EL CABRERO
Por Ricardo Máiz, Pescador

Lo de siempre. No remataba el anudado del anzuelo porque una corriente de nervios me hacía temblar como un flan. Parece una manía pero no. Es condición. Soy así y no lo puedo evitar.
Ayer hubo tormenta y el Sarela viene revuelto y muy tomado; es un buen día para pescarlo con lombriz. Por fortuna, tengo un bote con musgo grueso de carballo, lleno de miñoca. En Galicia el mes de Abril es lluvioso por tradición. Todos los años por estas fechas, me acerco al taller de motos de Pepe Neira en San Miguel de Sarandón. Ya sabe a lo que voy y me recibe con su amplia sonrisa al tiempo que me cede un azadón para que yo pueda escudriñar en el estiércol de gallina que amontona detrás del taller, al lado del gallinero. Es un montón de mierda tranquila, pero cuando la remueves, bueno, no digo nada más.
La lombriz que sale de allí es fabulosa. Tiene anillado de colores que alternan un rojo claro con un amarillo pajizo y su tamaño no es grande, el de un anzuelo del seis totalmente cubierto y una pulgada de sobrante que se agitará sin cesar bajo el agua. Alcanzan su máximo tamaño entre Mayo y Julio, su tiempo para el amor y la reproducción. Al pincharla, desprende un líquido espeso de color amarillento que no es otra cosa que el refinado de la caca de gallina. Esto tiene un precio y Pepe se lo cobra poniéndome los dientes muy largos con interminables relatos de jornadas de gran éxito en su Ulla de Sarandón o de Remesquide. Adorna sus historias con una singular simpatía, resultando muy agradables estos periódicos encuentros.
Procuro dejar el coche frente al almacén de cervezas, cerca del puente de Santa Isabel. Desde allí bajo hasta el antiguo lavadero de madera (una joya de estilo colonial, casi destruido por completo) y remonto río arriba. En paralelo, discurre la calle. Digo calle porque, desde el puente de los lavaderos de piedra, detrás del estadio de fútbol y hasta el Pombal, hay casas al otro lado del asfalto. El Sarela baja con una anchura en todo ese recorrido que oscila entre cuatro y cinco metros, contando con los dos barrancos o desniveles de hierba, zarzas y plantas silvestres que lo guían en todo ese tramo. Cuando va revuelto y subido de caudal como hoy, se pesca con toda comodidad desde fuera.
Llevo una vara casera de cuatro metros. La base es una caña de escoba pasada a cepillo para suavizar los nudos que, aunque ya pulidos, incomodan los dedos de la mano. Enchufada en la base, una puntera larga de bambú rubio, muy fina en su extremo y unida a la caña de escoba con “esparadrapo”. La línea es un trozo de nailon, tan largo como para alcanzar el anzuelo al levantar la caña con el brazo derecho encogido y contra mi costado. El anzuelo lo pinzo suavemente con los dedos de la otra mano, la izquierda, y a la altura de mi vientre, o lo que es lo mismo, la longitud de la caña menos tres palmos.
Cuando el río va tan sucio y violento, tienes que buscar pequeños remansos que se forman detrás de obstáculos o algas y dejar caer la lombriz unos palmos antes, calculando que la corriente va a depositarla en el fondo del parado, allí donde respiran y descansan las pintonas que se salen de las aguas bravas. Es necesario plomar el engaño y para eso, ponemos una bola del tamaño del ojo de una sardina, o dos, si las aguas van desbocadas. La distancia de la plomada al cebo sería de una cuarta y cuarto de otra, posándose en el suelo y dejando un trozo de cuerda libre para que la lombriz, aunque dolida, reclame con su movimiento la atención de una buena trucha. El hilo solo lo tensas desde la puntera al plomo y si hay mordida, debes atender a las dos cosas, al propio hilo porque se moverá cuando el pez trague y se revuelva o a la puntera que se doblará si no estuviste atento al hilo. Ocurre que, en la mayoría de las veces, la trucha mordisquea y se lleva la cola de la lombriz. A penas se mueve el hilo y mucho menos lo hará la punta de la caña. Cuando es así, te cansas de esperar y levantas para cambiar de sitio y revisas el gusano por si está mordido o si el gancho está visible. Ahora es cuando las dos sensaciones más comunes en esto de la pesca se unen. La primera es de desesperación porque quizás no estuviste atento o no fuiste lo suficientemente rápido para dar el golpe de brazo y muñeca y la otra, más complaciente, de que hay pez y que en el próximo intento va a tragar.
