117 truchas en 15 minutos

por José Martínez

Aunque suene a una proeza pesquera, no van por ahí los tiros. Quizás porque sería imposible, ya que las matemáticas nos dan una media demasiado elevada por cada minuto. Pero resulta viable si las truchas están muertas en el fondo de un río con poco caudal y en un tramo de unos 100 metros.
Los hechos ocurrieron en el río Alvedosa (Redondela), en el día más largo del año y que coincide con la singular noche de San Juan. Menuda celebración me aguardaba.
Después de la jornada de trabajo, me marché para casa y cuando estoy entrando por la puerta, mis padres me comunican que han aparecido algunas truchas muertas en el río.
Llamé al Seprona ipso facto y estos me dijeron que no podían enviar a nadie, así que les dije que recogería las truchas y se las entregaría en cuento pudieran pasarse por el lugar.
En cuanto colgué el teléfono, me enfundé el vadeador y las botas y me fui para el río con un capazo y la cámara de fotos.
Sabía perfectamente donde debía buscar las primeras truchas, pues conocía casi a ciencia cierta el origen del vertido. Y justo donde comencé a vadear, miré como una trucha se agachaba bajo las hojas de unas calas.
En la siguiente poza observé las primeras truchas muertas. Recuperarlas del fondo fue fácil y cuando me disponía a coger la cuarta, esta dio un coletazo y se fue de mi mano, pues todavía quedaba le quedaba algo de vida.
El agua caía desde una pequeña cascada, pero por encima de esta hay una tabla larga y somera. Cuando salvé el obstáculo, contemplé atónito las decenas de cuerpos inertes en el lecho del río.
Comencé a vadear lentamente en zig zag, para no remover en exceso el limo del fondo y para que la turbidez del agua no impidiese mi labor. El agua estaba bastante fría, pero no mucho más que los cadáveres de los salmónidos.
El fondo del capazo ya estaba cubierto y las truchas comenzaban a llenar el recipiente a un ritmo elevado. Trataba de hacer una recogida metódica, pues quería recuperar la totalidad de los peces que habían perecido.
El teléfono suena. Es mi amigo Antonio que quería quedar para ir de pesca al día siguiente. Dejo el capazo flotando en el agua y con una mano sigo recogiendo truchas, mientras la otra se encarga de sostener el teléfono por el que relato a mi amigo lo sucedido.
Me despido de él y comienzo a ascender por unos rápidos, hasta llegar al punto en el que sospechaba que el vertido había alcanzado el cauce fluvial. Aquí pude observar como dos truchas pequeñas huían despavoridas. ¡¡¡Bingo!!!
Volví a llamar al Seprona y me dijeron que guardase las truchas, para su posterior recogida.
De camino a casa, me acerqué a la cuneta por la que creía que había bajado la substancia mortal. Y por suerte, todavía quedaban restos, pues la cuneta es de hormigón y el sol no había evaporado el agente tóxico.
Corrí a casa y lavé un bote de cristal, para después recoger una muestra del lugar citado. Elevé el bote para oler el líquido recogido y un fuerte olor a detergente confirmó mis sospechas. Pero entonces pensé que debía hacer un trabajo profesional, así que volví a casa y busqué en Internet la farmacia de guardia más próxima. Una vez allí, compré unos botes que se utilizan para este tipo de asuntos, junto con una jeringa grande, para a continuación volver a casa lo más rápido posible.
Volví al lugar del vertido y succioné el líquido con ayuda de la jeringa. Al depositar las muestras en los recipientes, se formaba una espuma en el contorno del bote, lo que indicaba la naturaleza de la substancia allí presente.
Tomé una foto del lugar del suceso (ya de noche), y me fui para casa satisfecho por mi actuación.
Una vez en casa, tomé una toalla y la dispuse sobre la encimera de la cocina, para contabilizar las truchas recuperadas. Comencé sacando las más grandes, de entre 20 y 24 cm, para después ir depositando las más jóvenes en los espacios.
La rabia iba en aumento, a medida que el número de truchas se elevaba y entonces tomé la última del fondo del capazo y le dije a mi hermano: 117 truchas muertas. Mientras conté los peces, mi mente hizo un vertiginoso repaso de las truchas devueltas en esa zona, de las normas que hay que acatar si no queremos ser sancionados, de las veces que saqué alevines de un canal de regadío (antes de que lo sequen en mayo) y las liberé en el lugar, etc. Todo eso no ha valido de nada, pues la estupidez humana es infinita. Y digo esto porque esa misma mañana, observé a un trabajador de una empresa de jardinería o limpieza, lavando una acera con una hidrolavadora, que curiosamente se combina con el uso de detergentes o productos químicos, para facilitar la operación. Pero claro, el agua baja por la cuneta, destinada a las aguas pluviales y a algún lugar irá. Lo que no se imaginaba, es que el río estaba casi seco a causa de la ausencia de lluvias y que un descuido podía traducirse en una mortandad de peces.
Varias generaciones de truchas fueron víctimas de una muerte agónica, a manos de alguien que a buen seguro se fue para casa, satisfecho de un trabajo bien hecho. Yo también lo hice, pero la diferencia es que el cobrará por su actuación y yo no. Mi única recompensa fue la certeza de que esos salmónidos no volverán a deleitarnos con sus coloridas libreas, pues estas fueron decoloradas por una substancia que a su vez, paralizó sus agallas.
Y por desgracia, esto ocurre a menudo a lo largo de nuestra geografía.

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