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El impulso de teclear y
teclear no debiera surgir, al menos por norma, de una idea preconcebida
o moldeada. Apuesto por el relato que surge de la nada, el que empieza
sin más, hilando, dando vueltas de manilla...
Unas veces, en las fuertes corrientes de inspiración literaria,
teclearemos frenéticamente, otras veces, en los apacibles remansos por
los que en ocasiones, emulan las musas a los grandes salmones que
remontan nuestros queridos ríos, teclearemos más despacio.
Tal vez influya el estado de ánimo en el pescador de letras, como en el
de caña y cesta, y aunque debiera el de letras, cuidarse de no reflejar
en las aguas literarias el suyo, su estado de ánimo quiero decir, hoy me
atreveré a reflejar el mío.
Ha merecido la pena, sin lugar a dudas, participar el fin de semana en
el concurso de Salmón que cada año desde siempre, viene celebrándose por
aguas del papá Ulla... Enumeraré aquí, en este relato que surge de la
nada y como un pez en las aguas del recuerdo, algunos de los motivos por
los que ha valido la pena “pescar” el pasado fin de semana.
Obviaremos las capturas y guardaremos en la caja de lata del recuerdo,
el reencuentro con las viejas glorias del Ulla y con los de ahora, la
amabilidad y la elegancia de casi todos, la alegría de ver a un viejo
lobo de río, Emilio Latorre, grande con la mosca y amigo ya de viejo,
mirarme con sus ojos azul Cares y con la mano sobre mi hombro, darme
unas gracias tan sinceras, como la más potente de las picadas sobre la
más frágil de las moscas. Gracias, me dijo, tú creación que ahora es mi
mosca, ha pescado Salmón en el agro, que ahora se llama la playa, y hoy
me ha hecho feliz, muy feliz.
La elegancia con la que recibí en un minuto seis carretes, cuando
anuncié que mi viejo mitchell acababa de pasar a mejor vida, al
partírsele de cuajo la aguja tras el primer lance en la "Corriente
Fuerte", que años después, se rebautizó como "Corriente de Reboredo".
Oír una vez más, durante una comida más, del amigo Muleiro, al que
llaman Jaime Afteca, aquellas historias de salmones, que si cabe, al
pasar de los años, recogen más pasión en el que las cuenta.
Ver un trío de reyes cebarse sobre la tabla del "Trillo", que ahora se
llama, a cuento de no sé que y de no sé quien, "El vedado de Ximonde".
También me ha sido grato en un ocho de Mayo, empuñar caña de mosca, y
con la calma propia de un sereno, enfrentarme al sueño plateado rodando
una preciosa "Laxa Blue", en una "Croeira" tan hermosa como nunca y tan
vacía como siempre, pues mucho me temo, que el espejismo de no hace más
de un año ya ha pasado, o lo que es peor, han hecho que pasara.
Maravilloso, compartir mantel con el maestro Ortega, rey indiscutible de
la caña de diez metros y demás artes que ahora no vienen al caso, con
Pepe Otero, que cierto día hizo doblete de salmones a mosca en el coto
de La Llonga y tuvimos que celebrarlo, con Julio Gallego, no menos
maestro que los anteriores y compañero donde los haya, con Juan Miniño,
al que tanta normativa absurda que ahora prohibe lastrar las moscas de
salmón, ha fastidiado su técnica del balín de copa con “bujero”, con el
ameno amigo Eladio, al que me agrada encontrar cada año a pie de río o a
pie de mesa, con Miguel Piñeiro, duende de la pluma y colega en el
montaje de artificiales, que mostró a los asistentes, como un satélite
es capaz de volar a bajo precio, con Louzao, rey de las riberas de
Ximonde e incondicional de las salmoneras moscas de ese tal Muiños, con
Cesáreo Pardal, abogado de moscas, peces y ríos que arriesgó el primer
puesto del concurso, trayendo consigo a su alumno aventajado, con Luis
Meijide, con el que hablo de becadas en el río y de salmones en las
laderas del otoño, con Ismael Campos, con el que sigo teniendo pendiente
pesar un cupo de reos en el Eume, y con algunos más que me quedarán en
el tintero y que engordan la dilatada historia del Río Ulla, de un Ulla
que, como diría D. Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, "quien te ha
visto y quien te ve y sombra de lo que eras".
De todos modos, hubo más que mantel, conversación y cafés con gotas de
espiritualidad. Ha habido algo, que se ha llevado la palma en cuanto a
merecedor de lugar privilegiado en el estante de recuerdos de todo
pescador de caña y mosca, y ha sido, mi encuentro con Louzao en "El
Estreito" a pocos minutos de finalizar la prueba del domingo.
A un salmón suicida, se le ocurrió cebarse frente al Box de la Fly, y
este, prudente, humilde, se negaba a tirarle con mi caña que aún estaba
armada, diciéndome que bajara yo a echarle. Le metí la caña en la mano y
me senté a mirar, y de paso, que no está de más, a aprender.
La presentación fue inmejorable y la mosca navegó bien, muy bien.
Ya la ha visto, me dijo casi en un susurro y sin despegar la mirada del
agua.
Después de tres pasadas, Louzao se giró y me dijo, ahora tú por favor,
yo ya eché.
No, por Dios...
Si, ahora tú, insistió.
Se sentó en una piedra que allí hay de viejo, y echando hacia atrás su
cabello culto de río y años, me dijo:
“Sin prisas, pescar un salmón con mosca es lo más maravilloso del
mundo”.
La mosca de nuevo navegó sobre lo oculto, que no quiso mostrarse, pero
la magia, un día más estaba servida.
Podrán quitarnos las presas, los tramos libres salmoneros, los mejores
pozos de los cotos, la hora buena del reo... Pero la ilusión, el
compañerismo y la magia... nunca nos serán arrebatados.
Recordad siempre la frase “sin prisas, pescar un salmón con mosca es lo
más maravilloso del mundo”.
Tal vez esa frase, inspiró este relato que me empeño en que surja de
repente, como la cebada de un salmón, de la nada más pura y cotidiana.
A todos los pescadores que habiendo conocido mejores tiempos, siguen
pescando con la mirada encendida y el corazón alegre… Con salmones o sin
ellos. |