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Como a mis alumnos les venía muy bien un descanso, la Dirección General de Ocios Deleitables me obsequia con un Año Sabático y además Fluvial. Lo del ocio concuerda con lo sabático y lo deleitable anuncia a gritos lo fluvial. Nada menos que un año de vagar libresco para enfouzarme en los nombres de los ríos, en saber, por ejemplo, si el nombre del Miño es el del minio o si alude al curso vacilante en tierras lucenses, o las pesqueras de salmón y lamprea desde Salvaterra y Monção para arriba, o un curso plácido en la gloria de bajar desde Salvaterra a Caminha. Son demasiadas opciones etimológicas, pero al Miño le ocurre lo mismo que, según el trovador, le ocurre al mar, que en él cabe todo cuanto allí quiere caber. El Miño aguanta impávido un Diccionario Etimológico y cuatro Congresos de Onomástica. Aguanta menos o muy poco tanto embalse, tanto purín, tanta basura de ribereños desaprensivos, pero ahí sigue, rozagante padre y señor de Galicia. Dije y repito que el único reparo que se puede poner a algunos lugares de Galicia es que estén un tanto apartados del Miño. Año Sabático y Fluvial, órdago del Año Santo y Jacobeo, pues no es casualidad que el apóstol Santiago fuera pescador y es de sentido común teológico que la pesca milagrosa fue de truchas, pues no valdría la pena ni tendría repajolera gracia un milagro con fanecas. O sí la tendría, pero sería el milagro de convertirlas en truchas, redimirlas y asomarlas a la dignidad que ni se sospechaban. Año Sabático y Fluvial que, si los libros no se me mojasen, me pasaría en el Tambre con el agua al cuello luciendo un traje de neopreno que para sí quisiera la Naomí en la pasarela Cibeles.
El inventario de ríos
me obligó a partir en cuatro el mapa de Galicia. Los resultados no
pueden ser casualidad y quiero darles el relieve que tienen: en
primer lugar, el punto exacto de encuentro del corte vertical con el
horizontal, es decir, el mismísimo cerne del centro cae en el Faro
de Chantada, lo cual pone de relieve sin discusión el centrismo del
PP, al menos a efectos de romería. En segundo lugar la partición
remodela las cuatro provincias con un tino que tampoco puede ser
casual: las provincias de Romay y de Cuíña pierden terreno y lo
ceden a las de Cacharro y de Baltar. Azar, providencia, lógica,
chiripa ...: diga cada cual lo que le pete, pero quede constancia de
que es Cuíña quien más pierde y Cacharro quien más gana cuando
Galicia se cuartea. Bueno, Galicia no, sólo su mapa. |