Aula de Interpretación da Pesca de A Pontenova

Por Eduardo Fernández, periodista y Director de El Periódico de las Fundaciones

Treinta y siete años bailando, tomando vermú y pescando, y pescando, y soñando, tiene ya la Festa da Troita de A Pontenova, ese lugar ribereño de la mariña oriental lucense partido en dos (o unido en uno) por el río Eo.
Anoche, escudriñé el mapamundi y les digo yo que no existe curso de agua en el Orbe cuyo nombre fuere más sucinto cuan intenso; ninguno que encontré –y haberlos haylos- supera a este guardián de las fronteras fluviales (abiertas a tierra y hacia el Cantábrico) en intensidad, belleza y vida. Porque me cuentan que en el Po los italianos non teñen troitas. Ese poblado, A Pontenova, antaño minero, con parte de su cauce de piedras grandes y redondas como las que asemejan huevos de dinosaurios en el Macondo de García Márquez; A Pontenova, ese lugar con medio pie de limonita, que el otro le fue arrancado y cocido al carbón el siglo pasado en los altos hornos que se yerguen como blasón de la nobleza y el trabajo de un pueblo que dio y entrega hoy lo mejor que tiene hacia fuera. Y a quien hasta allí llega.
A Pontenova es un gran hallazgo, una forma gallega de ser que con mucha, mucha, mucha calma y en silencio, reclama desde su lejanía de los circuitos turísticos habituales, la verde y húmeda intensidad de los valores culturales más ancestrales, ricos y auténticos de Galicia. Y también “ese cómo ser e facer das súas xentes”. Y claro, el cómo fluir de su río, ese Eo que comparten con Asturies, ése, como digo, de nombre tan “cortisérrimo” como bello y novelesco.
Larguísima su historia, legendarias sus truchas y quizás, quien sabe, santuario salmonero del siglo XXI -que toda la vida es sueño- si la autoridad yergue orejas cual lobo, que se agradece, y hace más por escuchar a pescadores y otras gentes del río. Que a fe que ellos saben. Ellos sí que saben. Los que pescan. Porque observan, escuchan y recuerdan. Y además, van y nos lo cuentan.
El viajero, o el peregrino, o cualquiera, no tiene para comprobar mis líneas sino que torcer el rumbo unas leguas y bajar a Ribadeo (bajar, sí, bajar) como lo hacen los esguines, siguiendo el curso del Eo por uno de los mil y un caminos que llevan al Cantábrico. A media hora en coche de la ría, parada (y fonda) en A Pontenova, que bien vale una o dos jornadas: degusten sus panes y sus carnes, que no todos los manjares bendecidos por Dios los provee la Santa Agua, o la Divina Ría; y deléitense con la conversación pausada de sus gentes, y oigan sus historias con ese acento tranquilo y acaramelado del Este (del este de Galicia); escuchen también, una y otra vez (siempre es lo mismo pero siempre es diferente, presten atención como si nunca lo hubieran oído), la leyenda aquella de mineros en huelga hartos de comer salmón para exigir que sólo dos veces por semana les sirvieran carne del Rei do Río… que verdad o no (¡será verdad!) viene a relatar lo que lo viejos cuentan: que antes había salmones. Aún quedan, poquitos salmones, pero quedan salmones… “A ver se iste ano, por fin, escoitámo-las badaladas”, repitió una y otra vez como una letanía Javier Rois, el buen Taracho, presidente del Centro de Iniciativas Turísticas de A Pontenova, la asociación que organiza esta fiesta, declarada de interés turístico y deportivo nacional. El alcalde, Darío Campos, asentía, escéptico, pero asentía, más por mor del deseo de éxito que de la fe en la entrada de plateados. Esa fe que, si bien pasada por agua, no le faltó al de Narón, Alberto Carballo, quien echó a tierra el primer ejemplar de la fiesta, en el Pozo del Inocente, casi seis kilos de peregrino cantábrico. Sonaron las campanas, sí, y volvieron a sonar. Pregunten mejor, si hay salmones, a ese a quien llaman Gayol, un pescador de Vegadeo, el que pescó a mediodía el pez de más de once kilos que causó admiración y ya es historia. Haberlos, haylos.
