PESCANDO EL DÍA DE SAN HILARIO

MI CRÓNICA
A veces es conveniente pisar el freno, parar el motor, mirar hacia dentro de uno mismo y reflexionar sobre lo afortunados que somos. La vorágine del día a día no nos da apenas tiempo para hacer un ejercicio de autodiagnóstico que, hemos de convenir, es tan necesario como saludable. Tenemos mucho, muchísimo, y hemos de aprender a disfrutar de todos los regalos que se nos han ofrecido.
Diréis, queridos cofrades de la Santa Hermandad de la pesca –que viene siendo la muy noble y muy leal Hermandad de la Amistad– que se me ha ido de nuevo la pelota, cosa por otra parte muy habitual últimamente, pero me voy a explicar, para que entendáis las razones de este simple pero sincero razonamiento.
Llevábamos tiempo buscando fecha y lugar para una esperadísima reunión de camaradas del arte de helarte en el río. El día 13 de enero, festividad de San Hilario, con buen tiempo aunque frío y mejores deseos, la compañía artística se dio cita en el coto de Vilagudín, donde el que no pesca, es porque no tiene ni puta idea del asunto.
Al filo de las diez de la mañana pudimos ya ver amanecer la sonrisa cachonda y conejera de Piñeiro, el verbo en prosa fluida de Fontela, la sapiencia de Cobo –el hombre que susurraba a los peces–, el saber estar –siempre como buen armero– de Zulueta, la velocidad del rayo en la técnica de lanzar la cucharilla ya desde Órdenes sin haber llegado al coto de Hernández y, cómo no, el tronío de Moralejo, porque lo de Moralejo, señores, es cosa aparte, los que lo conocen saben por qué lo digo. Hay mentes tan preclaras, tan rápidas en el razonamiento, tan geniales, que abruman, pero casi ninguna de éstas tiene una cualidad a mayores que Moralejo posee amén de las citadas, y es que es un cachondo de cojones.
Fue precisamente el Doctor el artífice de esta reunión de jornaleros de la caña, que comenzó de manera inevitable en la zona del coto en la que abundan los salmones. Miguel poseía unas informaciones del CESID que venían a animarnos a probar la zona salmonera por cuanto en los días previos los peces salían del agua y preguntaban la hora a los pescadores. Que se tiraban a las cañas, vamos (como yo; qué coincidencia).
Ni una mísera picada.
Es aquí cuando debemos recurrir al Cobodiccionario, recordando que las truchas pueden ser reos si en un momento dado les da por veranear en la costa. Llegado ese punto se preparan para irse a la playa y esguinan, es decir, cambian el traje. Pues bien, una de estas truchas intentó pasar 2007 en Carnota, que tenía chalét por allí. Se puso el traje, cogió la maleta y se dio una hostia contra la red del embalse.
Dolida, rebajada, cansada… vituperada y ninguneada, decidió poner fin a su vida, suicidándose, y tiene mandanga la cosa porque se fue a suicidar a la cucharilla de Toño. Nos ha jodido mayo con las flores.
Total, que con un esguin suicidado y muchos salmones aplaudiendo nos fuimos a la zona de la trucha, porque allí el que no pesca es porque no tiene ni puta idea.
Mucho agua, la red rota, los tiempos solunares, la marea bajando, el barómetro subiendo, el MIBOR, la política exterior… Ni picada, pero, claro, con todos estos condicionantes a ver quién coño pesca.
Ante tal situación optamos por contribuir a la limpieza del embalse, quitando hierbajos, cosa que hicimos con nuestras cucharillas y rapalas. Quedó niquelado.
Decidimos luego emprender camino hacia Santiago, y al pie de la Ciudad de la Cultura, como no podía ser de otra forma por la categoría de los presentes, con una cultura de muchos huevos, entramos en el conocido centro hostelero “El Quitapenas”, que como Piñeiro indicó, nos caía que ni pintado tras la fructífera jornada en la que seis cañas pescaron un reo “a lo bonzo”.
Cabe destacar que Eduardo no pescó, porque anda mal de la espalda por unos problemas ocasionados por la torsión y el cabeceo de su cucharilla.
Ya en el Quitapenas esperaban otros dos componentes de la Hermandad, Guitián y Xaquín, que fueron los más listos, porque venía arreglados, peinados, y no pasaron el frío que los demás soportamos con la elegancia y el saber estar –que no pescar– que nos caracteriza.
El menú lo reservo, que es de mal gusto hablar de comida a ciertas horas, pero simplemente hago un matiz: acojonante.
Con buen yantar y buen privar, o lo que es lo mismo, un pingüe manducar, fueron pasando las horas como si minutos fueran, en un ambiente de los que quieres repetir cada dos semanas a costa de una demanda de la parienta.
Moralejo, que es un mago de la palabra, fue el maestro de ceremonias, porque él nos convidó y de él partió la inigualable iniciativa de esta reunión y, en los postres, como es menester, nos dedicó unas emocionadas palabras que, por lo menos en mi caso, me llenaron de emoción el cuerpo y de lágrimas los ojos.
A todos nos firmó su “carta circular”, para todos tuvo una dedicatoria, todos disfrutamos con este genio del difícil arte de vivir y convivir.
Y con la firme promesa de repetir la paparota, en esta ocasión esperando la presencia de un ausente y echado de menos Pepe Casal, fijando fecha para primeros de febrero, con reos y becadas proporcionados por Xaquín como fondo del festín, nos despedimos tras un fenomenal día de pesca en el que capturamos el doble de lo habitual, normalmente no pescamos nada y en esta ocasión pescamos “nada de nada”.
Fue testigo la Colegiata del Sar, ése sí que es un aparcamiento y no los que hacen en Coruña, carallo.
Y, ya sabéis que la conclusión final de todo esto es que el que no pesca en Vilagudín no tiene ni puta idea.
Después de lo leído y explicado ¿soy o no afortunado?
Con respeto.
Alberto Torres

