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Nos tocaba pescar el río Órbigo, en el Escenario
Deportivo-Social de Santa Marina. Nuestro guía, José
Ramón nos condujo a la popular Tabla de Benavides donde
los “barcos” de varios kilos se hicieron la estatua ante
nuestros señuelos. Lástima de colector vertiendo
directamente al río aunque las autoridades pusieron el
2008 como tope para el saneamiento del río.
Javi y Leo, aconsejados por José Ramón, iban peinando
los surcos que los brizos –me resisto a llamarle ocas-
iban habilitando. Lance tras lance, las pintonas iban
subiendo a las moscas y sucumbiendo a la maestría de mis
dos compañeros de pesca. Como si la cosa no fuera
conmigo yo iba tocando escama a mi bola disfrutando de
sus lances más que de los míos. Mal suponía que lo mejor
llegaría horas después.
Cerca de las cuatro de la tarde decidimos hacer un alto
para almorzar, descansar y recuperar fuerzas.
Comimos en una terraza de Hospital de Órbigo, cerca del
majestuoso puente. Las jarras de cerveza bajaban con la
misma velocidad que las truchas picaran en la jornada
matinal.
José Ramón nos indicó que el excesivo calor nos traería
una mala tarde de pesca. Consultamos el programa y nos
facultaron para habilitar un programa propio alternativo
al oficial. Sin duda, la mejor idea que se nos podía
haber ocurrido.
Tomamos el asunto con la calma propia que el calor
obligaba. Después de la comida, tiempo para el café, la
copa y la oportuna partida de mus. A decir verdad Leo y
yo, previamente, no presumiríamos muchas posibilidades a
Javi y José Ramón, más bien pocas, pero la verdad es que
ganaron, por la mínima pero ganaron. La partida, todo
hay que decirlo, fue muy entretenida y reñida.
Caían las siete de la tarde cuando bajamos de nuevo
al río. José Ramón nos llevó al límite inferior del
tramo. Cuando empezamos a pescar, el sol ya casi no
picaba el agua y empezaba a verse mucha actividad.
Tiene esta zona tres Puertos que habilitan unas
tablas inmejorables para la pesca. Desde el pozo del
límite inferior, donde la cascada concentra muchas
truchas, empecé a subir mientras ellos machacaban el
puerto superior, aguas arriba.
Al igual que en el Porma, a cada lance le sucedía
una clavada que podría arrojar un simple toque, una
suelta o el cobro de la pieza. Los pequeños remansos
y corrientes de las orillas, las zonas más próximas
a los brizos (medio cauce lleno de ellos), el
refugio de las piedras… ¡es que había truchas en
todas partes! Hasta poniendo mal el señuelo se veían
varias truchas detrás. ¡Qué gozada de pescata!
Estaba claro que habíamos acertado con el horario,
la decisión había sido todo un éxito. Y no se trata
de hablar de cientos de truchas ni de docenas, ni de
unas pocas, eso es lo de menos, pero si algún lector
tiene duda o curiosidad que piense en una cifra
insultante, de vértigo, fantasmal o de vergüenza y
se aproximará (seguro que por lo bajo) a la
verdadera cifra de truchas que pescamos. |