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Oficiaba yo por la
margen izquierda del Tambre y ellas se me mostraban proclives y propensas,
pero en la margen derecha un colega no rascaba bola y llegué yo a pensar
que la diferencia pudiera deberse a pescar yo en la margen de Zapatero y
haberse quedado el colega en la de Aznar, pero cambié de opinión cuando la
paz fluvial se vino abajo con un piticlín-piticlín obsceno y que hizo
callar el rechouchío de los pájaros, quizá temerosos de que fuese nuncio
de un depredador desconocido. Pero era un depredador ya habitual en medio
urbano, era un móvil y el piticlín y la cháchara se repitieron tantas
veces como para sospechar que mi colega era alguien en Wall Street.
Entonces hasta me recochineé en que mis señoras, las truchas, gente de
buen gusto, pasen del que va al Tambre a ocupar la oreja y la sinhueso y
dejar en stand-by la caña y la cucharilla, pero sean obsequiosas
con quienes ponemos alma, corazón y vida en ser de ellas y que ellas sean
nuestras. Pero me llevé un correctivo que ni el AVE, una enmienda a la
totalidad de mi ruindad mental, pues mi colega, nada más cerrar una
cháchara, se pescó una mangallona que, a ojo de orilla a orilla, no pesaba
menos de kilo y medio. Parece que se descarta que el móvil espante a las
truchas, pero está muy lejos de probado que una mañana de móvil tenga
remate natural en un truchón. Y no seré yo el interesado en probarlo.
Y a lo peor ocurre que el móvil y sus ondas son como el trobisco, la coca
y otras plantas y mañas estupefacientes con que tantos y tantos furtivos
hijos de su madre saben atontar a las truchas y ponerlas panza arriba. Si
es así, habrá que tomar medidas y extender la sospecha de que a mis
señoras las atonte un bombardeo de mensajes de los que se estilan. Vaya
usted a saber si mi colega no se pasó la mañana mensajeando lo de “¡hola!,
estoy aquí y voy para ahí” hasta que aquel kilo y medio de gloria no pudo
más y se suicidó.
Ahora barruntan los doctores que los móviles son de alto riesgo para los
testículos. Pocos, ruines y torpes espermatozoides, si les arrimas el
móvil. Dicen que no asoman o emigran porque las ondas electromagnéticas no
les molan, pero yo vuelvo a la sospecha de que lo malo no son las ondas,
sino que los espermatozoides captan y entienden los mensajes y deciden
escapar al chaparrón de tocomochos de si sabes de qué color era el caballo
blanco del Apóstol, mándanos un euro en forma de mensaje.
Según un doctor húngaro el uso prolongado de los móviles tiene
consecuencias negativas en la espermatogénesis y, por tanto, en la
fertilidad, pero hay un grado más de abuso que el doctor no considera y es
el de estar tan ocupado con el móvil que no tienes tiempo para otra cosa y
te sobran espermatozoides, pero se te aburren y pasan de fecha. Con
móviles de tarifa plana para mensajes, chat, imagen, internet, pelis,
play-station y clips de Bisbal y toda la basca está asegurada la castidad
juvenil por la que tanto lucharon los ejercicios espirituales de mi
juventud. |