|
Que la paciencia es la madre de la ciencia es parte de la sabiduría
popular, pero que también lo
es de la pesca, lo sabemos tan sólo quienes nos
lanzamos por primera vez a un río pensando que coger una caña y capturar
un pez tiene poco de técnica y menos de dificultad. Pues bien, mis
primeros contactos con el arte de pescar me han convencido de que
encontrar una aguja en un pajar puede resultar más sencillo que engañar
a un salmónido. Esto es lo primero que debe tener claro un pescador
novel si quiere disfrutar de una jornada de pesca y sumergirse en un
mundo complicado, a la par que apasionante.
Siguiendo mi propio consejo, me adentré por primera vez en un río
convencida de que pescar alguna pieza, aún siendo un gran reto, no podía
ser una prioridad para alguien que nunca se había interesado por saber
lo que era una mosca en una conversación entre pescadores. Para un
profano en la materia, descubrir los diferentes tipos de señuelos que
existen puede resultar verdaderamente asombroso, tanto por su variedad,
como por sus diferentes usos. Desde cucharillas de distintos pesos y
tamaños para todo tipo de aguas, hasta rapalas de numerosos colores, por
no hablar de las moscas, verdaderas piezas de artesanía.
Otra de las cosas que aprendí es que uno no puede irse a pescar como
quien se va de paseo. Un día en el río puede deparar también
desagradables sorpresas. La corriente arrastra, las piedras resbalan, y
el sol, cuando sale, abrasa. Con este panorama, unas gafas de sol y un
buen protector solar se convierten en aliados imprescindibles para el
pescador, además del sentido común. Tres pasos dentro del río me
bastaron para darme cuenta de que la superficie del agua no refleja la
verdadera fuerza del cauce fluvial. Supe entonces que vadear también
tiene su técnica, y que adentrarse en el río de lado y franquearlo a
favor de la corriente puede facilitar mucho las cosas. También sé, y
también por experiencia propia, el dolor que provoca un anzuelo clavado
en un dedo, por lo que conviene no perderlos de vista en ningún momento.
Armado de paciencia, de material y de algunas medidas de seguridad, uno
ya puede empezar a disfrutar de la pesca. Llegados a este punto, lo
fundamental es ser humilde. Aunque pensemos lo contrario, los peces no
están en inferioridad de condiciones, tienen inteligencia, y en algunas
ocasiones ponen en duda la del pescador. Las truchas son hábiles y
conocen el río, lo que ya de entrada exige una destreza considerable por
parte del cañista. Además, la naturaleza es imprevisible y siempre puede
sorprender al más erudito. Me viene aquí a la mente la frase del
filósofo griego Heráclito: “no se puede descender dos veces por el mismo
río, pues cuando desciendo el río por segunda vez, ni yo ni el río somos
los mismos”. Gran verdad.
Personalmente, he pescado poco, pero me he ennoblecido mucho. He tenido
la suerte (quizá por rodearme de buenas y sabias compañías), de
experimentar la pesca sin muerte. Sí, esa extraña afición, pensaba yo,
de pescar una trucha para luego devolverla al río. He visto de cerca la
expresión de un pez al ser introducido de nuevo en el agua, tras pelear
con un anzuelo, y he cambiado de opinión. También he comprendido que el
primer beneficiario de esta modalidad no son los peces, sino los
pescadores, ya que de este modo, los ejemplares pueden volver a frezar y
repoblar el río de forma natural, frenando así el descenso de las
poblaciones autóctonas y contribuyendo a mantener una naturaleza que
muchos, erróneamente, creen inagotable.
A todos aquellos que nunca han ido de pesca les aconsejo que prueben la
experiencia y se olviden del viejo tópico del pescador aburrido pasando
horas muertas a la orilla de algún río. Vaya a pescar y devuelva los
peces al río, o lléveselos, pero haga lo que haga sea educado con ellos,
no se olvide de que está usted en su casa. |