TRUCHA AL PENTAGRAMA

Juan J. MORALEJO
Licenciado en Truchología, Universidad del Deva
Doctorado en Reología, Universidad del Tambre
Académico Correspondiente de la
Real Academia de Truchografía y Reoscopia de Leningrado
Medalla de Paciencia y Cero de Honor
en Teoría Básica del Salmón

Un poquitín de cultura musical no nos viene mal, aunque sólo sea para saber que hay vida más allá del “crusaíto” y el “robocó”. Una trucha al pentagrama es lo que hoy os ofrezco y con el perejil de la erudición que no alimenta, pero tampoco indigesta. Espero que a partir de hoy tengáis el gusto y la precaución de iros al río con las Obras Completas de .................... (Nota.- El lector rellenará la línea de puntos con el nombre de su autor preferido) para no estar papando moscas cuando son las truchas las que no quieren papar las que vosotros les ofrecéis. Y al final de la temporada montamos un Ateneo en el Tambre, una Ciudad de la Cultura en el Ulla, una Academia en el Eo... e intercambiamos metáforas y estrambotes como antes nos regalábamos riscos y nos contábamos lo poquito que nos faltó para encestar aquella virguería con pintas...
Al grano: del s. XVIII es un poeta apellidado Schubart que, vista su biografía, sólo le faltó pescar con grampín al muy pájaro porque 1) le dijo a su padres que se iba a estudiar Teología, pero 2) lo devolvieron a casa porque era un crápula del nueve largo y 3) cuando resultó que sabía tocar el órgano, no quedó muy claro qué órgano tocaba mejor y a quién, por lo cual perdió su empleo por blasfemo y faltón y 4) acabó preso por darle caña a los jesuítas y 5) redondeó su mala vida con un himno pomposo y lametón al baranda que lo sacó de la cárcel.
Bueno, pues el caso es que Schubart, con A, es autor de “La trucha”, poema al que puso música Schubert, con E, un músico guay que hoy viviría de PM con sólo los derechos de autor del “Ave Maria” en bodas y primeras comuniones. Hubiera hecho mucho más y mucho mejor, si un sifilazo no lo hubiese apuntillado con sólo 31 años. De la música de “La Trucha” de Schubert ya tengo contado que la silbé por las orillas del Deva y asomaron todas la oreja, embobaron y las pasé al cesto. Alguno de los que les conté la historia no quisieron creérmela y creo que hicieron bien.
Nada nuevo bajo el sol, verán mis cofrades de caña y vicio en cuanto les diga lo que Schubart / Schubert nos cuentan de una trucha honrada y un aprovechado del s. XVIII: estaba el poeta al borde un claro arroyo y ante él, rauda como una flecha, pasó la graciosa trucha; el poeta, descansado en la orilla, disfrutaba el baño de la pintona en el cristal del agua y hete aquí que un pescador se acerca y pone sus ojos y su sangre fría en la trucha y su baño, pero piensa el muy ladino que con aquellas aguas claras perderá el tiempo en intentar pescarla, enloda el arroyo aguas arriba y ¡hale hop! antes de que el poeta se dé cuenta, ya está la trucha en la punta de la caña.
Moraleja: el censo de cabritos y de cabrones está por encima de los siglos y durará por los siglos de los siglos. Amén.
A Schubart / Schubert les debemos otra musiquilla en la que, en cambio, el pescador renuncia a pescar la pastora que está en el puente. Fue prudente y se evitó el corte de mangas que al salido del Marqués de Santillana le dio la vaquera de La Finojosa en aquella “serranilla” de mis bachilleratos ya prehistóricos.

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