Emilio Fernández Román es un orensano que ejerce de gallego en la capital.
Escritor y colaborador de prensa. Es una de las plumas más reconocidas del sector y, sin duda, la más prolífica. Los libros son a Emilio como Emilio es a la pesca.
Nació en Madrid el último día de 1.935, y por diversas circunstancias -su padre era gallego- su primera infancia transcurrió en Galicia, concretamente en Orense y a orillas del río Barbaña. En aquel entonces aún se pescaban anguilas y otros peces pero Emilio era demasiado pequeño para distinguir una trucha.
Residió en Ourense hasta el final de la guerra civil.
Después, inició los estudios de bachillerato en Madrid y posteriormente la carrera, pero los tres meses de verano, normalmente los pasaba en Galicia, bien en Orense o en la playa de Samil en Vigo.
Durante aquel tiempo, pescaba durante el verano, ya que en Madrid resultaba difícil hacerlo, pues no existía en su entorno familiar, ningún aficionado a la pesca.
Emilio Fernández Román es pescador a la vieja usanza; meticuloso en el trabajo técnico, obstinado en la perfección de los lances, disfruta como nadie de las prestaciones de un río y trabaja todas las técnicas adaptándolas específicamente a cada curso.
Su primer contacto con la naturaleza y con la pesca tuvo lugar, obviamente, en Galicia. Su abuela, como era costumbre en aquella época, lavaba la ropa en el río y Emilio todavía recuerda cuando tenía cinco o seis años andar detrás de los peces intentando cogerlos con la mano.

-“No puedo olvidar una tarde en que creí haber cogido uno y fui a enseñárselo a mi abuela, gritando ¡un peixe, un peixe!, cuando abrí la mano apareció una salamandra; recuerdo que mi abuela me lavó la mano con arena para eliminar el veneno que, según ella, la salamandra tenía en la piel”.

Sin acordarse de la forma y manera -qué vagos son los recuerdos- consiguió un verdadero pez que mantuvo vivo en un cubo de agua, colocándolo en una palangana al llegar a casa. Lo que sí aún recuerda es que, aquella noche, se quedó dormido contemplando los giros del animal en cautividad.
La pesca era, en aquellos tiempos, un verdadero milagro; el simple hecho de engañar a un pez y sacarlo del agua parecía algo casi mágico.
Su iniciación en la pesca fue totalmente autodidacta.

-“Me juntaba con otros críos como yo y buscábamos las cañas más rectas en los cañaverales cercanos al río; mis primeros anzuelos estaban hechos con alfileres doblados, los cebos eran lombrices de tierra o gusanos y no recuerdo si con aquel equipo conseguí algún pez, pero puedo asegurar que lo intentaba”.

Emilio recuerda que conseguían más peces utilizando una red, un simple trozo de tela metálica doblada y cosida con un alambre por ambos lados, que manejaban entre dos: uno situaba la red entre las piedras o en un lugar cercano a la orilla y el otro con un palo sacudía el agua haciendo que los peces penetraran en ella.
Otro procedimiento habitual, utilizado tanto en el Barbaña como en un pequeño afluente, consistía en desviar el cauce y dejar sin agua cualquier poza; las capturas conseguidas eran siempre abundantes.
En cuanto al aprendizaje, Emilio considera que aún no ha terminado de aprender ya que cada día que pesca aprende algo nuevo.
Desde sus primeros lances, el camino recorrido por Emilio ha sido largo. Después de aquellos primeros contactos con los peces en el río Barbaña, y ya con más años en el Miño en Ourense, pescaba peixes, anguilas y sábalos. Ya era un chavalote cuando un tío suyo le procuró una caña de bambú enchufable de tres piezas; mediría algo más de cuatro metros y el ingenio se ponía a prueba para acondicionarla: los flotadores los confeccionaba a partir de corchos de botella, de los plomos ni se acuerda, los anzuelos los compraba uno por uno y el cebo que utilizaba con mas frecuencia era el gusano blanco, el “asticot”.
Emilio es un pescador ejerciente convencido, pescador tanto de mar como de río. Comenzó a pescar en el mar más tardíamente cuando tenía unos 20 años, de vacaciones en San Esteban de Pravia en Asturias. Había comprado previamente un equipo especifico para ello: caña de lanzado pesado de bambú refundido de 3 metros, carrete “Sagarra” de tambor fijo, líneas y anzuelos.

-“Los anzuelos para pescar en el mar me parecían todos pequeños, así que recuerdo haber comprado los más grandes que pude encontrar, que no me sirvieron para nada”.