 

Romance de Vilagudín
Por Fernando Cobo

En Vilagudín, bien de mañana
se reúnen a pescar
seis pescadores de fama
y entre ellos un galán
que a las truchas llama señoras
y a las damas... mucho más.

Todos visten un vestido
todos calzan un calzar
todos llevan en las manos
una caña y un sedal.

En el extremo del hilo
bien atado, allí está
un rapala u otra cosilla
harto rara de verdad
que da vueltas cuando quiere
y cuando no quiere no da.

Cucharilla la han llamado
y parece que especial
porque afirma el fabricante
que con ella y poco más
tienes la pesca en la mano
aunque la lances pa trás

Tan seguro de ello Edu
tan seguro Edu está
que les ha regalado varias
pa que las puedan probar.

El galán y su mesnada
con el afán de pescar
se olvidaron del frío
que reinaba en el lugar
y porfiaban seguido
lanza aquí y lanza allá.

Sólo uno de entre ellos
sólo uno nada más
tuvo la suerte en los dedos
y bajo el puente del río
donde la red ya no está
pudo sacar una trucha
plateada, por demás,
que más parecía un reo
y eso era en realidad
aunque el mar le quede lejos
y nunca pueda llegar.

El río tiene cosas
muy extrañas, es verdad
pero son cosas que pasan
y nos gusta contemplar.

La mañana transcurrida
sin que se tense el sedal
provocó desasosiego
en todos en general

Así pues Don Juan de Cortegada
con voz sonora y marcial
a las truchas increpaba
bien oiréis lo que dirá:

-¿Qué es aquesto, mi señoras,
qué es lo que hacemos mal?
por vuestra culpa, doncellas
me está dando gran pesar
que parece que este embalse
es un desierto lugar.

Sin respuesta se quedaron
los que allí se reunían.
¡Hora es de que marchemos!
el Duque do Sar les decía,
que a donde la suerte nos lleva
otros hombre nos esperan
y solazarse con ellos
es la intención del del Deva.

En llegando al “Quitapenas”
y el capote ya olvidado,
escucharon todos ellos
la canción del buen heraldo
que por Moralejo atiende
cuando le sale del nabo.

Hermosas palabras dedica
este sabio consagrado
a quienes allí reunidos
gentilmente ha convidado.

Alegre discurre el banquete
y no hay nada que esté mal
buenas carnes y buen vino,
que eso es lo principal,
un buen postre y unos chupitos
y los chistes al final.

Ya sólo falta que diga,
pues no les voy a engañar,
que lo mejor de la tarde no estaba
sobre la mesa del bar
y si bien es maravilla
lo que era bueno en verdad
estaba sobre las sillas.

Aquí termina el romance
con la parte del final,
fue compuesto con cariño
y la intención de jugar.

