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EL CANCIONERO, LAS PROFECÍAS Y LA
PESCA.
Difícil me lo fiáis.
Creo saber que San Hilario no tuvo contacto alguno con la actividad
de la pesca, no obstante desde el 13-1-2007 le recordaremos por
haber vivido uno de esos días que almacenamos en el disco duro
emocional y que por tanto no sufre la ignominia y el cruel destino
de acabar en la papelera de reciclaje.
San Hilario de Poitiers, Obispo y
Doctor de la Iglesia,
con celebración
el 13 de enero, que
nació en el año 315, cuyo nombre significa "sonriente" y llamado el
Atanasio del Occidente, compuso himnos y algunos le atribuyeron el
"Gloria in excelsis". Según
San Isidoro de Sevilla,
Hilario fue el primero que introdujo los cánticos en las iglesias de
Occidente. Ahí está el nexo, el común denominador. Como los
pimientos, que gustan a todo mortal y a alguna que otra divinidad.
Hilario, que hay confianza, de haber sabido de pesca, sin duda
habría profetizado la partitura de lo que, a seguir, expongo.
Se dieron cita varias cañas de auténtico pánico para las pintonas:
The Big Juanjo
Joe Michigan Cobo
King Carrasco Hernández
Minnesotta Jazz Torres
Jim Ohio Zulueta
y
Arizona Sky Piñeiro.
Mientras
Tejadito Blues Edu imagimaba nuevos diseños -creaciones imposibles
que firmaría el mismísimo Da Vinci- de sus infernales artefactos y
reflexionando con un escapulario de San Pedro El Pescador entre las
manos, Oklahoma Brother Muíños y Denver Matt Guitián hacían la
espera “resignadamente resignados” por no poder asistir al que
presuponían una zarzuela pesquera que, por ser, no fue ni una
opereta de cuarta con solista afónico.
Texas Lousiana Casal, en su caso, pasaba el mismo frío que los
susodichos pero en la nieve andorrana, que por cierto tiene una rima tan
evidente
como soez y no me resisto a hacer el matiz por si a algún poco
cavadizo o terco de entendemento que lea esto le hay que allanar el camino.
A decir verdad, la jornada se pudo predecir en el
cancionero contemporáneo, y, como San Nicolás y Michel de Nostredame
no se conocieron, habrá que buscar la explicación
en
un
profesional de la videncia contrastado
–la bruja Lola, por ejemplo- ya que pudimos haber
encontrado las respuestas con antelación.
A saber.
Dijeron que no las señoras, y tan alto y claro que ni con las más
selectas creaciones de Lauri Rapala y Jaime Taboada seríamos quienes
de dar satisfacción al ego vanidoso de cualquier pescador. Un capote
así justifica la razón de ser de este coto, dijo acertadamente
Moralejo. Tamaño fracaso –Doctor, a las cosas hay que llamarlas por
su nombre- sin duda era merecedor, por lo
menos, de una romanza de Albéniz.
“Reloj no marques las horas” decía Armando Manzanero y todos lo
suscribíamos mientras la mañana avanzaba inexorablemente sin las
pretendidas picadas.
“Si tu me dices ven, lo dejo todo”, impecable bolero de Los Panchos
que, con sumo acierto y
afinadamente, entonó un reo para nuestro
deleite por ser la única pieza que vino a tierra. Ciertamente, el
coro de Toño, es decir, los pescadores pasivos, interpretábamos “El
corrido de Jhonny Pachuco” de Steve Jordan a ritmo de booguie-booguie,
en acompasada escala musical a los lances del tan inquieto como
afortunado reportero gráfico.
A la hora de movernos pateando coto no sería difícil entonar “Las
Corsarias” en semejanza acústica a la Sinfónica de Berlín dirigida
por Von
Karajan, pero por no profanar
a Herbert
lo
hicimos a ritmo de “No hago otra cosa que pensar en ti” de Joan
Manuel Serrat ya que a las pintonas no les mentimos y vamos con la
verdad ocho bobinas por delante.
Y no es de recibo ocultar que el grupo llegó a dividirse ante la
profusión de lances del Doctor. Mientras unos entonaban “Fina
estampa” de María Dolores Pradera para catalogar tan sublime
momento, otros optaban por “Marcial eres el más grande” y, como al
mejor leñador también se le escapa el hacha, ni Nicolás ni
Nostradamus acertaron a predecir que Moralejo no se llamaría Marcial
sino Juan José.
“Por allí vinieron, pero allí quedaron” que cantaba Carlos Puebla,
porque, en efecto, las truchas, reos y salmones, por allí andaban
pero sólo una se inmoló, las restantes optaron por seguir
disfrutando de su perecedera libertad.
