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Y, aún así, me acerqué a Couso. Acerté el olor de la soledad. Bajé
por la escalera del refugio y fui caminando despacio por la orilla
en la que dejaste tus posturas. Le susurré al agua que ya no
volverías… Bajó la mirada, como tus amigos, y comprendió…
Decidí compartir mi tristeza con el banco, tu banco, nuestro banco, y, mirando la grandiosidad
de Couso, el Ulla lloraba por un amigo.
En A Croeira, ¿recuerdas?, las piedras se arremolinaban en las
orilla incrédulas y doloridas.
El chispeante murmullo del agua en O Lazareto llevaba la tristeza
hasta O Salto do Can y de ahí el Ulla llegaba llorando a La Piedra
de Fernández. Desde O Lampreeiro peregrinaba hasta el duro y agreste
Lapido donde el silencio de nuestro río se imponía a su belleza.
Amigo José Manuel, ¿Quién le ofrecerá ahora el abrazo tierno como tú
solías hacer?, ¿Quién curará las heridas a nuestro maltratado Ulla?
¿Quién comprenderá ahora el sentir del agua saltarina como hiciste
tú?
Sinde y Ximonde ya lo saben y no se hacen a la idea. Como nosotros.
En Padrón, hace poco, tu fragilidad no te impidió estar con nosotros
para hablar y hablar de los peces, de la pesca, de las personas y
del Ulla. Te fuiste apagando con la misma humildad que te hizo
grande entre los ribereños de nuestro río.
Hasta siempre José Manuel, Amigo Reimondez. |