Las capturas habituales eran fanecas, panchos, algún mújel y alguna pequeña lubina, pescaba tanto a fondo como con flotador.
Por aquellas fechas, año 1.955, comenzó a pescar lucios en Santillana, Entrepeñas y Buendía, y, de vez en cuando, truchas con cucharilla o aparejo de moscas; disponía ya de la caña citada anteriormente, así como de una de fibra de vidrio para lanzado de 2,20 metros y un carrete “Mitchell 300”. Este carrete lo tuvo que cambiar tres veces la cesta debido al desgaste y terminó cambiándolo por un 330.
A inicios de los sesenta, por cuestiones de trabajo, estuvo afincado unos años en la costa mediterránea. Se equipó de nuevo para la pesca en el mar.
En la actualidad aún conserva una caña “Spiroverre” de 3 m en fibra de vidrio, así como un carrete “Mitchell 302 salt water” que había adquirido en aquel tiempo.

-“Comencé pescando pequeñas especies en el puerto de Cabo de Palos -herreras, doncellas, sargos y castañuelas- utilizando cebos naturales -lombriz de mar, ermitaños, etc- y allí descubrí la pesca de la lubina.
Una tarde, pescando desde el espigón que delimita uno de los canales de comunicación entre el Mar Mediterráneo y el Mar Menor, al recoger el aparejo, un pez de buen tamaño atacó el cebo y rompió el sedal pero el hecho fue una revelación. Al día siguiente, equipado con una cuchara ondulante pesada, comencé a lanzar en la misma zona consiguiendo dos serviolas en poco mas de una hora. Realmente era la primera vez que contemplaba aquellos peces pero a partir de entonces solo utilizaba la cuchara, posteriormente la pluma y mas tarde el Rapala, consiguiendo cientos de lubinas, serviolas y anchovas en los años que permanecí allí”.

Unos años después, también por cuestiones profesionales, residió un tiempo cerca de Tarragona, donde existía un embalse, Ruidecañas, con una asombrosa población de black bass que pescaba cuando se cerraba la temporada de trucha. Utilizaba rapala y popper. El peso medio de los ejemplares rondaba los dos kg.
Emilio es muy ambiguo a la hora de hablar de lugares habituales de pesca o de su reducto particular.

-“Cualquier lugar con agua susceptible de mantener peces, puede ser un lugar de pesca; después depende de las características.
Actualmente, los años no pasan en balde, prefiero los cauces anchos y cómodos de andar. Durante algún tiempo, uno o dos años, pase las vacaciones en Riaño, antes de hacer el embalse; allí conocí a un excelente pescador francés, Jacques Percepied, que pescaba con mosca seca y fue quien me inició en la misma. Ni que decir tiene que a la vuelta de aquellas vacaciones compré mi primer equipo de pesca con la llamada cola de rata y recuerdo entrenarme en el lanzado en la playa que se encontraba a los pies de casa. He pescado durante casi treinta años, durante el mes de julio, el Deva y el Cares, y también el Deva-Cares, un río de una belleza incomparable, donde había truchas y reos abundantes. Recuerdo que mi primera presa en el Deva fue un reo de más de un kilo capturado con lombriz.
Alternaba la cucharilla con el aparejo de moscas y alguna vez incluso la lombriz; con la mosca seca no me encontraba cómodo en el río, no dominaba todavía el procedimiento y los enganches se sucedían, pero poco a poco fui olvidando los demás procedimientos para utilizar solamente la mosca seca, y al sentir una especie de confianza en la forma de pescar se fueron produciendo las primeras capturas. Y con estas fui mejorando el equipo. Recuerdo haber comprado en Andorra una caña “Parabolic” de ocho pies de bambú refundido y moscas, ya que entonces no las había en España y por pura necesidad comencé a montarlas”.

Cualquier pescador lamenta perder aparejos, romper cañas e ir recomponiendo equipos y materiales ya que algunos son irremplazables. Emilio también lamenta no disponer de ninguno de aquellos modelos, simples y mal hechos, pero que tenían la virtud de engañar a las truchas. El problema se centraba en los materiales que conseguían a través de catálogos ingleses y americanos.
Si primer torno de montaje fue copiado de un catálogo y construido totalmente de artesanía.
Hablando del extranjero, también ha pescado fuera de España en ocasiones. Algunas veces en viajes realizados exclusivamente para pescar y en otros por cuestiones de trabajo; gracias a los primeros practicó la pesca del pez vela en Senegal, corvinas y grandes rayas en Mauritania, truchas en la Patagonia chilena y en el norte de Finlandia, así como salmones en Canadá, concretamente en Labrador.
Sus obligaciones profesionales le han obligado a realizar frecuentes desplazamientos fuera de España que casi siempre aprovechó para pescar. Residió varios años en Oriente Medio, en Irak, pescando barbos y siluros en los ríos Tigris, Eufrates, Gran Zab y Pequeño Zab, así como dorados en Argentina, barramundis y tiburones en Irian Jaya, la zona norte de Papua-Nueva Guinea, y algunas otras especies de las que ya ni se acuerda.
Su opinión sobre la pesca fuera de España es concluyente.

