Este salmón va por ti, Doc.

Los pescadores conocen a la perfección, y lo asumimos, la cantidad de gestiones que tenemos que hacer todos los años a fin de conseguir un permiso con las mínimas garantías para encestar un plateado en la sacadera. En los tiempos que corren, campeonar en Asturias se hace más caro, por eso, la inmensa mayoría de los pescadores gallegos de salmón sueñan con un buen número en el sorteo que los pueda acercar a la gloria infinita de Ximonde.
Nuestra terna -Zulueta, Torres y el de Catoira, que suscribe, siempre con el Doc en la memoria- habíamos sacrificado pescar los tres juntos y en el mismo día en aras de pillar Ximonde en mayo y, en efecto, pudimos personalizar nuestros nombres en los tres últimos permisos de mayo aunque como contraprestación tuviésemos que pescar por separado, circunstancia pero que muy desagradable para los tres.
Ni por edad, ni dignidad y mucho menos por gobierno, me puse el 25 de mayo por bobinas, y el 30 y el 31 para mis sufridos compañeros de solicitud.
Meses que se hacen eternos, los que van desde la expedición del preciado papel hasta que pisas el Parnaso Vedra-Estradense.
Los días anteriores vas poniendo todo en orden: cañas, carretes, moscas, cucharillas… Y las horas previas se hacen interminables, sobre todo cuando tienes que soportar a los fanáticos merengues subiéndose a las mesas y echando fuego por los ojos (me acordé de un colchonero de pro, Paquiño Porto, al que daré dos abrazos, uno por saber perder y otro por el sublime navegar de una quisquilla que tendría que figurar en la fachada principal del mismísimo Guggenheim).

Bien. 25 de mayo. 05:00 h. Rueiro-Pazos. Coche como furgoneta de mercadillo y arranco.
Llego al Prado de Louzao minutos antes del horario y sabedor de que el Meridiano de Rego está inoperativo, me adentro en las procelosas aguas del mundo furtiveiro con tres lances a los que me obligó mi mano derecha a pesar de que la izquierda no estaba de acuerdo ¿te acuerdas, Firulillo? Tres lances, un minuto escaso en la ultratumba de la condena. Cinco minutos después empieza a abrir el día y me acuerdo de Casal, Máiz y otros muchos a los que este horario de las Princesitas de Conservación los condena a jubilar los riscos.
Ni un baño, ni un chapoteo, una auténtica desolación que contrastaba con el Ximonde veraniego que se convierte en la gran piscina donde graban “Mira quien salta”.
Del prado del propietario del mejor Albariño de la comarca al Olimpo ximondés que campa desde O Penedo a Campos de Viso, Corrientes de Reboredo y O Poio do Bote. Y si estos se tuercen, pues te bajas a Venezuela pasando por el Prado de Louzao.
Al llegar, tres estradenses metían ferretería en los tres puestos de arriba bajo las instrucciones y supervisión del amigo Coco.
Aún no eran las siete de la mañana. Carallo que frío hacía…
Y contaría al final del día el Druida Salmonero Mayor, Salva Ortega Jr. en su fabuloso reducto internauta (asorilladoulla.com) que “Ximonde amanecía con muchos salmones rondando las varas de los pescadores. A Suso, se le soltó un salmón en O Poio do Bote a cucharilla a las 9:00 h”. Y si lo dice Ortega bien cierto será, pero ver, lo que se dice ver… vimos pocos, muy pocos.
Llega la guardería, a la que invitamos cortésmente a un pinchito. Buen rollito, buena gente. Estos no son de los que te dan con el mosquetón en los dedos de los pies.
Y, como va de apariciones, llega el “sexagenario” magistral de Couso, el Ortega Padre, el de la flor en el… (allí, en ese sitio).
Antes de meterme en Perejil llamé a Ignacio Paz para pedirle permiso, que la piedra es suya y las líneas fronterizas también. Con el visado entre los dientes, intenté doctorar la Ulla Salmón de Roberto Coll, joya entre las joyas que no pesca un plateado por la falta de pericia del de Catoira, no por la suma maestría del de Paterna montando blanks. Y al pisar agua miré hacia unas nubes que serían gallegas porque no se sabía si iban a descargar o no. Entre ellas, nuestro Doc, que andaba a las xardas, asoma la cabeza y me dice: “A triunfar, neno, dale duro en los peteiros…” Se cumplían, ese mismo día, dos años desde que se fue a otros caladeros donde no hay restricciones.
Y empieza el vareo. La mosca de Porto busca en cada escondrijo, y me los pone cachondos, hasta que uno con quinquenio en báscula me dice: “Gracias por el mosqueo, pero hoy toca ferretería…”
Debo indicar que la Ulla Salmón fue engalanada, como no podía ser de otra manera, con una de las mejores creaciones mosqueras de todos los tiempos y que estuve ciertamente tentado a meterla en una olla con loureiro y un poquito de sal para tripearla sin miramientos.
Recordé, camino de perejil, que el Ulla, mi Ulla, le debe un plateado a una caña que causa sensación y admiración entre todos aquellos que la acarician con la mano y el Ulla paga bien. Me sube un salmón a la mosca y, cuando va a caer en el triple infernal que tanto molesta a los imbéciles, el salmón me ve, se acerca y me dice: ¿No serás tú Paco Hervella? A lo que le contesto: No, coño, ¿Tengo yo pinta de estar amargado o de mandar anónimos? Acto seguido, cabreado como es lógico, saqué un grampín XXL de la faltriqueira y lo amenacé mirándole a los ojos a la par que le mostraba el jarraspillo por la tamaña osadía de compararme con un técnico de la Xunta, equiparación que no gusta nada a los que no debemos a Hacienda ni al Banco ni faltamos al Manual de Buenas Conductas. El salar vio el artefacto y puso cara de concejal. Me dijeron, un par de horas después, que lo vieron subir por el Tea camino de Mondariz-Balneario para reponerse del susto.
Otra vez será, querido, te tomo la matrícula.