Al final de la mañana la situación reflejaba un panorama que bien
merecería figurar en la letra de “La banda del coche rojo” de la
inefable Orquesta Platería, si bien, nosotros nos dedicamos a sacar
hierbajos del agua con la finalidad de dedicarlo a “humus” mientras
que los osados de la banda de marras la dedicaban a otros “humos”
menos sanos, sobre todo si te pillan en la aduana.
Seguimos.
Ya en el tripeo, nadie se atrevió a fusilar el “Quiero beber hasta
perder el control” de Los Secretos porque había mucho que oir y el
Néctar de Baco baja muy bien en el Olimpo pero en la sobremesa y en
demasía no es un gran aliado de la atención que es menester mostrar
en tan selectas ocasiones. Aún así, luego de una primera
recomendación quitapenera de ilustres caldos, a la segunda de un
Herencia para regar tan suculento menú, el Doctor atreviose con el
“Mucho mejor” de Los Rodríguez. Elección celebrada por todos hasta
la mismísima levitación (sobre todo a partir de la decimoséptima
botella).
Ejerció el Doctor de lo que es, deleitándonos con su amplísimo
surtido de magisterios varios. Tuvimos desde literatura e historia
hasta filosofía, geografía, gastronomía, enología, varias “ias” más
e… incluso matemáticas, aunque las cuentas las hizo él pues la
cuenta del condumio corrió por su cuenta, y nunca mejor dicho ya que
todos caímos en la cuenta.
Finalizó su finísimo repertorio, el Doctor Moralejo, sobre el
mantel, ejecutando con meridiana maestría el “My way” del recordado
Frank Sinatra, temazo con el que, el Marqués del Deva, “a su
manera”, ejemplarizó sus innecesarias gracias a quienes no hacemos
más que admirarle.
Y, a la hora del epílogo, teníamos a huevo –con perdón- el clásico y
socorrido “C´est fini” de Charles Aznavour pero nos decantamos por
“Grítenme piedras del campo” de la hermosísima Linda Rondstadt. Y es
que ante la visión del Doctor con la caja y reo sin autopsia en la
mano, hasta las mismísimas piedras deberían levantarse…mientras que
nuestras mitocondrias del sentimiento chatarreaban “Qué demasiao” de
Pulgarcito. Y es que el rioja las pone como locas…
Como músicos somos… somos… somos grandes amigos y más que acompañar…
perseguimos. Menos mal que como pescadores somos… somos… ¡¡¡Debo
abreviar porque la cucharilla de Toño sobrevuela mis aledaños
físicos y peligra mi integridad!!!... Por cierto, cuando pesca, su
canción predilecta es “Frenesí” a estopa frenética de Pérez Prado. ¡Aaaaaaaaaah,
¡Uh!, ¡Mambo!
Todo esto se podría resumir en cuatro letras: CCCP, que no es
ninguna reducción a la mínima del “ex-tinto” –antes era rojo y ahora
ni se sabe- politburó ruso, ni la abreviatura de la canción
“Cu-currú-cucú-Paloma” como dijo Gogue, es simplemente el título de
una de nuestras óperas primas: “Cuento de Cuando Coincidimos
Pescando”. Todavía no comimos las perdices porque el cuento no
acabó, pero para no perder la sana costumbre de vernos, pronto
comeremos unas arceas y lamprea del Ulla. Y eso ya lo contaremos
cuando proceda.
Cobo bien lo dice en verso aunque es de ciencias y Torres asimismo
en prosa aunque es de Ferrol. Yo, en verdad, siendo de letras y
teniendo alguna que otra noción de navegación, se que hay “patróns e
mariñeiros”, y yendo en el mismo barco no me cansaré de bogar para
que el Almirante con estrellas de más puntas que la “La rendición de
Breda”, Moralejo, lleve la nave al puerto que cualquiera de sus
sagrados pirinicios le sugieran, ¡Qué carallo!
La escala técnica del día de San Hilario es un paso más en la
búsqueda del Santo Grial -el disfrute piscatorio- y un sentir más en
la intensa relación que me une a este irrepetible personaje.
Puesto a recapacitar, debo considerar que, aunque la pura genética
de Cortegada y el Miño impregnaron al Doctor con una sinfonía de
códigos exclusivos de comportamiento e intelecto, en efecto debe
haber algún antepasado en su linaje que o bien partió de una cepa
pura de Catoira o se dejó empapar por un ADN alquimizado ó chou
con la impronta catoirense-vikinga. Sólo así puedo entender
tanta perfección.
Pescadoramente tuyo, Miguel. |