EL INFINITO

Pues si Moralejo pasó del infinito al cero a velocidad cósmica después de acariciar la universalidad, yo me quedo en el infinito por un buen puñado de tiempo. Querido Doctor, te espero, pues mi paciencia no tiene límites.
Hace ocho años, cuando Ortega certificaba el inicio de la recuperación salmonera del Ulla con su campano de 5 kg, secundado por el Pater Ramón, al día siguiente de completarse el cupo de 10 ejemplares tenía la inmensa fortuna de pescar Couso, cuando Couso era Couso y no el muro de las lamentaciones.
Y menos mal que algunos amigos me acompañaron cuando uno tras otro, cinco plateados, fueron cayendo en mis señuelos para delirio del de Catoira. E indico y resalto la presencia de amigos porque, por eso, puedo contarlo sin temor a pasar por bravuconada u ostentación vikinga.
Pero uno, en tiempos de restricciones, de masificaciones, de cupos y de medidas firulillenses absurdas, no soñaba con un festival, ¿qué digo?, zarzuela de emociones como las que me proporcionó el Coto del Conde de Ximonde el sábado 22 de mayo de 2009. Y cito la fecha en su amplitud ya que la significación de la misma para mi caña es proporcional en magnitud, peso y medida.

Emulando al Gran Gurú del Deva, nos plantábamos el de Eibar y el de Catoira en Ximonde a las 5:50 h. El de la Real Sociedad con sacadera al hombro y sin permiso, todo un detalle. Bajábamos al Prado de Louzao y con absoluta puntualidad, por el meridiano de Rego, caía el primer risco a las 6:05 h. La ocasión merecía un “Taboada fashion design” pero dos príncipes no lo debieron considerar apropiado para inmolarse. Ellos se lo perdieron, que decía John Balan.
Con las primeras luces del día, el de Eibar atendía a los primeros baños y a los más numerosos saltos y cabriolas de los plateados que se refugian en Venezuela para curar su dentadura.
Y ya me decía. Hoy cae.

Dejamos en paz a reos y salmones. Uno de cada, con Nolotil en la aleta, nos dijeron que saludáramos al Doctor de su parte y, sobre las siete y media, nos fuimos a la zona superior de Ximonde. La zona cero.
Día claro y soleado, en contra de las predicciones.
El Penedo Redondo vacío, mientras las otras tres cañas estaban en Reboredo.
Primera varada a quisquilla viva con la infalible e inefable Catherine. El verdín impide trabajar el cebo. Caña plegada al perejil y vamos a la excitante. Metemos una “María Peluda”, virguería de Muíños, aunque Reimóndez optaría por la “Orange”, y consigue un revolcón a destiempo. Estos salmones ya no le tienen respeto a nada…

Con algún que otro baño ocasional y espaciado, llegan los primeros amigos. Ortega Jr. Y con él, se activan los salares.
Contándonos cómo sacó sus cinco con tres de días atrás, entra un plateado casi en el límite del coto, a escasos milímetros de la “línea imaginaria” de los cojones (y no voy a ocultar que podían ser unos milímetros de menos como de más).
En la cabriola vemos que es de la media cutre de este año. Los cinco se nos antojan lejanos. Salva ya avisa: ¡Viene mal clavado! y mientras el bicho mete una carrera hacia el vedado, Juan bajaba hacia el Penedo con la sacadera y se pierde el carrerón veinte metros obstáculos con crono del salar hacia los brizos. Allí se queda.

Nos visita la guardería, esa que queremos que venga. La que te trata como un humano con edad de Bibiana. La que sabe pedirte las  credenciales pero antes espera pacientemente a que se las muestres. La que comparte información salmonera. La guardería buena. Porque ya se sabe que hay dos…
A media mañana. El río se aplana. Ya no se ven. Ni en la zona vedada.
Empezamos a pensar en la cervecita y en reservar algunas fuerzas para la tarde pero el Roto, Reboredo y O Bote llevan ferretería en su justa medida sin que correspondan a la invitación.

