Truchas de oro y Pregón de de A Pontenova

Como todos los años, el día anterior a la Fiesta de la Trucha, el Centro de Iniciativas y Turismo de A Pontenova organizó el acto protocolario de la lectura del Pregón y la entrega de las Insignias de Oro.
Con un auditorio prácticamente lleno, este año el CIT homenajeó a la cuarta directiva de la entidad.
La Trucha de Oro de la XXXVIII edición de la Festa da Troita de A Pontenova, por su aportación al mundo de la pesca, por su trayectoria deportiva y por la consecución del Campeonato del Mundo, se la impuso el Presidente del CIT, Javier Rois, al leonés Pablo Castro.
El CIT nombró Socios de Honor a la Sociedad Amigos do Miño y a la Sociedad Deportiva Rodeo por su solidaridad. También
nombró Socio de Honor al Director del Xornal Trueiro, Alberto Torres quién, a su vez, entregó a Javier Rois y al CIT la Insignia de Xornal Trueiro.
El Pregón corrió a cargo del escritor y pescador Francisco Narla. A la conclusión de la intervención del pregonero, también le fue impuesta la Trucha de Oro de la fiesta
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Pregón Festa da Troita
A Pontenova 2016

Soy escritor. Y soy pescador.
Por eso resultaba inevitable que hoy terminase contando una historia, una de ríos y truchas.
Hace ya un buen puñado de años, no muy lejos de aquí, en un lugar donde en las tabernas se jugaba al dominó y el orujo se servía en vasos verdosos que eran duros como cantos, conocí a un criajo que se crío en un molino.
Era un rapaz hacendado que se levantaba para ordeñar, iba a la escuela y atendía a sus tareas. Pero también era melancólico. Quizá porque su padre vaciaba demasiados de aquellos vasos de orujo de sarmientos. O bien podía ser que lo fuera porque era muy soñador y no tenía amigos. Aunque aquel zagal encontró maneras de luchar contra la morriña que tenía pegada en el alma.
Se hizo un refugio de papel en las páginas de los libros, gracias a los que podía viajar y conocer. Mano a mano, en sus páginas, luchó contra los monstruos de las profundidades en un viaje de miles de leguas, conoció a un principito venido de tierras lejanas, pilotó aviones que disputaron el cielo de Normandía, pescó un enorme pez espada que fue pasto de los tiburones.
Y, además de los libros, puede que incluso gracias a ellos. El zagal también aprendió a escuchar, y a mirar cuando paseaba por las orillas del río donde estaba su molino, porque en las riberas encontraba las huellas del raposo, los rastros del lobo, el trino de los carboneros y la sombra de los carvallos; junto al río encontraba los amigos que no tenía en la escuela y, junto al río, no sentía aquella soledad que tanto le pesaba.
Así fue como uno de esos días se topó con un viejuco arrugado que se refugiaba bajo el cerco de una boina sobada. Un vejancón de manos manchadas y colilla pegada a los labios, con las manos encallecidas por el sacho y el alma comida por el hambre que siguió a la guerra. Caminaba por las piedras de la orilla buscando algún lugar, y además de sus arrugas y su paso baqueteado por los años, el hombre iba armado con el varal de una escoba, un embrollo de tanza y unos cuantos anzuelos.
El chiquillo lo vio hacer y el vejancón, tras echarse al coleto una calada que exterminó medio cigarro, arrancó la hoja de un helecho, hizo un gurruño con ella y la chantó en el extremo de la liña para, sin mediar más que otra calada, hacerlo bailar sobre la superficie del remanso del río que había elegido, como si fuera un saltón que se hubiera caído desde el prado a la corriente.
Lo miraba embobado el zagal, intentando encontrar en su memoria páginas de algún libro que hubiera leído sobre prodigios semejantes, al fin y al cabo, era la suya tierra de meigas y lobisones.
Sin embargo, no tuvo que esperar mucho para ver el resultado de aquel esperpento, porque antes de que media candela hubiera ardido en la capilla del pueblo, una pintona abrió la bocaza y se tragó aquel engaño que las viejas manos hacían bailar con ensalmo aun pese al reuma.
El pez, herido, luchó esparciendo rosarios hechos de agua, y el vejancón lo dejó hacer, aferrado al varal de su escoba y confiando en aquel embrollo de tanza que llevaba.