En cierto modo feliz, porque lejos de doctorar la caña y jubilarla, como le prometí a Coll, seguiré pescando con ella.
Saco pasaporte para O Penedo, piedra filosofal que a los merecientes depara y reporta momentos de inconmensurable felicidad. La “Catherine”, triunfadora en el grifo del Masma no acaba de habituarse al proceloso mar del Ulla donde el tiempo se hace corto y las distancias eternas. Con suavidad aterciopelada poso el cebo en el tiro de agua donde el éxito y el fracaso están delimitados por una décima de segundo. Ortega no lo ve nada claro. No le gusta la pinta. Tuerce el morro y va metiendo bocata de quisquilla y miñoca mientras gira la cabeza (no más de 45º para que no lo multe un guardia de Poio de paseo por el coto) sin perder de vista las corrientes. ¡Va! Poco después, otro plateado con carnet del Imserso me dice que ni de coña, que hoy toca ferretería con tuneado de chapa y pintura. Me cabreo y bajamos a Reboredo. ¡Más madera! Y acabamos en O Poio do Bote. Venga para arriba otra vez. Nos paramos en Campos de Viso (porque el Puesto Roto ya no está “rompido”, coño) y dos millones de cucharillazos después volvemos a O Penedo. Ortega acaba desesperándose y meditando su retiro del fútbol activo…
Me meto en el coche, aprovechando un pequeño chaparrón, y Morfeo me seduce echándome en cara lo poco que había dormido la noche anterior por culpa del mariachi merengue. Y cuando más lejos estaba de Ximonde, “Mi Niño”, el de San Lois Cesures, el caballero del saber estar y docto conocimiento de los plateados, el tirolés agallegado, el de la fina estampa, caballero (lo digo por la canción, no por Pablo), el… pues eso, que aparece Juan María y rompe tres dedos en la ventanilla (ya, ya… ya dije antes que estaba muy lejos…)

Vamos al lío y de postura en postura llego otra vez al Penedo pero Miniño se acerca y me dice: Mete una varada en Perejil que vas a sacar un salmón ¡Venga, Juanma, no me toque los bemoles que llevo casi siete horas pescando y estoy sin dormir! Miniño se pone serio, me mira a los ojos y concluye: ¡Te digo que te metas, que vas a sacar uno…! Ante tan intimidatoria y animosa recomendación, llegué a Perejil ¡Viva Honduras! y puse un fax a Nachín, el de Manolo, al que su padre puso de apellido Paz, para pedirle autorización para transgredir la línea imaginaria y tomar la fortaleza al asalto (hay que respetar las tradiciones y las ausencias). Ignacio me contestó invitándome a pescar hasta donde llega la marea, y acto seguido vareo el canal una y otra vez hasta que un plateado me pone más tenso que la cara de Berlusconi.

