Donato
se acordará de mí más como ornitólogo que como pescador.
Durante algunas jornadas, un año sí y otro también, acampaba en el
Refugio Salustio, en la ribera del Sor, detrás de los mirlos
acuáticos y las lavanderas cascadeñas.
Desde el primer día en el que Donato se pasó por el viejo molino
supe que era un tipo de los de verdad. “No hace falta que me enseñes
el permiso de acampada, que ya estamos avisados”. Lo tenía todo
controlado, pero ejercía un control que te abrazaba, no que te
imponía.
Donato es el Sor, lo será toda la vida esté jubilado o no.
Me lo encontraba en la taberna dialogando con pescadores y se
interesaba por todo lo que se hacía en “su” río.
No conozco a nadie que hable mal de él, ni un campista, ni un
pescador, ni un naturalista, y es porque Donato siempre estuvo
cuando se le necesitaba.
Echaremos de menos la silueta de este guarda de los de antes, de los
que desgraciadamente pocos quedan, acercándose para preguntarte cómo
va la mañana o para informarte de todo lo que precises saber.
Pero quien más te va a echar de menos, amigo Donato, es tu río, es
el Sor, y otros muchos que, si aún están vivos, es gracias a un
trabajo, el tuyo, que siempre realizaste con pasión.
Enhorabuena, Donato, Guardarríos, con mayúsculas.
Con respeto y admiración
Alberto Torres
|