“Paciencia, humildad y otras virtudes para la pesca”

Por Paula Vilariño, Periodista de El Progreso de Lugo

Que la paciencia es la madre de la ciencia es parte de la sabiduría popular, pero que también lo es de la pesca, lo sabemos tan sólo quienes nos lanzamos por primera vez a un río pensando que coger una caña y capturar un pez tiene poco de técnica y menos de dificultad. Pues bien, mis primeros contactos con el arte de pescar me han convencido de que encontrar una aguja en un pajar puede resultar más sencillo que engañar a un salmónido. Esto es lo primero que debe tener claro un pescador novel si quiere disfrutar de una jornada de pesca y sumergirse en un mundo complicado, a la par que apasionante.
Siguiendo mi propio consejo, me adentré por primera vez en un río convencida de que pescar alguna pieza, aún siendo un gran reto, no podía ser una prioridad para alguien que nunca se había interesado por saber lo que era una mosca en una conversación entre pescadores. Para un profano en la materia, descubrir los diferentes tipos de señuelos que existen puede resultar verdaderamente asombroso, tanto por su variedad, como por sus diferentes usos. Desde cucharillas de distintos pesos y tamaños para todo tipo de aguas, hasta rapalas de numerosos colores, por no hablar de las moscas, verdaderas piezas de artesanía.
Otra de las cosas que aprendí es que uno no puede irse a pescar como quien se va de paseo. Un día en el río puede deparar también desagradables sorpresas. La corriente arrastra, las piedras resbalan, y el sol, cuando sale, abrasa. Con este panorama, unas gafas de sol y un buen protector solar se convierten en aliados imprescindibles para el pescador, además del sentido común. Tres pasos dentro del río me bastaron para darme cuenta de que la superficie del agua no refleja la verdadera fuerza del cauce fluvial. Supe entonces que vadear también tiene su técnica, y que adentrarse en el río de lado y franquearlo a favor de la corriente puede facilitar mucho las cosas. También sé, y también por experiencia propia, el dolor que provoca un anzuelo clavado en un dedo, por lo que conviene no perderlos de vista en ningún momento.
Armado de paciencia, de material y de algunas medidas de seguridad, uno ya puede empezar a disfrutar de la pesca. Llegados a este punto, lo fundamental es ser humilde. Aunque pensemos lo contrario, los peces no están en inferioridad de condiciones, tienen inteligencia, y en algunas ocasiones ponen en duda la del pescador. Las truchas son hábiles y conocen el río, lo que ya de entrada exige una destreza considerable por parte del cañista. Además, la naturaleza es imprevisible y siempre puede sorprender al más erudito. Me viene aquí a la mente la frase del filósofo griego Heráclito: “no se puede descender dos veces por el mismo río, pues cuando desciendo el río por segunda vez, ni yo ni el río somos los mismos”. Gran verdad.
Personalmente, he pescado poco, pero me he ennoblecido mucho. He tenido la suerte (quizá por rodearme de buenas y sabias compañías), de experimentar la pesca sin muerte. Sí, esa extraña afición, pensaba yo, de pescar una trucha para luego devolverla al río. He visto de cerca la expresión de un pez al ser introducido de nuevo en el agua, tras pelear con un anzuelo, y he cambiado de opinión. También he comprendido que el primer beneficiario de esta modalidad no son los peces, sino los pescadores, ya que de este modo, los ejemplares pueden volver a frezar y repoblar el río de forma natural, frenando así el descenso de las poblaciones autóctonas y contribuyendo a mantener una naturaleza que muchos, erróneamente, creen inagotable.
A todos aquellos que nunca han ido de pesca les aconsejo que prueben la experiencia y se olviden del viejo tópico del pescador aburrido pasando horas muertas a la orilla de algún río. Vaya a pescar y devuelva los peces al río, o lléveselos, pero haga lo que haga sea educado con ellos, no se olvide de que está usted en su casa.

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