Como el agua baja muy turbia, no es necesario ocultarse como en la pesca con grillo y puedo arrimarme al borde sin temor de ser visto y alcanzo la otra orilla sin esfuerzo alguno. Palmo a palmo escudriño los remansos tras los remolinos de la pequeña balsa bajo el puente de Santa Isabel. Salen dos truchas casi seguidas; una de tamaño justo para la medida mínima y otra que va sobrada de centímetros. Este lugar me encanta y cuando lo pesco con cuchara, a ballesta, me entretengo mucho cacheando lance tras lance, las sombras bajo el puente. Siempre clavo algo y en más de una ocasión, me vi envuelto en una dura pelea para poder sacar de allí un buen ejemplar. Este regato es entretenidísimo para remontarlo aguas arriba, posando con suavidad pero con gran precisión la boya y dos moscas o la antigua Ranger dorada del número “1” (todavía mi favorita), por entre los carreros que las algas dibujan en su continuo vaivén desmelenado en medio de las corrientes y en las orillas.
Cruzo el puente y cambio de orilla. Me sitúo bajo el enorme fresno que sobresale tras la tapia del campo de fútbol y da sombra y cobijo cuando llueve como ahora. La lluvia en Galicia moja más que en otros sitios y aunque sea orvallo, te calas hasta los huesos. Puedes ponerte el mejor y más completo de los impermeables que siempre te entra agua por las mangas y en los bolsillos. Es una lluvia mucho más puta que las gallinas. El fresno luce ya las nuevas hojas del año y alivian la mojadura.
Pongo el cebo allí, después allá, detrás de una piedra con su remolino pero no hay tirón. Un poco más abajo, muy orillado el cebo, siento una buena picada que dobla la vara con la tensión del pez que tira y tira hacia abajo, hacia el puente. Cachetazo, caña arriba y trucha que se zambulle en la superficie. No es muy grande pero es preciosa. Las truchas del Sarela siempre tuvieron fama de sabrosas y desde su nacimiento en A Peregrina hasta este puente de Santa Isabel, tienen un color increíble. Desde este punto, hacia abajo y hasta su desembocadura en el Sar, a la altura de Vidán, son feas, grises y sin pintas rojas. Por su proximidad al podrido río al que tanto cantó Rosalía de Castro, se va poblando de estas guarrillas con las subidas de caudal y después del verano quedan muchas para la freza. Cuando llueve mucho como ayer, aparecen muchos y grandes ejemplares hasta el curso alto del río, en el Romaño y regalan momentos intensos de emoción pero, sinceramente, no creo que vayan a parar a la cesta de nadie. Dan un poco de asco; son feas y traen una película de grasa un tanto sospechosa. Yo las devuelvo al agua y me lavo bien las manos… no vaya a ser…
Ahora la lluvia cae con rabia y anzuelar la lombriz con las manos frías y mojadas, entraña cierta dificultad. Se pierde la sensibilidad en los dedos y se te sale el arpón de la miñoca una y otra vez hasta que lo cubres haciéndola pasar más arriba del nudo, por el hilo.
Es el momento de poner la vara al parado, y meter las manos en los bolsillos. Hace frío y el viento agrava esa desagradable sensación. Me hago a un lado para evitar que el agua me moje la cara y en frente, en la otra orilla, veo pescando al cabrero. Trae botas de goma negras de caña corta que no llegan a cubrirle las rodillas. Un viejo pantalón marrón que parece ser de pana y una zamarra que debe ser impermeable. Nada cubre su cabeza y el agua dibuja en su frente un curioso flequillo napoleónico empapado. Va poniendo el cebo de manera impecable, donde le da la gana y resopla entre sus labios como queriendo deshacerse del frío y del agua que a borbotones, desciende por su rostro.
Con dos dedos sujeta la lombriz, tira del hilo mientras su caña describe un pequeño arco en el extremo de su puntera; apunta y suelta. También lleva un pequeño plomo y busca los mismos sitios en los que yo ya tenté a mi suerte. En unos segundos, muy pocos, da un cachetazo y sale la trucha como un cohete hacia la calle. Sube, la cobra, la mete en el cesto y anzuela el cebo mientras está bajando por el pequeño barranco. Sin pararse, vuelve a lanzar y a repetir la clavada y el tirón como hizo con la anterior.
Ni lluvia en la cara ni frío en las manos. Con la más grande de las caras de culo, entro en éxtasis con este cabrón, bueno, cabrero. En casi todos los sitios donde yo ya pesqué, saca pieza. En la cesta entra de todo y sube y baja por el barranco después de coger las truchas que se le van al asfalto, como si fuese un juego, su profesión, vamos, lo que se dice pescar de memoria. Su pequeño cuerpo se mueve como lince en la dehesa y vuelve a repetir pieza en alguno de los sitios donde yo ya probé fortuna. Sale una y otra y otra más y yo clavo mi mirada en su cara. Si mira para mí y se ríe, cruzo el río y le rompo su vara. Otra allí, otra un poco más abajo, dos antes del puente… todo un alarde, una demostración. Desde luego, el Sarela, tiene mucha trucha pero, es que este señor no deja una por donde pasa.