DEDICATORIAS DEL DOCTOR MORALEJO A LOS ASISTENTES:

A Antonio Hernández:
“Para Toñito, que tiene 600 píxeles por minuto y es el único que pesca...”
Post de Antonio Hernández:
“Querido Moralejo. No hay cámara de fotos capaz de digitalizarte”
Toño.

A Xaquín L. Muíños:
“Para el Duque de Venezuela. Ximonde Sur Mer”
Post de Xaquín:
“Me llevé conmigo otro gratísimo recuerdo y la sensación que queda después de cerrar, ya terminado, un buen libro, pues la sobremesa del sábado fue historia, literatura de la que a mi me gusta...
Oir hablar al “Doctor Google", quiero decir al Doctor Moralejo, sin apuntes, sobre la marcha, encandila a cualquier persona dispuesta a escuchar”
Xaquín, o neto de Muíños.

A Alberto Torres:
“Para el compañero Alberto, por razones obvias, que dejarán de ser obvias”
Post de Alberto Torres:
Que esta dedicatoria venga de un hombre como él me toca el alma, porque compartimos la misma lucha en una batalla que, una vez empieza, siempre tiene duelos que dirimir; parece que nunca acabas de dejar el arma para guerrear...
Porque sus combates son como los de antes, de caballero, con florete y sombrero de pluma, con honor. Hay pocos que los encaren con la fuerza de Moralejo y, como quiera que sus pensamientos siempre son claros y ciertos, Doctor, te digo lo mismo: las razones dejarán de ser obvias y podré seguir aprendiendo contigo en muchas jornadas que, como la del sábado, serán inolvidables”
Con respeto y admiración.
Alberto.

A Eduardo Fontela:
“Para Edu, que merece la invitación y para Margarita, sin duda mejor que la mejor cucharilla”
Post de Eduardo Fontela:
“A Moralejo, hombre de bien y el mejor de los anfitriones, que me hizo sentir como uno más de sus muy ilustres –aunque poco pescadores- amigos.
Nunca imaginé que mis cucharillas me llevarían a conocer a tan incomparable y entrañable personaje.
Ya sé para que he trabajado tanto.
Con el mismo respeto que Alberto y con más admiración, si cabe”
Edu.


A Juan Zulueta:
“Aunque `tomamos fracaso´ habrá mejores días para los que somos cuasipaisanos"
Post de Juan Zulueta:
Amigo Juanjo, pescar y compartir mesa contigo es un lujo al alcance de pocos. Asumo y celebro mi condición de auténtico privilegiado.
Juan
.

A Miguel Piñeiro:
“Señor Duque, sin preservativo no puedo explayarme contigo”
Post de Miguel Piñeiro:
“Admirado y querido Doctor. Eres toda una lujuria”
Tuyo, con o sin goma.
Miguel.

A Manuel Guitián:
“Manolo es un ejemplo claro de amigo que se pone al teléfono en la zarabanda de lo urgente”
Post de Manuel Guitián:
“De los sentimientos y sensaciones es muy difícil hacer comentarios”
Manuel.

A Fernando Cobo:
“Para uno de los vertebrados fluviales más conspícuos, y sin coba, que ya la tiene”
Post de Fernando Cobo:
Nadie mejor que el Profesor Moralejo, egregio Catedrático de griego, sabe que en la antigua Grecia “symposium”, traducido como banquete, significa reunión de bebedores. Estas cuchipandas se dividían en dos tiempos: primero la comida y luego el simposio propiamente dicho que era la bebida, consistente en vino mezclado con el agua. Se designaba entonces un simposiarca o maestro y rey de la mesa cuya función era fijar las proporciones de la mezcla de vino y de agua salada, controlaba el número de copas que debía beber cada uno, designaba a los que habrían de “cantar”, y dirigía las conversaciones. Siempre me viene esta imagen cuando coincido con Juanjo en diferentes circunstancias, su amabilidad, perspicacia, sabiduría y sobre todo humanidad hacen del él el perfecto “simposiarca de la vida”, se transforma en el maestro de todos, nos regala anécdotas y reflexiones cargadas de inteligente ironía y su buen humor y ejemplo constante nos enriquece como seres humanos.
Como respuesta a la dedicatoria que en la “circular” me has escrito, querido amigo, me quedo corto, pero me sirve para vengarme por haberme llamado “conspícuo” en presencia de todos”
Fernando.