-“Aunque todavía pueden quedar algunos lugares con mayor densidad de peces, los problemas a la hora de pescarlos son los mismos que los que existen dentro de nuestra península”.

Siempre hay una captura o capturas –por calidad o cantidad- que marcan los recuerdos de cualquier pescador.

-“Resulta difícil de precisar, porque cada pez es diferente. He capturado un pez vela de 51 kilogramos con línea de 12 libras luchando con él cerca de una hora y algún reo de poco más de kilo con mosca seca y bajo de 12/100 pero algo que nunca olvidaré fue la captura de una carpa de algo más de 5 kg. En el Embalse de Alarcón, trataba de pescar black bass muy cerca de la superficie y la cucharilla se enganchó en la aleta dorsal del ejemplar; no sabía de qué se trataba porque no había forma de sujetarla”.

Emilio tiene, también, una opinión clara y diáfana sobre el pasado y el futuro de la actividad.

-“La pesca, como cualquier actividad de tiempo libre, aumenta; creo que cada año hay más pescadores, existiendo los mismos ríos y un número menor de peces. Los nuevos pescadores que se incorporan al ejercicio de esta actividad no disponen de la capacidad de establecer comparaciones con tiempos pasados y las historias que pueden oír de las capturas realizadas de sus padres o abuelos, les suenan a exageraciones de simples pescadores.
La pesca ya no es lo que fue. El diálogo simple del hombre frente al agua en el marco de una naturaleza salvaje o una actividad de supervivencia son actos de libertad.
El planteamiento obligado actualmente de la devolución de los peces al agua es una simple mixtificación de la pesca. Creo, desgraciadamente, que la pesca, tal como la conocimos los que tenemos años suficientes, está a punto de terminarse.
El futuro va a consistir en ríos o estanques repoblados donde se pagará en función de lo que se pesque. Algo que ya está sucediendo en algunos países de nuestro entorno”.

Una actividad como esta genera un poder basado en la dualidad económica y social.

-“La pesca, si se cuidara, seria realmente un impulsor de zonas donde no existe otro tipo de industria. Aún recuerdo los tiempos en que en cualquier zona importante de pesca, como pudieron ser Riaño, Cornellana, Panes o León, los pescadores extranjeros, sobre todo franceses, eran una verdadera multitud. Ahora estamos integrados en Europa, y nuestros ríos aun conservan una pequeña parte del capital que tuvieron en tiempos, pero no el suficiente, al menos en lo que a salmónidos se refiere para alentar a viajeros europeos. Estos se decantan en este momento por el siluro y la carpa”.

Emilio Fernández es una de las firmas más reconocidas en el sector. Ha escrito más de mil artículos de prensa, libros sobre pesca y ha traducido otros tantos -alrededor de las dos docenas- y cuando se para a pensarlo no termina de creerlo, ya que cuando le propusieron por primera vez escribir sobre pesca, pensó, de forma bastante ingenua, que el tema no daba para tanto, pero la realidad ha sido diferente.
Todas sus experiencias le han llevado a un análisis de la idiosincrasia de la pesca con sus poderosos fundamentos.

-“La pesca, con independencia de una actividad de ocio, es un mundo aparte que siempre me ha interesado, leyendo bastante de lo que se ha escrito sobre ella y comparando impresiones con otros pescadores, tanto profesionales como deportivos. He conocido a algunos pescadores fuera de serie entre los que puedo citar a Charles Ritz, que prácticamente dedicó toda su vida a mejorar la pesca con mosca; al “Segal” un extraordinario pescador de la ribera del Segre; a Rafael “el sordo” de Torneros de la Valderia y a muchos otros cuyos nombres no puedo recordar.
Entre los profesionales, los dos o tres que aun quedaban en el río Miño hace bastantes años y los pescadores de mar de Cabo de Palos.
Se ha dicho que para que exista una buena amistad, debe establecerse una especie de comunidad de vicios y dos pescadores, cuando se encuentran, tácitamente reconocen sus intereses comunes estableciendo una relación difícil de realizar de cualquier otra forma.
Aparte de todo esto, el simple ejercicio de la pesca, me ha hecho descubrir amaneceres y atardeceres inolvidables al lado del río o en la orilla del mar y lugares insólitos de nuestra geografía que no hubiera tenido la oportunidad de conocer”.