Salmones del tamaño de un cordero, los agasajos y la buena música año tras año y además, desde este mayo de 2015, un nuevo atractivo sociocultural han de llevar al forastero a conocer la vieja Puente Nuevo. Es, a cien pasos de los hornos de hierro, restaurados para mucha curiosidad de niños y grandes, el “Aula de la Interpretación de la Pesca”, “A Caseta das Troitas” y embrión del Museo del Salmón, en el edificio de la estación de tren de 1900, aún no hace mucho tiempo ruina y ahora sede de la Oficina de Turismo y albergue de la exposición de materiales de pesca cedidos al Concello y al Pueblo por mi amigo Miguel. Sorprendentes cucharillas, aparejos artesanales, y más y más cucharillas, devones, salabres, ganchos, cañas centenarias de bambú, la mejor colección de riscos de Galicia, moscas antiguas, señuelos de antaño, fotografías, libros… Son años de paciencia y trabajo. El museo se irá enriqueciendo poco a poco con las aportaciones de los vecinos de la comarca y de quienes quieran aportar a la causa.
Y todo por culpa de un tal Piñeiro Moure, el de Catoira, ése que pesca, ése que ejercita la amistad y el ingenio. Sólo quien bien conoce a Miguel (y quien no le conoce es porque no quiere y si alguien no lo quiere es porque no le conoce) sabe de ese Amor y esa Pasión, a lo Celta y a lo Cristiano, con que orna pule cuanto face. Que es que este Miguel le pone cariño hasta cuando te mete en un chiste; y que tú sabes que es un privilegio, porque eres protagonista de la chanza porque te quiere, y porque vas y “le alicatas de cucharillas el río”.
Haría bien la Xunta en nombrarlo Hijo Predilecto, o Mestre de Embaixadores, o medalla al mérito civil, o lo que sea, ¡inventen algo carallo! Pídolo, coño, desde Madrid. Y no se me pongan celosos el resto de bonhomes, que desde que nació en esta tierra de los Mil Ríos, Piñeiro é garda dos peixes, Ministro de Asuntos Exteriores Importantes da Nosa Terra Galega y el periodista de abolengo profesional que tanto hace, pese a quien le pese, y más ha hecho por la defensa de la pesca y por la conservación de su significación dentro de la cultura gallega. Y encima va y cocina como si fuera la madre de uno.
Superado el medio siglo de vida que dicen como yo los que se van haciendo viejos pero se creen jóvenes, dejé hace tiempo ya de penar tras el teclado escribiendo crónicas absurdas, acaecidos sociales y otras estupideces. Las bofetadas de la profesión periodística (hostias como panes, diría yo), me condujeron por un camino jodido, pero en el que, al menos, ya no escribo (de momento) al dictado de nadie. Por eso y porque no ha de molestar a nadie, permítanme que, con la mayor de las humildades, y con permiso del alcalde Darío, nuestro anfitrión, y del Pater don Eduardo de La Salle, el esperado y bienvenido cura fluvial que bendijo nuestras cañas el primero de mayo en Ximonde (no para convertirlas en amuletos, no, sino como instrumentos de amistad, paz y comunión entre los hombres y entre éstos y la naturaleza, y como insignias del esfuerzo, la constancia y el tesón que hace de la pesca una metáfora de la misma vida); permítanme ustedes insisto, que bautice al precioso ático de la antigua estación de ferrocarril de Villaodrid como ‘El Museo de mi Amigo Piñeiro’.
Ya sí que no hay disculpa para marchar un fin de semana a disfrutar en A Pontenova.
San Sebastián de los Reyes (Madrid)
11 de mayo de 2015