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En milimétrica consonancia con la solemne inauguración
del curso escolar por las autoridades académicas, procedí yo a la solemnísima
clausura del curso en el Tambre, pues por un tiempo lo necesario debe
ocuparle el sitio a lo importante y la Ley de Incompatibilidades no me
permite dos dedicaciones a tiempo completo. Hasta mayo toca dedicarse a
que l@s alumn@s le entren al árido acusativo y al ascético aoristo con
el mismo celo voraz, pero mejor provecho digestivo a medio y largo plazo,
con que los reos –troitas mariscas o maresas-
se engullían el apetitoso rapala o calentaban los peteiros papando
moscas.
Aprovechando que no soy jesuíta, me
permití llevarle la contraria a San Ignacio e hice mudanza en tiempo de
aflicción. ¿Qué tiempo de aflicción? El de empapuzarme de belleza las
retinas en uno de los ríos más guais de Galicia, el Eume, pero por cinco
veces quedarme a las puertas de los 30 cm que el reo debe medir para
acabar entre dos salsas. Y con un ojo lloré por el abandono de tanta
belleza, mientras el otro se me alegraba con el Tambre bravío y granítico,
ya casi ría. Y en el Tambre me visitó el favor divino y una voz de lo
alto me dijo que la mudanza no viene mal de vez en cuando.
Por allá andaban los viejos amigos Miguel Piñeiro y Pepe Casal, expertos
en el reo y, sobre todo, amables en el consejo de técnicas y horas, además
de facilitarme las moscas a las que ningún reo sensato podría
resistirse. Y también Saborido y otros guardas, atentos a hacerme conocer
posturas y lances que resultaron de éxito: ¡lance ahí!, pillo uno de
casi un kilo y se me pone cara de Caudillo. En tres visitas me pillé
cinco reos, tasa que supera en cinco el número de reos a que debe aspirar
un servidor. Por eso dije que me visitó el favor divino. Hay Providencia.
Todavía somoS alguien, decía mi abuela.
¿Sabían ustedes que una trucha se
hace reo si pasa por un proceso que se llama nada menos que “esmoltificación”?
La esmoltificación es en los ríos un proceso como la beatificación en
Roma para premiar a los que fueron buenos y van al cielo, mientras los
regulares no pasan de Melilla. A una trucha con méritos para la
esmoltificación/beatificación la hacen reo y le dan un vale para viajar
por el Atlántico para asalmonarse y hacerse un hombre y volver al río a
comerme el rapala. Pero, por muy bien que se haya portado, el reo nunca
alcanzará la canonización porque en el río los santos nacen, no se
hacen, y se llaman salmones.
Antes se creía que la esmoltificación era algo así como la recalificación
de terrenos que se ve por ahí adelante, pero no por aquí, entre nosotros
¡faltaría más, vade retro!: una trucha del montón, sujeta a ley y
reglamento generales en el baremo para ascenso a reo, pero es amiga del
alcalde del pozo o tiene unos cuantos colegas de concejales en la
corriente y ¡hale hop! ya tenemos reo. Esta tesis está superada porque
supondría que Tambre, Eume, Sor, Lambre, etc. son un atiborre de pícaros
y trepas.
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