Ahora sí, toca descanso, reflexión y avituallamiento. Como A Outeira de Moncho estaba cerrada nos vamos al Avenida y nos meten la gran clavada del día. En consonancia a la jornada.
Coincidimos con Fernando Fernández, José Eladio Álvarez y Jorge Fernández, de Monforte. El primero ya había sacado en Sinde por donde también campeaban Muíños, Miramontes (¡Qué grande eres!) y alguna caña ribereña más.
No era día de mucho chupito que, como decía Napoleón, el alcohol en medida incita pero en exceso impide.
A las cuatro y media estábamos de nuevo en O Penedo. Tottus Meus (sorry Juanjo).

Pero la tarde cambiaba hacia las previsiones ya conocidas y ahora acertaban. Si la mañana había obligado a pescar en manga corta, la sesión vespertina invitaba a poner chupa.
Juan, de hecho, sacadera en una mano y paraguas en la otra.
Alterno los primeros lances de la Scierra de dos manos con los cucharillazos rangeros, porque la mosca los pone cachondos pero la cuchara los clava. Y no sería la mosca la que los mosquease. Empieza a llover y amenaza la tormenta.
En un cucharillazo en perpendicular al Puesto Largo, entra un pequeño. Unos tres kilos. De nuevo viene mal clavado y se suelta rápido.

Llega Ortega Senior –sabiduría ribereña a toneladas- y como la edad no perdona le dejamos la silla articulada que, con cansancio, hace las veces de sofá de siete plazas. Por cierto, modélica siesta la del de Eibar. Ronquido al cielo.
Y con Ortega llega la treboada. Truenos por el Pico Sacro, por Remesar, por Sarandón… alguno tan cercano que cualquiera diría que también tenía permiso para Ximonde.
Y aquí los plateados viraron tolos…

Llegan otros amigos y curiosos a tiempo de ver prendido un ejemplar de ocho kilos, quizá nueve, haciéndose pasar por Flipper y dejándonos perplejos. ¡Cuanto duran los segundos! Otro que venía mal clavado.
Con tres picadas en la Antares y la que estaba cayendo otros se irían al coche y así lo hicimos, pero a buscar paraguas.
A media tarde Ximonde era una piscina con monitor de primeros auxilios.
Llega el cuarto, el que espero que algún día me cuente en privado, qué coño hizo: si enronchó en el sedal o si imitando a sus antecesores mordió mal con lo hermosa que es la Ranger y lo franca que se la ponía. Otro que se va de vacaciones a Venezuela con Viajes Halcón.
No desistimos, y la Hairy Mary Muíños seduce al Penedo con más ilusión que efectividad. No era el día, pero el de Eibar seguía machacando; sale.
Las otras tres cañas, de las tierras de Urdidle, habían dejado de pescar para acercarse al Penedo que fervía.
Y la cosa pintaba tan mal para mi Stella y mis Ranger del 3 y del 4 que el final del día se acercaba tan amenazante como los truenos que ya habían conseguido que algunos buscasen el refugio del coche.

20:30 h. PM. Zulú. Penedo Redondo. Ximonde. A Estrada.
Lance de libro. De esos que salen aunque te empeñes en creer que eres un fenómeno.
Cae, perdón, posa en los brizos medianeros a un milímetro del enganche, del fracaso y del cero pero entra en el tiro penediano-sublime-penedista y en la piedra filosofal alcanza el infinito… Este no se escapa.
Y no cuento como fue.
El de Eibar, Grande-Grande como Miramontes, gestiona la sacadera como Guardiola el vestuario.
Macho estlizado que me da la segunda guía en dos semanas.
Mi Ulla me debía un salmón desde hace dos años y me lo pagó con créditos al doscientos por cien.
El Ulla es el Ulla, el Masma es un grifo (Sorry, Juan) y el Miño...
Decían The Beatles ¡Qué noche la de aquel día! Que vengan los cuatro de Liverpool y compongan ¡Que temporada la de aquel año!...
Miguel Piñeiro

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