Amaina y sale el sol. Serán unos minutos porque el cielo está cubierto de nubarrones y solo se trata de una tregua. Quiero continuar con mi faena pero no tengo ni idea de hacia dónde ir.
Hacia arriba es tontería porque ya pasó él y no creo que haya dejado nada. Hacia abajo, pues…… no es plan porque voy a tenerlo enfrente y no voy a concentrarme en lo mío. Voy a estar pendiente de lo que haga en mis narices, después del repaso o exhibición que me está dando. Lo mejor será cruzar el puente y ver como pesca porque si con este fenómeno aprendes algo de su manejo con la lombriz, vas a disfrutar mucho en adelante.
No tuve que esforzarme para empezar la conversación. Opté por lo evidente y le entré mostrando mi admiración por su depurada técnica y con toda humildad del mundo, el cabrero desvirtúa su virtud anulando el término “técnica” y apuntando con modestia el de “práctica”. Para él todo es sencillo y todo se remite a buscar los remansos y a poner allí el gusano. Quiero destacar que dejaba sin tiento algunos de ellos y para satisfacer mi curiosidad, me dijo que en ellos no había nada. Indudablemente conoce el fondo del río como la palma de su mano y esa es una de las ventajas que ayuda al éxito en esto de pescar de esta manera. Aún así, en unas posturas esperaba más tiempo que en otras y justifica las esperas prolongadas con que allí tiene que haber trucha. Y la saca.
Digo que la saca, porque más que a un pescador se asemeja a un insaciable sacador de peces. Me llama la atención la ausencia de placer en el clavado y cobro de todas esas piezas. Ni la más mínima expresión, ni tan siquiera de satisfacción, tan solo un taco muy gordo cuando se suelta una. Da la impresión de que pesca para hacer regalos o cumplir con sus compromisos o, seguramente, para hacer un buen dinero con la venta de estos peces.
En cualquier caso, el tiempo pasa despacio y yo disfruto con lo que estoy viendo. Sigue sacando truchas de sitios fáciles, recovecos en los que yo jamás hubiese reparado en detenerme y probar, de unas hierbas que casi pisa. Se le ve incómodo; su cesto comienza a pesar. Cada vez que se aproxima para disparar, el viejo cinturón que hace de correa se tensa y el cesto baja a plomo desde su espalda pendiendo en el aire a la altura de sus partes. Algunas colas asoman por las innumerables faltas de mimbre. Es un cesto mediano y muy viejo. No tardará más de una hora en llenarlo por completo.
El frío, la lluvia y el viento parecen no existir. Quisiera que el tiempo se detuviese y que el momento se prolongase hasta lo eterno porque, con toda sinceridad, confieso que le tuve envidia en el comienzo de nuestro encuentro y ahora me siento como un niño pequeño que desespera a su abuelo pregunta tras pregunta, ávido en aprender, en saberlo todo. Y así, paso a paso, fue respondiendo a todas mis dudas como quién confía secretos, más por saciar mi incómoda curiosidad que por la sana intención de instruir.
Lleva atado y muy ceñido a su cintura, un cordel de aquellos, de los trenzados para atar paquetes, y de él pende una pequeña lata oxidada, seguramente de guisantes, de la que sobresalía un musgo rosado grueso que en nada se parecía al mío, el de carballo. Dice que lo busca en los troncos caídos de pino manso y que purga las lombrices durante varios días y sin reemplazarlo y que los anélidos tenían que ser de braña y de un tamaño que cubra el gancho y que debe sobrar otro tanto, que libre de acero, se moverá libremente. Asegura que si están bien purgadas, en ocasiones se pueden pescar dos o tres truchas con la misma. Solo hay que clavarla un poco más si está poco mordida o dañada y sin sacar el pincho del cuerpo, vamos, que no se vea el garfio. Me entran ganas de tirar las mías porque, de ser un artículo de lujo, son ahora caca de babosa, una mierda.
Entrado ya el mediodía, la frecuencia de capturas se reduce de manera ostensible y el cabrero sentencia el momento aduciendo que ya no habrá más picadas. Sin mediar palabra, alcanza el anzuelo con su mano izquierda y lo inserta en uno de los nudos de la empuñadura, la caña de escoba. Como si yo no existiese, me da su espalda y asciende por el talud hasta el camino y se aleja. Una de dos: O está acostumbrado a soportar las tostadas de los pegajosos novatos como yo o no tiene ni un ápice de educación.
Rebobinando todo lo vivido con el cabrero, decido subir hasta el Romaño y poner en práctica sus enseñanzas. Conozco muy bien este tramo de río, estrecho y con alternancias de corrientes y pozos, aptos para la vara larga con gusano.
A media tarde, hastiado de tanto tentar a las truchas con mis miñocas de mierda, por fin decido retirarme. La ausencia total de picadas tiene consumida mi paciencia. Debí hacer caso al cabrero cuando diagnosticó el fin de la jornada. Me muero de hambre.

volver a índice de colaboraciones