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Madrugada
de un jueves del mes de septiembre, fresca por los restos de una tenue
niebla que parece disiparse y por la humedad de unos helechos que
bordean el camino. No hace calor pero se adivina que en breve, el sol
dará cuenta de su presencia. Sobra el jersey y es preciso aligerar
pesos innecesarios. La luz cobra todo su esplendor y el paraíso que me
rodea, muestra un colorido que invita a detenerse y observar. |
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Un escalón, otro y... otro. Ya estoy en los Mayos. Cuidado con estas piedras que se mueven. Son una trampa para las piernas pero solo con verlas, se te llena el alma de agreste naturaleza; son indicativo de que ya estás cerca del agua. La entrada en las piedras de los Mayos es impresionante. A la izquierda y a tus pies, la piedra de Lucilia preside desde el estrecho toda la tabla de Ruí, inundándola de paz y sosiego. La recuerdo a ella, a Lucilia, toda acurrucada en esta piedra que hoy lleva su nombre, refugiándose del viento que en esta zona del río es tan duro como interminable. |
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En el año 2001 fui testigo de otra buena clavada que con gran maestría trajo a tierra. Lucilia tiene un buen maestro porque Ruí es ya veterano en el disfrute de las peleas con este combativo pez. Domina la tralla con seca y el ratón, el Mantorras para noches claras y mi “conejo” para las oscuras. Sabe cuando poner un pez artificial y cómo recogerlo porque Ruí es un buen lector de aguas, cualidad que le aventaja y le proporciona muchas satisfacciones. |
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Arriba, a mi derecha, la cabecera de los Mayos; las piedras de
Chote, José Manuel, Chicho, Toño, Luís Reboredo y Moncho Feros.
Estas son posturas caprichosas de estos pescadores que, de tanto
pescar en ellas, terminan por darle su nombre quieran o no
quieran. En otras partes del río tienen las suyas Miguel Piñeiro
y Pepe Casal. |
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Ahí va, un lance largo río abajo y al borde del estrecho. Doy
dos golpes fuertes de muñeca para que el pez se enderece en el
fondo y comience a nadar. Recojo la línea muy despacio porque,
aunque la marea está baja, lleva mucha agua, demasiada. Mientras,
alzo la vista al frente y disfruto con lenta tranquilidad de todo
lo que alcanzo a ver con mis ojos. Las acacias y chopos que brotan
solemnes entre los peñascos de la orilla, los nogales y almendros
bravos bajo altos pinos que suben monte arriba y las enormes rocas
lisas que desde la cima caen como lenguas que se burlan del mundo.
Poco sitio queda para el cielo porque el lugar está tan encajado
entre los montes de uno y otro lado que, uno tiene que girar la
vista al fondo, río abajo, para poder contemplar el cielo azul
del pequeño veranillo de septiembre. |
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Se para y afloja la línea volviéndose hacia abajo o hacia mí o,
sabe Dios a dónde coño va. |
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