A Moncho Feros

Amigo Moncho:
Me pone un maldito WhatsApp nuestro común amigo Ricardo y acto seguido lo llamo. No nos pilla por sorpresa porque últimamente no andabas nada bien, pero sí nos abate porque tampoco esperábamos que la cosa fuese tan mal y tan rápido.
No era de esperar, por tu fuerza, por tus ganas, por tu ilusión… pero ya se sabe que estas cosas las dirimen allá arriba; no es cosa de mundanos mortales.
Te vas y es ahora cuando, ya echándote de menos, notaremos ese hueco que siempre llenabas. A tu manera, sin estridencias, sin dar la nota. Te fuiste tal y como eras, sumamente discreto y sin hacer ruido.
Hoy por la mañana, acompañándote, estuvimos un grupo de amigos del Tambre, de tu Tambre. Ricardo quedó encargado de decirle a tu piedra que ya no volverás a estar en ella buscando los príncipes plateados. Vaya papelón. No me quiero ver en su lugar. Los que tenemos piedra propia en nuestro coto sabemos del inmenso cariño que le tenemos y el que nos tienen. Son muchos años ya conviviendo con ellas. Te echará de menos, como nosotros.
Y la Polifónica de Domingos no está para cantos.
Ahora que nos dejas debo decirte que llamó Moralejo, el Doc, para que te comentemos que te espera en la puerta y que vayas tranquilo que allí a donde vas no hay cupos pero hay peces y que le lleves un par de trallos de tus moscas.
Tus moscas… Cuanto talento en tus moscas. Con tus trenzados imposibles, verdaderamente soberbios…
Ya no te veremos en el Tambre, ni cuando estemos de espera con la cervecita antes del mágico momento ni en la posterior a la pesca. Tus amigos, los del Tambre, cuando coincidamos, brindaremos por ti, por tu amistad y por habernos permitido ser tus amigos.
Hasta cuando sea, viejo amigo.