"UNA DE REOS"
Por Ricardo Máiz, Pescador

Madrugada de un jueves del mes de septiembre, fresca por los restos de una tenue niebla que parece disiparse y por la humedad de unos helechos que bordean el camino. No hace calor pero se adivina que en breve, el sol dará cuenta de su presencia. Sobra el jersey y es preciso aligerar pesos innecesarios. La luz cobra todo su esplendor y el paraíso que me rodea, muestra un colorido que invita a detenerse y observar.
La marea está baja. Las piedras dejan ver sus faldones húmedos por un mar que, con puntualidad se retira después de cubrirlo todo para reunirse en la ría con otros mares que le esperan. Mar de Fora, Mar de Peñas, Mar de Abrigo y Mar de Dentro. Cuantos nombres para un solo mar.
La bajada a los Mayos no presenta dificultad. Han construido una escalinata de piedra con balaustrada de madera empapada en brea, ese ungüento que se utiliza para rellenar o tapar las ranuras entre las tablas de las embarcaciones de madera. Su olor característico a alquitrán no pasa desapercibido.
Vaya contraste con lo que la vista nos regala y el olfato nos procura. La esencia del orégano y de otras frescas plantas silvestres que quedan totalmente eclipsadas por el fuerte olor de la balaustrada. Sobraba la escalera porque ahora bajarán los paseantes con sus niños para tirar piedras al río, deporte que se practica solo cuando alguien está pescando.

Un escalón, otro y... otro. Ya estoy en los Mayos. Cuidado con estas piedras que se mueven. Son una trampa para las piernas pero solo con verlas, se te llena el alma de agreste naturaleza; son indicativo de que ya estás cerca del agua. La entrada en las piedras de los Mayos es impresionante. A la izquierda y a tus pies, la piedra de Lucilia preside desde el estrecho toda la tabla de Ruí, inundándola de paz y sosiego. La recuerdo a ella, a Lucilia, toda acurrucada en esta piedra que hoy lleva su nombre, refugiándose del viento que en esta zona del río es tan duro como interminable.

A su lado, siempre cerca, su marido Ruí, todo un personaje que es parte importante de la historia de este lugar. Su exquisita generosidad, su amabilidad elevada hasta las mas altas cotas allá donde alcanza la buena educación, les convierte a ambos en dos almas amigas de quién así lo quiera, con la mayor profundidad en el sentimiento y significado de lo que entraña una verdadera amistad. Ruí adora a Lucilia y ambos comparten la fortuna de poder pescar juntos en un paraje como este. Recuerdo el temblor de sus manos mostrando un hermoso reo pescado por su mujer en su tabla. Más de dos kilos de plena felicidad. No es el primero que captura de este tamaño.

 En el año 2001 fui testigo de otra buena clavada que con gran maestría trajo a tierra. Lucilia tiene un buen maestro porque Ruí es ya veterano en el disfrute de las peleas con este combativo pez. Domina la tralla con seca y el ratón, el Mantorras para noches claras y mi “conejo” para las oscuras. Sabe cuando poner un pez artificial y cómo recogerlo porque Ruí es un buen lector de aguas, cualidad que le aventaja y le proporciona muchas satisfacciones.