La sacó del río. Con el lomo oscuro y brillante, como la madera de nogal bien aceitada, y las pencas reluciendo al sol. Y al muchacho le pareció tan prodigiosa que supo al instante que, cuando lo contase, contaría también su primera mentira de pescador, porque en cada ocasión que encontrara quien lo escuchase, la trucha medraría una pulgada.
Sin embargo, el vejancón no se mostró impresionado, solo la desanzueló y la enganchó por las agallas en una rama de mimbre que cortó en la misma orilla con una navaja que encontró en los bolsillos de sus pantalones remendados.
Luego vino otro cigarro y un chisquero que sonaba como si quemara gasoil. Otro gurruño hecho con la hoja de un helecho y, antes de que se acabara la candela en la capilla, el vejancón había sacado su segunda trucha, más grande aún que la primera, si es que tal prodigio podía ser posible.
Desde ese día, el zagal reunió el valor para preguntar y, cuando tuvo oportunidad, apeló a la paciencia del vejancón.
Fue así como el muchacho aprendió a empatar un anzuelo bajo el humo espeso de los cigarros, y fue así como, algo después, se gastó hasta la última perra de la paga en una tienda llena de cañas, anzuelos, plumas y tanzas.
El crío empezó a pescar.
Y el río fue bondadoso. Le regaló al crío tardes maravillosas en sus riberas. Le dejó que se llevara sus truchas sin pedirle nada a cambio y el zagal aprendió, y mucho, porque fue tan engreído que se olvidó pronto del vejancón y buscó con ahínco en los libros.
Así sucedió que pasaron los días y los años. Y el crío creyó que sabía mucho, sin embargo, el río no lo corrigió. Le dio tardes de lluvia, de viento, incluso jornadas en las que se mostró tacaño, sin embargo, nunca dejó de regalarle sus peces.
Por eso, y porque la juventud siempre estropea las mientes, cuando el crío se hizo mayor, además de pensar en las mozas, empezó a elucubrar.
Los libros le habían enseñado que había mucho por conocer más allá de sus fronteras, lugares donde buscar las truchas enormes, y salmones, y reos. Lejos, muy lejos del pequeño río encerrado en los valles gallegos donde, por primera vez, un vejancón con reuma le había enseñado bajo la niebla de sus cigarros.
Y el joven tuvo suerte. Con la edad no le llegó el seso, pero sí los dineros. Tuvo así la oportunidad de saciar esas ansias y viajó.
Descubrió así los rabiones que bajaban de las montañas andinas, y las aguas claras de los arroyos de la campiña inglesa. También los grandes peces de las costas caribeñas. Y los enormes reos que suben por entre los bosques del gran Norte. Incluso los salmones de las islas vikingas. Y pescó arcoíris en las tierras de aquellos indios de las películas del oeste que se rodaban en Almería. Siempre soñando con una trucha aún mayor, con un lance aún más difícil, con una postura aún más merecida. Siempre insatisfecho. Siempre avaricioso.
Se fue a vivir lejos de las tierras que lo vieran nacer. Y recorrió el mundo buscando grandes peces y mejores mentiras que poder contar compartiendo naipes y pitos dobles. Las malas manos del destino le arrebataron el molino a su familia, de la que se había olvidado porque no eran más que labriegos y molineros, y ni siquiera le quitó una noche de sueño.
Cuando hablaba de los ríos en su hogar, se olvidaba de la generosidad que le habían brindado, le quitaba importancia a los regalos que le habían hecho. Los años le habían hecho medrar las barbas pero no tanto los ingenios, y ya no recordó las buenas pintonas de aquel río en aquel molino. Porque le parecían siempre escasas y cortas de talla. Y si tenía que acercarse a templar sus líneas, lo hacía allá donde todo eran promesas de trofeos y grandes piezas.
Quería más y más. Se había olvidado de aquel vejancón envuelto en humo de cigarros que pescaba un par de truchas para el almuerzo y no volvía hasta unos días después. Se había olvidado de sus raíces. Peor aún, pensaba que la tierra de los mil ríos, el maravilloso rincón de verdes donde había nacido, esa Galicia mágica en la que pervivirán por siempre las meigas… Pensaba que no merecía la pena perder una mosca en ninguno de los sauces de las orillas, porque no había truchas, y si las había eran cortas de talla y pelea. Porque había luchado con los peces vela del océano y siempre había un lugar mejor al que ir, un destino con más promesas por cumplir.
Sin embargo, era gallego. Y eso es algo que se lleva en las carnes, hechas con esquirlas de granito; y en los humores, que llevan savias de castaños viejos; y en el alma, batida como el mar que lanza dentelladas a las rocas. Y la tierra, su tierra, tiró de él con tanta fuerza que todos sus dineros acabaron sirviendo para comprarle un molino, aquel que los años y la mala fortuna le habían arrebatado a su familia.
