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Jugaba con mis amigos en la calle cuando él salía de casa con su
periódico, el perro y su inconfundible atuendo. Tenía una planta
impresionante que imponía respeto y la indumentaria marcaba todavía más
su imagen desgarbada pero imponente.
Llevaba siempre un pantalón marrón de pana de aquellos típicos para la
caza, una chaqueta vieja y las botas eran de cuero negro gastado por el
uso a través de los años. El sombrero también correspondía al vestuario
de su deporte favorito, la caza de perdices y conejos. Le acompañaba
siempre el perro, un pointer negro de pecho blanco llamado Moro y de un
bolsillo asomaba El Faro de Vigo. Al llegar a la puerta del jardín, me
buscaba con la mirada y me preguntaba siempre lo mismo: ¿Qué, te vienes?
Abandonaba mis juegos sin pensarlo dos veces y entraba en casa en busca
de mi caña de bomba con un hilo al que llamábamos tanza que, enrollado
en la vara, tenía a modo de flotador, un corcho del tubo de aspirinas
traspasado por un palillo de los redondos. Al final del hilo y clavado
en la base de la caña, un alfiler doblado en la punta que hacía las
veces de anzuelo. No más de diez segundos y ya lo alcanzaba calle abajo.
Mi padre era hombre de muy pocas palabras y el trayecto por la carretera
que bordeaba la estación de ferrocarril era para mí un monólogo.
Llevaba al Moro sujeto por la correa y no le permitía que le adelantase.
Si lo hacía, no le daba un tirón de correa, le corregía con una frase
corta pero eficaz: ¡Atrás Moro, atrás! El perro estaba bien educado y no
era habitual tener que corregirlo.
Pasábamos por un puente bajo la carretera en el barrio de Sar,
aliviadero de aguas de un manantial que discurrían completamente
limpias hasta el río. Al salir del túnel, el Moro ya libre, salía
despavorido correteando por leiras y campos como loco. A nuestra
izquierda, el camino de tierra que, pasando por la fuente de Los
Capitanes, llega al Castiñeiriño. Seguíamos por el estrecho sendero y
dejábamos atrás la pequeña fábrica de jabones, un feo galpón en medio de
los sembrados. A penas cien metros y ya estábamos cruzando el puente de
piedra que hay río abajo cerca de la Colegiata.
Bordeando el río, llegábamos a un pozo largo donde se bañaban los
chiquillos. Al ver a mi padre, salían del agua y se ponían todos sus
calzoncillos para evitar su ya tradicional grito de guerra: ¡Venga, a
ponerse ese taparrabos, contra! Cuando esto ocurría, confieso que por
vergüenza ajena yo lo pasaba peor que ellos. Le llamaban “el
guardarríos” por la pinta que llevaba y, sin duda, por el intimidatorio
tono de su voz. Le decía al Moro: ¡Venga, al agua¡ y el perro saltaba
una y otra vez, pegándose unos planchazos que dejaban el pozo sin agua.
Los chiquillos parecían extasiados viendo los chapuzones del perro.
Estaban todos sentados con los ojos como platos, admirando el
espectáculo, y todos con los calzoncillos puestos.
Mi padre volvía campo atrás, cruzaba de nuevo el puente y se iba a
sentar al medio de un campo inmenso, en la base de un poste de la luz,
de aquellos de hormigón. Desplegaba su periódico y lo leería durante
toda la tarde. Además de mi caña, nunca olvidé llevar un trozo de miga
de pan para hacer las bolitas y ponerlas en el anzuelo. Buscaba en las
curvas que trazaba el río las zonas oscuras, las que tenían profundidad
y ajustaba la altura del corcho hasta dar con las bermejuelas. Aún
recuerdo la tensa sensación de ver como el corcho comenzaba a emitir
pequeñas ondas, preludio del tirón que lo sumerge en su totalidad. Ese
era el momento de levantar el aparejo y cobrar la ansiada pieza, un
escalo no mayor de diez centímetros que pasaría a engrosar la varilla
que les pasaba desde las agallas hasta salir por la boca. Fueron muchas
las tardes de aquellos veranos en las que bajar del subidón de éxtasis y
felicidad tardaba varias e interminables horas. Qué locura.
En alguna ocasión, llevé un bote, una lata que llenaba de agua y en ella
iba metiendo algunos escalos, normalmente los últimos que pescaba antes
de marcharnos. En casa los pasaba aun bote de cristal grande, de
aquellos de aceitunas y les cambiaba el agua cada dos días. La
bermejuela es un pez que a pesar de su endeble apariencia, es resistente
y duradero. Pequeñas bolitas de pan y lombrices troceadas, eran
suficiente alimento para disfrutar de su compañía ubicándolos en la
peana de un ventanal. Media docena de ellas, aguantó casi dos años.
