Aquellos años en el Sar
Por Ricardo Máiz

Jugaba con mis amigos en la calle cuando él salía de casa con su periódico, el perro y su inconfundible atuendo. Tenía una planta impresionante que imponía respeto y la indumentaria marcaba todavía más su imagen desgarbada pero imponente.
Llevaba siempre un pantalón marrón de pana de aquellos típicos para la caza, una chaqueta vieja y las botas eran de cuero negro gastado por el uso a través de los años. El sombrero también correspondía al vestuario de su deporte favorito, la caza de perdices y conejos. Le acompañaba siempre el perro, un pointer negro de pecho blanco llamado Moro y de un bolsillo asomaba El Faro de Vigo. Al llegar a la puerta del jardín, me buscaba con la mirada y me preguntaba siempre lo mismo: ¿Qué, te vienes?
Abandonaba mis juegos sin pensarlo dos veces y entraba en casa en busca de mi caña de bomba con un hilo al que llamábamos tanza que, enrollado en la vara, tenía a modo de flotador, un corcho del tubo de aspirinas traspasado por un palillo de los redondos. Al final del hilo y clavado en la base de la caña, un alfiler doblado en la punta que hacía las veces de anzuelo. No más de diez segundos y ya lo alcanzaba calle abajo. Mi padre era hombre de muy pocas palabras y el trayecto por la carretera que bordeaba la estación de ferrocarril era para mí un monólogo.
Llevaba al Moro sujeto por la correa y no le permitía que le adelantase. Si lo hacía, no le daba un tirón de correa, le corregía con una frase corta pero eficaz: ¡Atrás Moro, atrás! El perro estaba bien educado y no era habitual tener que corregirlo.
Pasábamos por un puente bajo la carretera en el barrio de Sar, aliviadero de aguas de un manantial que discurrían completamente limpias hasta el río. Al salir del túnel, el Moro ya libre, salía despavorido correteando por leiras y campos como loco. A nuestra izquierda, el camino de tierra que, pasando por la fuente de Los Capitanes, llega al Castiñeiriño. Seguíamos por el estrecho sendero y dejábamos atrás la pequeña fábrica de jabones, un feo galpón en medio de los sembrados. A penas cien metros y ya estábamos cruzando el puente de piedra que hay río abajo cerca de la Colegiata.
Bordeando el río, llegábamos a un pozo largo donde se bañaban los chiquillos. Al ver a mi padre, salían del agua y se ponían todos sus calzoncillos para evitar su ya tradicional grito de guerra: ¡Venga, a ponerse ese taparrabos, contra! Cuando esto ocurría, confieso que por vergüenza ajena yo lo pasaba peor que ellos. Le llamaban “el guardarríos” por la pinta que llevaba y, sin duda, por el intimidatorio tono de su voz. Le decía al Moro: ¡Venga, al agua¡ y el perro saltaba una y otra vez, pegándose unos planchazos que dejaban el pozo sin agua. Los chiquillos parecían extasiados viendo los chapuzones del perro. Estaban todos sentados con los ojos como platos, admirando el espectáculo, y todos con los calzoncillos puestos.
Mi padre volvía campo atrás, cruzaba de nuevo el puente y se iba a sentar al medio de un campo inmenso, en la base de un poste de la luz, de aquellos de hormigón. Desplegaba su periódico y lo leería durante toda la tarde. Además de mi caña, nunca olvidé llevar un trozo de miga de pan para hacer las bolitas y ponerlas en el anzuelo. Buscaba en las curvas que trazaba el río las zonas oscuras, las que tenían profundidad y ajustaba la altura del corcho hasta dar con las bermejuelas. Aún recuerdo la tensa sensación de ver como el corcho comenzaba a emitir pequeñas ondas, preludio del tirón que lo sumerge en su totalidad. Ese era el momento de levantar el aparejo y cobrar la ansiada pieza, un escalo no mayor de diez centímetros que pasaría a engrosar la varilla que les pasaba desde las agallas hasta salir por la boca. Fueron muchas las tardes de aquellos veranos en las que bajar del subidón de éxtasis y felicidad tardaba varias e interminables horas. Qué locura.
En alguna ocasión, llevé un bote, una lata que llenaba de agua y en ella iba metiendo algunos escalos, normalmente los últimos que pescaba antes de marcharnos. En casa los pasaba aun bote de cristal grande, de aquellos de aceitunas y les cambiaba el agua cada dos días. La bermejuela es un pez que a pesar de su endeble apariencia, es resistente y duradero. Pequeñas bolitas de pan y lombrices troceadas, eran suficiente alimento para disfrutar de su compañía ubicándolos en la peana de un ventanal. Media docena de ellas, aguantó casi dos años.
