EN LAS RIBERAS DEL SAR

Poesía lírica del cagallón

Juan J. MORALEJO
Licenciado en Truchología, Universidad del Deva
Doctorado en Reología, Universidad del Tambre
Académico Correspondiente de la
Real Academia de Truchografía y Reoscopia de Leningrado
Medalla de Paciencia y Cero de Honor
en Teoría Básica del Salmón

 

El pasado sábado, 3 de marzo de 2012, decidí aprovechar la bonanza vespertina con un paseo yendo a cortarme las ingles, que es la forma discreta de decir, sin publicidad ni propaganda, que me iba hasta El Corte Inglés. Salgo de casa con sol y fresco agradable, supero enseguida un par de calles cutres del Estreche, pues cuesta abajo hasta la mierda corre, como siglos ha que bien reconoció Aristóteles y corroboró Lavoisier, y en cuanto cruce el Sar, río de tradición poética donde los haya, me espera la remontada por un hermoso parque con césped verde que te quiero verde sobre el cual tales y cuales árboles madrugan primavera de flores bellas sin disculpa: en fin, una amena caminata por delante.
Pero ¡ay!... ¡¡aay!!... ¡¡¡aaay!!!... ¿Qué hay?... Pues te hay mierda pura y dura, el río, ya afligido por la sequía, tiene ese color repulsivo y de inmediato diagnóstico al que tan acostumbrados nos tienen tantos y tantos gallegos que, con el permiso de la autoridad incompetente, ejercen uno de sus sueños máximos, a saber, cagar de campo; el otro, y tantas veces tristemente complementario del primero, es edificar en la cuneta. Creo que baja el Sar no apto ni siquiera para virus.
Y toca volver y lo hago por la calle y al volver a cruzar el Sar me doy de narices ¡nunca mejor dicho! con el foco enmierdante, con un ominoso, guarrísimo tubo gordo –digamos que con un dos-pi-erre que me viene a resultar curiosamente de 3,14, pi-, un obsceno tubo que vomita mierda; de él para arriba el Sar está discretamente limpio, de él para abajo el Sar es una puñetera y triste mierda.
El tubo de las narices es de un grupo de Viviendas Protegidas, año 1955: los vivientes protegidos llevan más de medio siglo cagando de campo a costa de un río desprotegido y agonizante. Son viviendas de cuando la Revolución Pendiente –do you remember, neno?- y resulta que de la revolución nada queda, pero sigue pendiente, jodidamente pendiente, lo de llevar la mierda por donde y como es debido. Los ilustres munícipes harán el favor de tomarme nota de este foco de mierda, que seguramente no será el único ni el peor en una ciudad en cuyo casco y arrabales hay millenta ejemplos de política urbanística o de su ausencia para dar gusto al placer metafísico y étnico que ya dije antes: el placer de cagar de campo, pues el homo gallaicus acutus sabe bien que “ben do común, ben de ningún”, “o río é noso”, “o río atura todo” y otras quisicosas por el estilo, todas en lo peor de la desaprensión y de la zorrería medioambiental.
Bueno, pues eso es todo. El Sar, río poético donde los haya, al que sus vecinos intestinales y las autoridad incompetentes cerebrales le escriben ese poema del cagallón que ayer se abría paso por el césped y las flores.

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