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Se
imaginan un pez que nace en el río Ulla, inicia su vida en
malas condiciones por las variaciones de caudal, los
nitritos, nitratos y demás parafernalia contaminante que
desgraciadamente transporta el agua de este río, y tras
pasarlas canutas, ya talludito, se marcha allende los mares,
por las Groenlandias, Penínsulas del Labrador, etc. en busca
de alimento para crecer y desarrollarse, para ello soporta
pescas intensivas, superredes, ataques de focas y otros
grandes depredadores y... al final sobrevive...
Después de muchas horas de navegación orientándose con
dificultad llega al río que le vio nacer. Duda en comenzar
su remonte por la mala calidad del agua y tras estar a punto
de dar la vuelta, se decide.
Esquiva redes, aparejos de pescadores, lampreeiros, más
depredadores, etc. y al final, por falta de paciencia y no
esperar para saltar por donde lo hacen habitualmente muchos
de sus compañeros cuando el Ulla crece ya que FENOSA casi
siempre turbina, cae en el capturadero de Ximonde.
Allí, cautivo en un pequeño espacio al que ha dado cientos
de vueltas y más vueltas, de pronto se ve apresado por una
red en forma de embudo y es transportado por el aire,
mientras se contornea con todas sus fuerzas para poder
saltar al río, a un lugar donde lo anestesian, lo pesan,
miden, pinchan para extraerle sangre y lo “operan de
amigdalitis” introduciéndole un transmisor. Tras un par de
horas, nuevo viaje en un estanque diminuto, eso sí, bien
oxigenado, y de pronto, sorpresa, otra vez al río, aguas
abajo de Ximonde, por donde se da cuenta que ya ha pasado.
Vuelta a emprender el remonte esquivando otra vez obstáculos
y depredadores (Queremos creer que redes y pescadores en esa
época no).
Llega nuevamente a pie de la presa de Ximonde y pardillo de
él, vuelve a tropezar, cuál hombre, en la misma piedra, ¡cae
nuevamente en el capturadero!
Recuerda con pavor la gran red que lo vuelve a apresar, otra
vez viaje por el aire y cuando espera la anestesia, le dan
con algo en la cabeza y se acabó. Termina muerto, todavía
traqueotomizado por el transmisor y en un congelador. Seguro
que hubiese preferido luchar río arriba, sufrir con los
nitritos y nitratos, sobrevivir a los ataques de las nutrias
y llegar a pelear por la posesión de un frezadero, e
incluso, si me apuran, sufrir el duro combate con el sedal
de un pescador intentando romperlo o morir heroicamente
luchando hasta su último aliento. Pero no, terminó en el
congelador.
Afortunadamente, a pesar de ser un salmón gafe con evidente
dosis de mala suerte, su sacrificio no ha sido inútil.
Perdonen el cuento pero es que el análisis de la realidad de
los hechos contrastados me pone los pocos pelos que me
quedan de punta por la indignación que me produce todo lo
acontecido.
Si aplicamos lo que nos ha enseñado la estadística, éste
pobre salmón solo tiene dos alternativas: casualmente el y
su otro colega también enviado al congelador han sido
víctimas de un hecho aislado que le ha convertido en el
salmón con más mala suerte del mundo, no en el rey del río,
sino el REY DE LOS SALMONES GAFES de entre todos los
salmones que han remontado el Ulla en estos años, o, segundo
supuesto, ha sido uno más entre otros muchos salmones, que
dentro de una práctica habitual terminan en congeladores o
van directamente a la mesa, ya que el cálculo de
probabilidades estadístico del primer supuesto es mínimo.
Transcritas estas hipótesis, menos mal que hay periodistas
como Miguel Piñeiro y Alberto Torres que han luchado y
siguen luchando. Todos los que amamos la naturaleza, nos
gusta la pesca o simplemente aspiramos a continuar pescando,
debemos de apoyarles hasta el final que no es otro que tirar
de la manta hasta que se esclarezcan todos los hechos y
responsabilidades, para que la vida y muerte del salmón de
la mala suerte no sea inútil. También, porque es de
justicia, para que los buenos profesionales que trabajan y
velan por el Ulla no queden con la mínima sombra de la
sospecha sobre sus espaldas.
¡Ah, por higiene mental, por los años y por la experiencia
del mundo del deporte, nunca se me ha ocurrido entrar en un
foro a opinar bajo un seudónimo! Me parece una auténtica
cobardía, una vileza. Cuando comento, hablo, opino, o
escribo algo, me identifico o lo firmo.
Animo, Miguel y Alberto, que no hiere quien quiere...
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