EL CERO Y EL INFINITO

Juan J. MORALEJO
Licenciado en Truchología, Universidad del Deva
Doctorado en Reología, Universidad del Tambre
Académico Correspondiente de la
Real Academia de Truchografía y Reoscopia de Leningrado
Medalla de Paciencia y Cero de Honor
en Teoría Básica del Salmón

Para Miguel Piñeiro, con todo el mucho afecto que dan moscas y cucharillas...

Del cero al infinito, o del cero al infinito, la distancia es cero o es infinito porque te es una distancia que, como el reloj del vasco, “tiene días”. Decía hace veinticinco siglos un poeta griego, Píndaro, que somos una PM... ¡bueno! él lo decía más fino, decía que somos tan poco, tan nada como “sueño de una sombra”, pero también dejaba abierta la puerta a que los dioses nos visitasen con sus favores para que nuestra puñetera y arrastrada vida se elevase por encima de lo guay del Paraguay, que es el novamás del viento en popa. Y el caso es que estás en cero, partes de cero, y barruntas y sospechas que el día D, a la hora H o a cualquier otra hora, vas a palpar, sentir, vivir el infinito y hasta los dioses van a rendirse a la evidencia de que no podrías molar más, ni siquiera con DNI de Bilbao.

Decían en meteogalicia.es que para Santiago el 19 de mayo el orto del astro rey, vulgarmente salida del sol, era a las 5:07 solares, es decir, que a las 6:07 a.m. ya se podía estar en el Venezuela del coto Ximonde, río Ulla, probándole la voluntad a los reos y dando aviso a los salmones de que no habíamos madrugado en balde. En una palabra, teníamos sensaciones e intenciones de infinito.

Me acuso de impaciente, desmedido, incontinente... porque hice mi primer lance a las 6:05 a.m., con dos minutos de adelanto sobre el horario previsto, pero ¡ojo! la culpa no fue mía, sino del amigo Louzao, propietario de la finca que hay que recorrer desde el coche, junto al puente del Liñares, hasta la postura; es que Louzao este año ha peinado y trabajado tan bien, tan bien, tan bien su magnífico leirón que se anda mejor y más cómodo y se llega con dos minutos de margen para hacerle el ¡tararí tararí! a la reglamentación vigente, un tararí que siempre que no dañe o amenace lo natural, lo de todos... no deja de tener y dar su gustirrinín.

Y dirá algún ecotalibán, también conocido en sánscrito por fluviocoñazo: ¿Y si te hubiera picado un reo a las 6:06, en tiempo ilegal, qué hubieras hecho, tío? Y voy y respondo: lo hubiera dejado ir en paz e instituiría un fondo BRT, es decir, de Becas para Reos Tempraneros, para que hagan un máster de relojería de precisión y no incurran en desacato a la Xunta por picar antes de la hora. Y, si el ecotalibán o fluviocoñazo no me cree e insiste en preguntar que haría yo con un reo que me pique un minuto antes de la hora legal, solamente me quedaría preguntarle dónde está ese río en que a mí ¡precisamente a mí! me picarán los reos con un minuto de adelanto sobre el horario previsto. Porque de los que pican tres meses más tarde e incluso dos temporadas después de lo previsto puedo hasta hacer mapa y dar bibliografía.

Y lo importante del asunto es que mi milagroso milagro de tener un Ximonde para un 19 de mayo se me redondeaba con la compañía, ya desde las 6:07 a.m. del Duque do Sar, adlátere, coadyuvante, cómplice, animador, catalizador y, como ahora dicen, siareiro de que yo pasase del cero al infinito. Debo decir que ante nuestros ojos se estrelló contra la superficie terrestre e incluso la fluvial no menos de media docena de grajos a los que el termómetro, apenas 2º, hacía volar excesivamente bajos para las fechas en que andamos. Este era uno de los factores para que yo valorarse la presencia de Miguel; había otro factor ya no tan desinteresado y era que, si él acababa de ganar el Concurso del Ulla 2009, podría ocurrir que felicidad y éxito fueran contagiosos, porque lo que es de contagiar mierda y miserias vamos hartos y ya sin novedad posible.