EL CANCIONERO, LAS PROFECÍAS Y LA PESCA.
Difícil me lo fiáis.
Creo saber que San Hilario no tuvo contacto alguno con la actividad de la pesca, no obstante desde el 13-1-2007 le recordaremos por haber vivido uno de esos días que almacenamos en el disco duro emocional y que por tanto no sufre la ignominia y el cruel destino de acabar en la papelera de reciclaje.
San Hilario de Poitiers, Obispo y
Doctor de la Iglesia, con celebración el 13 de enero, que nació en el año 315, cuyo nombre significa "sonriente" y llamado el Atanasio del Occidente, compuso himnos y algunos le atribuyeron el "Gloria in excelsis". Según San Isidoro de Sevilla, Hilario fue el primero que introdujo los cánticos en las iglesias de Occidente. Ahí está el nexo, el común denominador. Como los pimientos, que gustan a todo mortal y a alguna que otra divinidad.
Hilario, que hay confianza, de haber sabido de pesca, sin duda habría profetizado la partitura de lo que, a seguir, expongo.
Se dieron cita varias cañas de auténtico pánico para las pintonas:
The Big Juanjo
Joe Michigan Cobo
King Carrasco Hernández
Minnesotta Jazz Torres
Jim Ohio Zulueta
y Arizona Sky Piñeiro.
Mientras Tejadito Blues Edu imagimaba nuevos diseños -creaciones imposibles que firmaría el mismísimo Da Vinci- de sus infernales artefactos y reflexionando con un escapulario de San Pedro El Pescador entre las manos, Oklahoma Brother Muíños y Denver Matt Guitián hacían la espera “resignadamente resignados” por no poder asistir al que presuponían una zarzuela pesquera que, por ser, no fue ni una opereta de cuarta con solista afónico.
Texas Lousiana Casal, en su caso, pasaba el mismo frío que los susodichos pero en la nieve andorrana, que por cierto tiene una rima tan evidente como soez y no me resisto a hacer el matiz por si a algún poco cavadizo o terco de entendemento que lea esto le hay que allanar el camino.
A decir verdad, la jornada se pudo predecir en el cancionero contemporáneo, y, como San Nicolás y Michel de Nostredame no se conocieron, habrá que buscar la explicación en un profesional de la videncia contrastado –la bruja Lola, por ejemplo- ya que pudimos haber encontrado las respuestas con antelación.
A saber.
Dijeron que no las señoras, y tan alto y claro que ni con las más selectas creaciones de Lauri Rapala y Jaime Taboada seríamos quienes de dar satisfacción al ego vanidoso de cualquier pescador. Un capote así justifica la razón de ser de este coto, dijo acertadamente Moralejo. Tamaño fracaso –Doctor, a las cosas hay que llamarlas por su nombre- sin duda era merecedor, por lo
menos, de una romanza de Albéniz.
“Reloj no marques las horas” decía Armando Manzanero y todos lo suscribíamos mientras la mañana avanzaba inexorablemente sin las pretendidas picadas.
“Si tu me dices ven, lo dejo todo”, impecable bolero de Los Panchos que, con sumo acierto y
afinadamente, entonó un reo para nuestro deleite por ser la única pieza que vino a tierra. Ciertamente, el coro de Toño, es decir, los pescadores pasivos, interpretábamos “El corrido de Jhonny Pachuco” de Steve Jordan a ritmo de booguie-booguie, en acompasada escala musical a los lances del tan inquieto como afortunado reportero gráfico.
A la hora de movernos pateando coto no sería difícil entonar “Las Corsarias” en semejanza acústica a la Sinfónica de Berlín dirigida por Von
Karajan, pero por no profanar a Herbert lo hicimos a ritmo de “No hago otra cosa que pensar en ti” de Joan Manuel Serrat ya que a las pintonas no les mentimos y vamos con la verdad ocho bobinas por delante.
Y no es de recibo ocultar que el grupo llegó a dividirse ante la profusión de lances del Doctor. Mientras unos entonaban “Fina estampa” de María Dolores Pradera para catalogar tan sublime momento, otros optaban por “Marcial eres el más grande” y, como al mejor leñador también se le escapa el hacha, ni Nicolás ni Nostradamus acertaron a predecir que Moralejo no se llamaría Marcial sino Juan José.
“Por allí vinieron, pero allí quedaron” que cantaba Carlos Puebla, porque, en efecto, las truchas, reos y salmones, por allí andaban pero sólo una se inmoló, las restantes optaron por seguir disfrutando de su perecedera libertad.
