cubre. Ahora en su esfuerzo para nadar suelta la caña casi sin enterarse... lo que más le cuesta no es nadar sino respirar, sabe que está disputando con la Muerte... respira con creciente dificultad... algo inexplicable que no es el frío le paraliza... en su cabeza su vida pasada desfila como una película, se acuerda de su infancia de su madre cuya angélica sonrisa se apagó el día de la primavera, y de su padre que, después de su accidente con el tractor, le colocó que colocarle en una finca a los 7 años, ve a Carmina la hija del panadero, rubia como su madre, que finalmente se casó con otro...

Encontraron a Juanito flotando con los ojos mirando al cielo. Uno de los chicos que fueron a rescatarlo tropezó con algo raro que resultó ser la caña de pescar. Al recogerla le pareció trabada entre ramas sumergidas pero tirando del fuerte hilo vio que algo más afloraba, el bulto negro de una truchona muerta, La Marquesa encordelada como en una red.

La autopsia reveló que Juanito no había muerto de la caída al río sino de un infarto. Para los del bar era lógico que una emoción tan grande como la de tener amarrada a La Marquesa le produjera el infarto. A nadie se le ocurrió que este hombre había muerto como había vivido, simplemente.

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