El animal, antes de correr el riesgo de caer el año que viene en Couso, se inmola y da con sus brillantes escamas en la sacadera que manejaba con acierto y destreza Manuel Riveira. Ya en el trueiro (Uy, como me gusta este nombrecito), y en tierra, donde el que maneja la caña proclama su supremacía sobre el bicho con aletas, el salmón me dijo: “Te salvas que tengo una contractura en la cola por un par de putos troncos que me encontré en la bocana grande de Couso por la que subieron toneladas y toneladas de mis antepasados, que de estar en plenitud física no salías triunfal y perpetuarías la racha otros dos años”. Como la conversación era privada y había mucha expectación, me acerqué al ejemplar y le dije al oído que como he dejado la pesca sin muerte para toda la vida y ahora pienso matar, masacrar y sacrificar “a eito” y a caño libre todo lo que se me ponga por delante, altivo, le susurré: “Cállate, Diego Costa, que estás hablando con el Campeón de la Champións de Ximonde y además, ahora voy a pregonar la Feria del Capón de Villalba para que me impongan otra insignia de oro y así amplío la colección que acabaré fundiendo en anzuelos de oro para capturar a los hijos de tus hijos y los hijos de tus nietos y a todos los bastardos que hayas traído a este mundo, por los siglos de los siglos, Amén. De hecho, mi convicción en dar el golpe de gracia es tal que ayer mismo encargué a un proveedor de Afganistán dos contenedores de lejía, carburo, dinamita y tres potentes grupos electrógenos (uno para electrocutar Ximonde, otro para hacer lo propio en Sinde y el tercero para alumbrar Couso). Y, sin mediar más palabras, saqué de anestésico y lo mandé al sueño eterno (tengo que reconocer que debí propasarme en la ejecución pues un asistente a la misma llegó a pensar que estaba atizándole en su analfabetismo a alguno de mi club de fans)

Y de pronto me veo en la Cripta del Mutismo, a escasos metros del capturadero, y me vienen a la mente perversas y pérfidas intenciones de meterle dos varadas con muerte-muerte y saña a plena luz del día, para que el vergonzoso antecedente del peón de nefasto apellido no quede viudo ni olvidado, pero los vigilantes me indican atentamente que no dispongo de permiso de pesca para ese tramo por lo que desisto de cometer el pecado nacional de meter la mano en lo público. Guía, precinto y abrazos de despedida, de esos que tanto gustan a la gente normal y tanto desesperan a los anormales.
Ya por la tarde, estaba Pepe (el de Hedegasa) en la pasarela viendo unas camas de lampreas, cuando llegan dos salmones, frescos y lozanos como el pan del día y así como posturan llega también Louzao, al que hay que ampliarle la pasarela para que quepa tanta humanidad y bonhomía.

Me bajo y pillo de 0,20 con cuchara de no más de 6,5 cms, que pesco con toda la muerte del mundo, pero dentro de un orden, y le atizo donde se pone el pintalabios pero el plateado me hizo como Peleteiro a la grada de Riazor (para quien no sepa lo que hizo Jota, el del Celta, pues empieza por “peine” y acaba en “ta”.
Al llegar a casa, la parienta con su estricto sentido de la responsabilidad me pregunta: ¿Fuiste a votar? ¡Coño! Europa jugándose su futuro y yo de carallada por el Ulla…
La vida me deparó una nueva “escena ullanesca” que ya quisiera para si el mismísimo Goya, acto que guardo ya en el sentimiento salmonero que preservo en un lugar dilecto y predilecto entre mis emociones.

P. D:- Sirvan estas líneas para justificarme de que, en mi humilde casa solariega de Padrón, la mesa más grande es sólo para 350 comensales por lo que no podría sentar a la vez a todos aquellos que deseo y merecen. Además, si sacas cabeza y cola, el salmón poco daría para todos y cada uno de ellos, a no ser que se comieran las escamas en ensalada.
Ponerlo entre dos salsas, con dos cojones y legalmente, es el mejor homenaje a nuestro Doctor.