Recuerdo como si fuese hoy, a aquel muchacho joven pero mayor que yo,
pescando con caña larga de bambú y saltón como cebo. Bailaba el bicho a
la salida de las corrientes y después lo dejaba derivar al fondo hasta
sentir la picada. Daba un tirón tan largo que las truchas salían todas
como cohetes para caer en el prado. Algunas se clavaban bien pero puedo
afirmar, porque soy testigo, que en una ocasión en la que fui
acompañándole río arriba, pegó tal latigazo para sacar una trucha que
ésta salió volando y traspasó el muro de la Colegiata. La pobre cayó en
el patio entre los innumerables niños que jugaban no sé a qué pero que
hacían mucho ruido. La trucha se quedó allí porque no volvió a traspasar
el muro en sentido contrario. No se fue por donde vino ni vino por donde
se fue, simplemente se quedó.
El Moro, extenuado de tanto correr y correr por los campos, prados y
leiras, se sentaba al lado de mi padre. Mi padre, al comprobar el cambio
de color del perro, el negro por el marrón tierra, le invitaba
amablemente a darse un baño con otro típico grito de guerra, aquel de…
¡Venga, hombre, al agua! Ya se hace tarde y cuando el viejo se levanta,
la felicidad llega a su fin pero solo por este día. Quizás mañana
volvamos, pasado, seguro. El perro, recién salido del agua, se acerca a
nosotros y nos obsequia con una larguísima sacudida hasta quedar
completamente seco. Mi padre recibe la peor parte y aunque me consta que
siempre le trató con especial cariño, al Moro ese último baño no le
gustó nada. Ni una palabra y comenzamos la vuelta a casa.
Son las siete y media. Llegando a casa, antes del cruce con lo que antes
era el Hórreo y las casas de la Rosaleda, me preguntaba si tenía hambre.
Entrábamos los tres en un bar que se anunciaba en el exterior con dos
enormes chapas de “Citrania” y “Boy”, dos bebidas refrescantes de las
que no se acuerdan ni mis coetáneos. Nos sentábamos y el perro, sin
necesidad de indicarle nada, se situaba sentado bajo nuestra mesa. Mi
padre pedía una cerveza fría y para mí, un bocadillo de jamón y una
Citrania que siempre era de naranja. Hablábamos mientras yo merendaba.
Me contaba que en ocasiones, el río venía totalmente teñido de blanco
porque las curtidurías vertían la cal y las tinturas directamente al
agua. Aparecían miles de truchas flotando panza arriba y algunos
ejemplares pasaban de dos kilos. Sin embargo, aseveraba, una semana
después seguían pescándose truchas, reos, escalos, anguilas y alguna que
otra lamprea que en su temporada llegaba hasta allí. En cierta ocasión
me enseñó un excelente ejemplar sujeto bajo el pequeño puente a una de
las piedras de la pared.
Como siempre, en un despiste, me falta un trozo de bocadillo y
curiosamente, echaba un vistazo bajo la mesa y sorprendía al Moro
masticando algo compulsivamente. Mi padre le quería mucho y cuando dejó
de cazar, continuó durante muchos años disfrutando de su amistosa
compañía. Yo me beneficié de su acertada decisión hasta el final de sus
días. Al final era tan manso que mientras dormitaba, pude ver en
repetidas ocasiones como un mirlo bajaba del sauce bajo el que tenía su
caseta y hacía escala en su cogote, pegado a la lata con agua, para
beber. El gato del vecino, el maldito “Charlie”, le robaba con
frecuencia la comida delante de sus narices. Moro se murió cuando mi
padre cayó enfermo y no volvió a salir de casa.
A pesar de que el agua del Sar, colegiata abajo, no está en las
condiciones de aquellos años, aprovechando mi prejubilación, voy a
repetir una de aquellas inolvidables excursiones. Tengo la caña de bomba
y el resto lo sustituiré por dos metros de sedal del 0,16, un pequeño
corcho de botella y un anzuelo de montar mosca ahogada del 14. Llevaré
pan Bimbo para las bolitas y un número de Trueiro para leer sentado en
la base de hormigón del poste de la luz. Recordaré a los niños del
“taparrabos” y me costará concentrarme en la lectura por el estruendo de
las incansables carreras del perro que no estará pero que no dejaré de
oír. Sé de antemano que en la sombra de la curva, la de los juncos, el
corcho volverá a hundirse y volveré a sentirme en el cielo, feliz.
Hoy, en el mejor de los acotados por los que reparto mi afición a la
pesca, no alcanzo a vivir la sensación de plena felicidad como la de
aquellos años en el Sar. Cualquier tiempo pasado fue mejor. |