“Como el barro en manos del alfarero”
Por Nino Corral

Recibí la invitación para asistir a la entrega de los Premios del periódico Trueiro. A sabiendas de que no me iban a dar ningún premio, representaba la oportunidad de retomar las viejas costumbres que lleva aparejadas el mundo de la pesca, después de tres años prácticamente inactivo en los ríos y fuera de toda reunión con los amigos; así que decidí a ir a Sada.
Para tal ocasión me acompañó una pescadora de rompe y rasga. Es alegre, divertida y tiene una sonrisa más embaucadora que la del salmón mas pintado.
Me encontré algunos amigos tan grandes como inesperados; por ejemplo, Mundito, Ramón Castro, el galeno de A Pontenova, el hombre que habla a los salmones ¡Qué alegría! Allí estaba Don Ramón envuelto en su bufanda y largando coñas a mogollón.
Había un cambio, un gran cambio con respecto a reuniones anteriores. Había una ausencia, Moralejo, no estaba ni se le esperaba, pero  se le recordaba, más bien se le añoraba. Aquella figura del Doctor, que a todo el mundo recibía y saludaba como si nos conociéramos de toda la vida, con una naturalidad tan sorprendente como la de su propia figura.
Menos mal que, en el acto, sus herederos de Trueiro, supieron salir adelante, airosos de la ausencia de tan magnifico maestro. Sí, ellos redactaron más de un folio, el folio del Doc.
El Doctor dejó huella, dejo una enseñanza de humanidad impropia en estos tiempos que corren tan difíciles, y no me refiero a la crisis económica, si no más bien a los principios humanos que no se estilan o no se llevan como son la amistad, la generosidad y el respeto, pilares fundamentales para forjar un carácter de nobleza.
Aquella figura del Doctor, a mí, irremediablemente me lo transmitía todo, con su sabiduría de persona forjada en la cultura, en los años y en la experiencia de vida; aunque perdiendo trallos…
Moralejo siempre estaba presto y deseoso de darle en los “bebes” a un salmón despistado. Cuando estabas con él, empezabas a notar una sensación de tranquilidad, de paz, de armonía… era como si hubieras recibido un chaparrón a modo de bendición. En verdad, te hacía sentir como el barro en manos del alfarero. El Doctor sabía darle forma a cualquier cosa que careciese de un determinado sentido.
Ahora recuerdo con nostalgia y también con gratitud aquellas parrafadas que intercambiábamos cada vez que nos encontrábamos en un río o fuera de él. Vamos a echar de menos sus aseveraciones y sus puntillosas denuncias, a su manera. Tenía la facultad o el don de dejar caer frases muy suyas, como aquella “media Galicia caga de campo” o la de “edificar en la cuneta”, y, además, giros y expresiones que me cautivaron como aquella de “la autoridad incompetente”. El recuerdo de éstas y otras cosas está presente. Es su legado.
Aún me está pareciendo tener al lado su figura con aire burlón y quijotesco…
En Sada, hablando del Doctor me agasajaron, y bien que lo agradezco, con un ejemplar del libro “Siempre Moralejo”. No habían tenido oportunidad de dármelo antes aún sabiendo de las muchas ganas que tenía de leerlo.
No hay mejor titulo para glosar la figura de todo un personaje, “Siempre Moralejo”, pero del libro hablaremos en otro momento.

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