Recuerdo como si fuese hoy, a aquel muchacho joven pero mayor que yo, pescando con caña larga de bambú y saltón como cebo. Bailaba el bicho a la salida de las corrientes y después lo dejaba derivar al fondo hasta sentir la picada. Daba un tirón tan largo que las truchas salían todas como cohetes para caer en el prado. Algunas se clavaban bien pero puedo afirmar, porque soy testigo, que en una ocasión en la que fui acompañándole río arriba, pegó tal latigazo para sacar una trucha que ésta salió volando y traspasó el muro de la Colegiata. La pobre cayó en el patio entre los innumerables niños que jugaban no sé a qué pero que hacían mucho ruido. La trucha se quedó allí porque no volvió a traspasar el muro en sentido contrario. No se fue por donde vino ni vino por donde se fue, simplemente se quedó.
El Moro, extenuado de tanto correr y correr por los campos, prados y leiras, se sentaba al lado de mi padre. Mi padre, al comprobar el cambio de color del perro, el negro por el marrón tierra, le invitaba amablemente a darse un baño con otro típico grito de guerra, aquel de… ¡Venga, hombre, al agua! Ya se hace tarde y cuando el viejo se levanta, la felicidad llega a su fin pero solo por este día. Quizás mañana volvamos, pasado, seguro. El perro, recién salido del agua, se acerca a nosotros y nos obsequia con una larguísima sacudida hasta quedar completamente seco. Mi padre recibe la peor parte y aunque me consta que siempre le trató con especial cariño, al Moro ese último baño no le gustó nada. Ni una palabra y comenzamos la vuelta a casa.
Son las siete y media. Llegando a casa, antes del cruce con lo que antes era el Hórreo y las casas de la Rosaleda, me preguntaba si tenía hambre. Entrábamos los tres en un bar que se anunciaba en el exterior con dos enormes chapas de “Citrania” y “Boy”, dos bebidas refrescantes de las que no se acuerdan ni mis coetáneos. Nos sentábamos y el perro, sin necesidad de indicarle nada, se situaba sentado bajo nuestra mesa. Mi padre pedía una cerveza fría y para mí, un bocadillo de jamón y una Citrania que siempre era de naranja. Hablábamos mientras yo merendaba. Me contaba que en ocasiones, el río venía totalmente teñido de blanco porque las curtidurías vertían la cal y las tinturas directamente al agua. Aparecían miles de truchas flotando panza arriba y algunos ejemplares pasaban de dos kilos. Sin embargo, aseveraba, una semana después seguían pescándose truchas, reos, escalos, anguilas y alguna que otra lamprea que en su temporada llegaba hasta allí. En cierta ocasión me enseñó un excelente ejemplar sujeto bajo el pequeño puente a una de las piedras de la pared.
Como siempre, en un despiste, me falta un trozo de bocadillo y curiosamente, echaba un vistazo bajo la mesa y sorprendía al Moro masticando algo compulsivamente. Mi padre le quería mucho y cuando dejó de cazar, continuó durante muchos años disfrutando de su amistosa compañía. Yo me beneficié de su acertada decisión hasta el final de sus días. Al final era tan manso que mientras dormitaba, pude ver en repetidas ocasiones como un mirlo bajaba del sauce bajo el que tenía su caseta y hacía escala en su cogote, pegado a la lata con agua, para beber. El gato del vecino, el maldito “Charlie”, le robaba con frecuencia la comida delante de sus narices. Moro se murió cuando mi padre cayó enfermo y no volvió a salir de casa.
A pesar de que el agua del Sar, colegiata abajo, no está en las condiciones de aquellos años, aprovechando mi prejubilación, voy a repetir una de aquellas inolvidables excursiones. Tengo la caña de bomba y el resto lo sustituiré por dos metros de sedal del 0,16, un pequeño corcho de botella y un anzuelo de montar mosca ahogada del 14. Llevaré pan Bimbo para las bolitas y un número de Trueiro para leer sentado en la base de hormigón del poste de la luz. Recordaré a los niños del “taparrabos” y me costará concentrarme en la lectura por el estruendo de las incansables carreras del perro que no estará pero que no dejaré de oír. Sé de antemano que en la sombra de la curva, la de los juncos, el corcho volverá a hundirse y volveré a sentirme en el cielo, feliz.
Hoy, en el mejor de los acotados por los que reparto mi afición a la pesca, no alcanzo a vivir la sensación de plena felicidad como la de aquellos años en el Sar. Cualquier tiempo pasado fue mejor.

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