Amanecía poco a poco, Venezuela era un concierto de percusión para salmón y reo sobre la superficie del agua, la orgía de baños y saltos era espectacular y de buen presagio, si es todavía hay alguien que se atreva a presagios con la petaduras de estos individuos. En efecto, te dicen los guardas, los del día anterior, los mirones para cuando les toque coto, etc. que Ximonde está petado de salmones y tú piensas que de estar petado el coto a que les pete a sus inquilinos hay más kilómetros que del cero al infinito.

Y hete aquí que sobre las ocho y pico mañaneras un cucharillazo feliz me trae a los pies una hermosura que podría andar por el kilo y medio muy largo, pero tanta era la hermosura que con un par de furibundos brincos se libró de la cucharilla cuando la sacadera era ya más real e inmediata que la crisis en que andamos. ¡Adiós reo y vamos a suponer que sea anuncio de mejores lances...

Pero el Ulla entró en letargo sin más novedad que una hermosísima nidada de siete patos a medio crecer que Miguel apartó (¡apartó pacíficamente, benévolamente, ecológicamente, amorosamente...!) de la orilla y me alegraron la mañana.

Dos horas después tuve un largo y mudo diálogo con una ardilla, muy segura en su carballo, y el catálogo de seres animados se cierra con la presencia amable de la guardería y de un colega que resultó tener menos paciencia que yo, pues a las cinco de la tarde picó billete para A Coruña ¡En fin, que se perdió el salmón de las 17,30, el de las 17,53, el de las 18,20...!

El de las 18,20: estaba yo en O Penedo y lanzando mi cucharilla, plata del 4, a cachear la caída de los muchos brizos hasta que entrase al centro del tiro de agua e iniciase el giro de vuelta a casa; y el cacheo estaba haciéndolo con ejemplar cuidado de no embarrancar cucharillas en la traidora piedra del centro de la corriente... ¡Y hete aquí que los dioses se acuerdan de mí y deciden llevarme del cero al infinito porque ahí está, ya a mi izquierda y en medio y medio del tiro de agua, la picada a tope, el carrete que ha de ceder sedal, el brinco del bicho que me permite encajarlo a ojo en el standard de 4-5 kg, 70 cm –quizá 4,700 kg. y 74 cm, nada más que por joder a Miguel.

El bicho salta y corre hacia arriba pidiéndole sedal al carrete, pero vuelve hacia abajo –yo impertérrito en el puente de mando- y al repasar el lugar en que había picado da otro brinco fuera del agua y se hunde río abajo... y le pierdo la cobertura... Un minuto escaso, pero un minuto de aquellos que valían por una eternidad cuando nos predicaban sobre las penas del infierno... Me comentaba hoy un amigo que peor hubiera sido perderlo tras 15 o 20 minutos de trajín, cuando ya estabas en empeño y presunción de que era tuyo...

Y ahí empezó a declinar un día hermoso, que me hará época. Un día tan hermoso que sólo le faltó que o reo, o salmón, o ambos, pasasen a ser de mi incumbencia plena. Ya ven qué fácil resulta ir del cero al infinito, palparlo y volver al cero. Y no diré que fue tanta mi desdicha que me quedé bajo cero porque podría sonar a atenuante o disculpa: por debajo de este cero de reo y salmón al alimón no hay nada que medir o graduar: el cero es el cero, y lo de bajo cero es de cínicos y cobardes que no quieren reconocer su cero, cero como Dios manda, cero absoluto.

Absoluto, sí, pero redimible. Permanezcan atentos a la pantalla porque enseguida volveremos con lances y vivencias que jamás ojo humano vio, jamás oído humano oyó... Y es que un servidor, puesto a lances y a vivencias, soy la leche...

Santiago, 20 de mayo de 2009

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