Arriba, a mi derecha, la cabecera de los Mayos; las piedras de Chote, José Manuel, Chicho, Toño, Luís Reboredo y Moncho Feros. Estas son posturas caprichosas de estos pescadores que, de tanto pescar en ellas, terminan por darle su nombre quieran o no quieran. En otras partes del río tienen las suyas Miguel Piñeiro y Pepe Casal.
Antiguamente, cuando subían los reos y paraban en estos pozos, teníamos que venir a las cinco de la tarde para guardar sitio. Recuerdo a cada uno de ellos en sus piedras, hoy medio cubiertas por el loco caudal del Tambre aguas abajo desde la presa.
Los reos se quedaban con las mareas en este punto de reunión, disponiéndose a remontar con las pleamares las corrientes del Congo y Refugio para continuar su escalada hasta la pared del embalse, ocho largos kilómetros casi inaccesibles para nosotros.
Cuántas hermosas capturas, cuántas luchas a veces perdidas, que grandes momentos para el recuerdo. Ahora, los Mayos son tan solo un punto de paso, ni siquiera de descanso para los peces. La industria de la energía eléctrica sacude a la naturaleza con un nuevo mazo, el abuso de caudal, un sucio caudal que permite a estos migratorios subir con facilidad para encontrarse mas arriba con mas aguas turbias y fangos que cubrirán sus puestas abocándolas a una muerte segura. ¿Volverán alguna vez a subir... para nada?.
La mañana exhibe ahora todo su esplendor. Me subo a una piedra que también lleva mi nombre y no como homenaje a un buen pescador si no por frecuentarla en demasía para pescar desde ella. No pierdo tiempo, siempre tengo la caña dispuesta para lanzar sin reparar en anudados, es una costumbre que me define como impaciente en las llegadas al río aunque, tengo disculpa que me exime de tal adjetivo, la vista comienza a ser un problema...

Ahí va, un lance largo río abajo y al borde del estrecho. Doy dos golpes fuertes de muñeca para que el pez se enderece en el fondo y comience a nadar. Recojo la línea muy despacio porque, aunque la marea está baja, lleva mucha agua, demasiada. Mientras, alzo la vista al frente y disfruto con lenta tranquilidad de todo lo que alcanzo a ver con mis ojos. Las acacias y chopos que brotan solemnes entre los peñascos de la orilla, los nogales y almendros bravos bajo altos pinos que suben monte arriba y las enormes rocas lisas que desde la cima caen como lenguas que se burlan del mundo. Poco sitio queda para el cielo porque el lugar está tan encajado entre los montes de uno y otro lado que, uno tiene que girar la vista al fondo, río abajo, para poder contemplar el cielo azul del pequeño veranillo de septiembre.
A mi espalda, los ruidos parecen no tener fin. Carballos que lloran bellotas, pájaros de colores increíbles que no cesan de cantar, un mirlo que parece asustarse por nada y una ardilla que salta de rama en rama para reunirse con su pareja en el alto de un fresno. No se puede pedir más, esto es la... ¡¡¡sssstiá!!!, se clavó uno y... ¡como tira!, da la impresión de que va a romper la línea (es lo que siempre se piensa cuando el pez es un poco grande y que demuestra lo llorones que somos). Se rompe el silencio de los Mayos, suena el freno a la par de una buena carrera del pez.

Si, es bueno.
Es un reo que pelea sin cuartel por ser libre y busca salida a su comprometida situación arrancándome muchos metros de sedal río arriba.

Se para y afloja la línea volviéndose hacia abajo o hacia mí o, sabe Dios a dónde coño va.
Apuro las vueltas de carrete hasta tensar de nuevo, está cerca pero vuelve a arrancar y da un salto . Cuando hacen esto, suele ser porque no están bien clavados y buscan soltarse.
Sigo llorando, se me va a escapar. El hilo aguanta y las carreras son ahora más cortas pero más tensas. Cobro dos metros, pierdo uno, da vueltas en corto ya cerca de mí, se cansa. Lo veo y es hermoso, creo que pasa del kilo... le saco la cabeza fuera del agua, se va a escapar, aún da tirones y chapuzones... a ver ahora que está quieto y cansado... la sacadora siempre entrando por la cola... ¡dentro!. Ya es mío. Menudo color tienen cuando llevan tiempo en el río. El cobrizo de sus costados y las pintas lo ennoblecen todavía más. Qué combate más generoso, que derroche de energía y qué momento de verdadera pasión.
Concédeme Señor, tiempo para disfrutar de todo esto.
Permíteme ser feliz gozando de este pequeño paraíso y no permitas que la torpe mano del hombre arrase con el rastrillo del progreso un trozo de cielo, que imagino es anticipo de lo que nos guardas para cuando reclames nuestra compañía. No estás solo. No me llames todavía.

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