Y volvió a respirar esos aires verdes cargados de juncia y aulaga. Vio de nuevo amarillear los campos en invierno con las flores de las nabizas. Encontró de nuevo al raposo y escuchó una vez más al carbonero.
Y la primera vez que fue al río, lo hizo con desgana. Porque había viajado, había pescado en tantos sitios, tantos peces, tan grandes. La fe la había perdido, porque recordaba muy bien que de chico nunca jamás había encontrado aquellos trofeos al final del anzuelo que sí le habían dado sus viajes.
Sin embargo, el río no se lo tuvo en cuenta, no le guardó rencor por haberse convertido en un hombre estúpido. El río le brindó sus corrientes, sus aguas mansas, sus rabiones y las posturas entre las ovas que ondulan bajo el sol de la tarde. Se abrió para él maduro sin importarle las tonterías que el muchacho había aprendido con los años.
Y fue una lección de las que merecen la pena, una de las que cambian la vida, porque le llevó un par de temporadas comprenderla, pero jamás la olvidaría.
En su río también se escondían aquellos trofeos, y en su río había también lugares para aquellos lances increíbles sobre los que había leído. Y no solo en su río, sino en el del valle siguiente, y en el del siguiente. Fuera adonde fuese. Galicia, con sus verdes profundos, con sus viejucas enlutadas, con sus praderías relucientes, con sus granitos. Tenía los lagos, tenía las cascadas, tenía arroyos de aguas claras que corrían rabiosos, y grandes ríos perezosos que ahogan profundidades llenas de misterios. Y tenía truchas, y reos, y salmones.
Tenía todo lo que con tanto ahínco había buscado por medio mundo, solo que él mismo lo había envuelto en un halo de desprecio ignorante y estúpido.
Pero los años le habían dado la experiencia, y los golpes de la vida la humildad necesaria. Entonces lo comprendió.
Había sido un tonto.
Allí mismo, en aquel río, junto a aquel molino. Tenía todo lo que había estado buscando por el mundo adelante. Y si no lo había visto era solo por su culpa.
Pero la edad le había traído la respuesta, y en el caneiro de aquel río, en aquel molino. Un día de mayo se levantaron las efímeras de mayo, y una pintona con una bocaza como un cepo se cebó entre las ocas, y él se echó a la corriente con la tralla y pensó que más difíciles se las había visto entre los hielos del norte.
Sin embargo, le costó sus razones, porque la pintona recelaba, y le paseó hasta el chaleco por encima de los morros y solo al final de la tarde, cuando ya ninguna otra cazaba las efímeras, consiguió engañarla.
Y peleó con ella hasta que llegó el ocaso.
Cuando la tuvo en sus manos, brillante como el nogal aceitado, con las pencas brillando al sol, no le cupo duda. Jamás en ninguno de sus viajes había pescado una tan grande, una tan difícil, una con lance más largo, una con mejor pelea.
Y la devolvió al río con manos mansas y corazón inquieto, y cuando la vio marchar por entre las ovas comprendió.
Entendió al fin lo estúpido que había sido y cuánto le perdonaba el río que lo amamantara de niño.
Se dio cuenta de que en sus tierras, en su hogar, había más que en cualquier otro sitio de los muchos que había conocido. Allí, entre las juncias y los tojos, entre las pizarras y los granitos, allí, en Galicia, había un tesoro. El mayor que hubiera imaginado, y lo único que debía hacer, era cuidarlo.
Se dio cuenta de que lo tenía todo, y que solo debía mimarlo.
Esa es la historia de un tonto que encontró razones. Y es solo una historia.
Pero hay una gran verdad en el cuento, porque esta tierra, esta tierra de meigas y lobisones, de orujos y dominó, de ríos y arroyos, es un tesoro, uno de los mayores tesoros del mundo, y solo tenemos que cuidarlo.
Pero es solo una historia.
Una historia de un escritor, de un pescador…
O quizás no, quizás sea algo más.
Porque soy escritor y soy pescador; uno que se crío en un molino.
Estas tierras, estas que pisamos cada día, son las tierras de los mil ríos, de los viejos castaños y las pizarras húmedas. Son únicas en el mundo, maravillosas e increíbles. Y son un tesoro incomparable. Solo debemos cuidarlas.
Abril 2016.
Francisco Narla

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