REOS, NUTRIA, VISONES.
Por el Doctor Juan José Moralejo

Tengo la impresión de que en mis treinta y tres años de tajo semanal nunca les escribí de ríos y de pesca. Van a permitirme, pues, una expansión que empezará por hacerles ver que, si yo fuera o fuese un obseso de la pesca y de los ríos, no escribía lo de tajo semanal y ya se me iba el tarro a Miño semanal, Tambre diario o cualquier otra virguería mística que el cerebro raso del profano de asfalto no está en condiciones de sospechar.

El bip-bip-bip despertatorial ¡toma palabro! fue a las 4,45 a.m. y quien le diera a la corneta de Monte la Reina y a aquella cosa que decía ser el capitán X (¡Otro día les despejó X! Pero no les diré el nombre, que con los apellidos bastará) … quien les diera, digo, que mostrara yo de aquella tanta diligencia en ponerme en pie y en faena. ¡Claro que así me fue, que precipité a Cabo I de España y V de Alemania, cuando hasta el más zote era sargento o más! Aquel año mi capitán ganó la Dioptría de Oro y el Pesquis de Brillantes por haberse decatado de que yo carecía de espíritu militar de cabo a rabo.

Porque mi espíritu es otro y de él quiero hablarles hoy, de cómo me amaneció en el Tambre dándoles moscón a los reos o truchas mariscas por si les apetecía ponerse entre dos salsas. Les diré, querida parroquia, que un moscón amarillo con pinta de avispón o carrizo puede hacer maravillas si los reos ponen el resto, que no es el resto y es todo o casi todo ¿Y cómo es la picada del reo  gordo que sube al moscón? No puedo contársela porque puede haber niños delante y porque mis capacidades en prosa erótica son muy cortas. Hai que roelo …

Y no voy contársela en la precisa jornada en que no habían quebrado a tope los albores y ya tenía yo cinco macabeos por cinco picadas espléndidas, 7,3 Richter, pero todas en grado de tentativa y sin llegar ninguna a hechos consumados. Al primer fallido le musitamos un ¡vaya!; al segundo fallido ni musitamos ni era un ¡vaya!; el tercero se acompañó con una obscena profundización en la genealogía materna y paterna del reo de voracidad torpona. Cuarto y quinto fallido excitaron mis capacidades retóricas hasta extremos de los que yo mismo quise quedar sorprendido.

Pero todavía teníamos margen para más asombro porque, ya con el sol mimándome la calva y con la cucharilla en relevo del moscón, pesqué ochenta y dos centímetros de reo, pero en tres entregas, 27, 27 y 28, es decir, tres piezas que allá tuvieron que quedar, pero a las que les puse cara de Mac Arthur y les dejé muy claro que “I shall render!”. Bueno, si yo hiciese diario escrupuloso de mis cañerías y pesquisas, llenaría folios en plan de “hoy me picaron tres ortigas, diez silveiras, cero truchas …”

En fin, cinco picadas gordas aunque fallidas y pillar tres menores peleones ya compensan el madrugón. Y la guinda la ponen la diligencia de la nutria para su desayuno y tres visones a la carrera por la pared rocosa de la otra orilla. Supongo que irían a las rebajas de Noia, a comprarse abrigos de señora.

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