Al final de la mañana la situación reflejaba un panorama que bien merecería figurar en la letra de “La banda del coche rojo” de la inefable Orquesta Platería, si bien, nosotros nos dedicamos a sacar hierbajos del agua con la finalidad de dedicarlo a “humus” mientras que los osados de la banda de marras la dedicaban a otros “humos” menos sanos, sobre todo si te pillan en la aduana.
Seguimos.
Ya en el tripeo, nadie se atrevió a fusilar el “Quiero beber hasta perder el control” de Los Secretos porque había mucho que oir y el Néctar de Baco baja muy bien en el Olimpo pero en la sobremesa y en demasía no es un gran aliado de la atención que es menester mostrar en tan selectas ocasiones. Aún así, luego de una primera recomendación quitapenera de ilustres caldos, a la segunda de un Herencia para regar tan suculento menú, el Doctor atreviose con el “Mucho mejor” de Los Rodríguez. Elección celebrada por todos hasta la mismísima levitación (sobre todo a partir de la decimoséptima botella).
Ejerció el Doctor de lo que es, deleitándonos con su amplísimo surtido de magisterios varios. Tuvimos desde literatura e historia hasta filosofía, geografía, gastronomía, enología, varias “ias” más e… incluso matemáticas, aunque las cuentas las hizo él pues la cuenta del condumio corrió por su cuenta, y nunca mejor dicho ya que todos caímos en la cuenta.
Finalizó su finísimo repertorio, el Doctor Moralejo, sobre el mantel, ejecutando con meridiana maestría el “My way” del recordado Frank Sinatra, temazo con el que, el Marqués del Deva, “a su manera”, ejemplarizó sus innecesarias gracias a quienes no hacemos más que admirarle.
Y, a la hora del epílogo, teníamos a huevo –con perdón- el clásico y socorrido  “C´est fini” de Charles Aznavour pero nos decantamos por “Grítenme piedras del campo” de la hermosísima Linda Rondstadt. Y es que ante la visión del Doctor con la caja y reo sin autopsia en la mano, hasta las mismísimas piedras deberían levantarse…mientras que nuestras mitocondrias del sentimiento chatarreaban “Qué demasiao” de Pulgarcito. Y es que el rioja las pone como locas…
Como músicos somos… somos… somos grandes amigos y más que acompañar… perseguimos. Menos mal que como pescadores somos… somos… ¡¡¡Debo abreviar porque la cucharilla de Toño sobrevuela mis aledaños físicos y peligra mi integridad!!!... Por cierto, cuando pesca, su canción predilecta es “Frenesí” a estopa frenética de Pérez Prado. ¡Aaaaaaaaaah, ¡Uh!, ¡Mambo!
Todo esto se podría resumir en cuatro letras: CCCP, que no es ninguna reducción a la mínima del “ex-tinto” –antes era rojo y ahora ni se sabe- politburó ruso, ni la abreviatura de la canción “Cu-currú-cucú-Paloma” como dijo Gogue, es simplemente el título de una de nuestras óperas primas: “Cuento de Cuando Coincidimos Pescando”. Todavía no comimos las perdices porque el cuento no acabó, pero para no perder la sana costumbre de vernos, pronto comeremos unas arceas y lamprea del Ulla. Y eso ya lo contaremos cuando proceda.
Cobo bien lo dice en verso aunque es de ciencias y Torres asimismo en prosa aunque es de Ferrol. Yo, en verdad, siendo de letras y teniendo alguna que otra noción de navegación, se que hay “patróns e mariñeiros”, y yendo en el mismo barco no me cansaré de bogar para que el Almirante con estrellas de más puntas que la “La rendición de Breda”, Moralejo, lleve la nave al puerto que cualquiera de sus sagrados pirinicios le sugieran, ¡Qué carallo!
La escala técnica del día de San Hilario es un paso más en la búsqueda del Santo Grial -el disfrute piscatorio- y un sentir más en la intensa relación que me une a este irrepetible personaje.
Puesto a recapacitar, debo considerar que, aunque la pura genética de Cortegada y el Miño impregnaron al Doctor con una sinfonía de códigos exclusivos de comportamiento e intelecto, en efecto debe haber algún antepasado en su linaje que o bien partió de una cepa pura de Catoira o se dejó empapar por un ADN alquimizado ó chou con la impronta catoirense-vikinga. Sólo así puedo entender tanta perfección.
Pescadoramente tuyo, Miguel.