Relatos de pesca

Un salmón en el último minuto

 

Para quien haya sido criado en la cultura salmonera galaica, el término “salmón”es mucho más que un simple vocablo asociado a la exquisita gastronomía de nuestra tierra.
Uno, que nació en la pontevedresa y arousana Catoira, de pequeño ya meditaba cómo subían los salmones por las Torres del Oeste, las Brañas de Laíño, las pesqueiras de Herbón y los rápidos de O Lapido para llegar a la zona noble de Sinde, Couso y Ximonde.
Oía historias de pescadores con salmones de quince y más kilos de peso.
Con el tiempo y una caña -nunca mejor dicho- me había convertido en uno de ellos, pero sin los salmones.
La década de los ochenta fue para el río Ulla una panacea de pesca, un paradigma salmonero y un lugar de reconocido crédito, pero la posterior de los noventa significó el estado pre mortem de un curso emblemático que afortunadamente da los primeros síntomas de haber abandonado la UCI.

Durante años frecuenté los tres cotos sin llegar a tener la suerte de ver cómo se sacaba un ejemplar -siempre me pillaba en otro lugar o comiendo un bocata o en el coche- y mucho menos tuve la fortuna de clavar uno.

Tardé años en sentir las emociones de un bicho bravo de estos en la caña.
Después de la susodicha y nefasta década pasada en la que la soledad invadía las márgenes del Ulla, con los primeros indicios de la recuperación del río Ulla, sentí en mis carnes las más arrebatadoras emociones salmoneras en un día en el que clavé dos ejemplares por la mañana y tres por la tarde. ¡Cinco! ¡Cinco hermosos bichejos de los que sólo pude traer a tierra uno sólo ya que los otros consiguieron zafarse puesto que pescaba con un sedal de 0,20 mm. Yo soy de los que contemplo la posibilidad de la evasiva del pez, ese día me ganaron la partida y lo celebro. La pesca es así.

En la temporada de 2002 me presentaba una vez más al concurso de cotos. El día del sorteo llamé, por simple inercia, a la Delegación de Pontevedra para conocer qué mal número me había tocado en desgracia. Cuando me comunican que era el número 1...
Así era, la dichosa y caprichosa bolita había salido con la solicitud 174. ¡Coño!, me dije...

El primer día de la temporada, el cuatro de mayo, las primeras cañas del Ulla se aprestaban a lanzarse al agua en presencia de medio centenar de periodistas y medios de toda España. Un Encuentro de Pesca los había congregado en el Coto de Couso invitados por el Alcalde de Teo Armando Blanco.

Y allí estábamos nosotros, las seis cañas de Couso, siendo observados por “cazas y pescas”, “jaras y sedales”, “seasons”, “camperos”, “federpescas”,
“danicas”, “ondas ceros”, etc, etc, etc.
Mi compañero Juan y yo bajamos al pozo que mejores resultados aportara los las anteriores campañas, A Croeira, con la inestimable ayuda del Maestro Rafael del Pozo, que puso tanto interés como nosotros mismos en conseguir el “campano” del Ulla hasta el punto de confeccionar una mosca para la cola de Juan. Estaba “a huevo”, vamos.

Pero ese escurridizo ejemplar no se dejó ver ni ese día, ni el siguiente, ni el siguiente del siguiente. Saldría aún varias jornadas después como siempre triunfal, con poderío y señorío, son solera, con gracejo, luchando noblemente.

Cuando todos creíamos que empezarían a caer ejemplares a mares, nos encontramos con la cruda realidad del goteo. Del cuatro de mayo al diecinueve de junio tan sólo se habían capturado 12 salmones.

El día del Concurso Internacional del Salmón de A Estrada participé entre las 44 cañas, contabilizándose un solo ejemplar.
La desolación estaba cundiendo entre pescadores, ribereños, guardería y curiosos.
Tuve la oportunidad de conseguir dos cotos más y llegué a clavar un ejemplar que logró huir y al que felicito porque el entendimiento entre pescador y salmón también contempla la victoria de éste último.

El diecisiete de junio tenía mi último permiso de la temporada.
Reconozco que ya no tenía expectativas ni esperanzas de pesca –pronto para el reo y tarde para el salmón- pero la llamada del Ulla es poderosa.

Me invadía tal desánimo que incluso opté por no pescar por la mañana.
Sobre las seis de la tarde, monté mi aparejo de moscas en una caña y una cucharilla plateada en la otra, con el reo como centro de atención viendo que los salmones no estaban “de quiero”.

Pesqué la presa, metro a metro, prestando especial atención a las típicas posturas de reo. Hacía calor y bochorno.
Sobre las nueve de la noche, ya de camino a la zona media del coto, un pescador me comenta que un salmón se bañaba para abajo, cuestión un tanto extraña. Ya en A Croeira, mi amigo Ortega me hace la misma indicación a la par que se prodigaba en los lances buscando el ataque del ejemplar. Seguí bajando hasta O Salto do Can, postura inmejorable para reo, y una hora después -sin picada alguna- volví a A Croeira. Ortega estaba desesperado e Iglesias ya había dado por finalizada la jornada.

A última hora, las diez de la noche, apareció mi amigo Paulino que, a pocos metros de mí, seguía mis evoluciones en los lances que realizaba a la cola del pozo, ya lindando con O Lazareto. Paulino es un enamorado, como yo, de los serenos del Ulla.
Tenía montadas unas moscas en anzuelo Mustad 540 del 9, mi debilidad reeira. Una avispa de saltarina, una oliva y/o una rosa como intermedias y una falangista abajo.

La verdad es que la conversación con Paulino sobre el final de la Liga de fútbol centraba más mi interés que la propia pesca.

El sol había desaparecido a nuestras espaldas y la temperatura era mucho más agradable.

Estaba pescando ladeado hacia Paulino cuando el sedal se tensó y la caña quedaba clavada. Di un pequeño tirón -la tanza de mis moscas las dejo a unos 20 cms y como había muy poca agua pensé que enganchara en alguna piedra- pero no obtuve respuesta. Con otro tirón mas pronunciado percibí un ejemplar en el señuelo. Quedó quieto, inmóvil, seco. Fueron décimas de segundo eternas. Era un gran ejemplar, no era un reo más, se trataba de un gran bicho con el que tendría que poner a prueba mis mejores habilidades. Salió disparado hacia abajo, se me descolgaba. Chapoteando y a la carrera subí unos diez o quince metros bajo la atenta mirada de Ortega y Paulino. El pez entonces volvió a subir y dio varias reveladoras cabezadas.
No era un reo, aquello, a todas luces, ¡era un salmón! Apreté un poco y dio un tímido salto fuera del agua seguido de otro más espectacular. No había duda, era salmón. Ortega había salido corriendo a buscar un troeiro sin llegar a verlo saltar. Tampoco era muy grande, calculamos que no llegaría a los cuatro kilos.

Seguía dando frenéticas cabezadas que iban perdiendo intensidad. Merodeaba por la zona central del pozo pero intentaba llegar algo más arriba buscando el amparo de la corriente. Yo mantenía la caña en alto sin forzar. Volvió a intentar decantarse y logré pararlo, invirtió su recorrido buscando la cabecera del pozo y reaccioné acertadamente. ¡Una eternidad!

Entre los comentarios de Paulino y otros presentes, el animal iba cediendo lentamente. Yo no tenía prisa, ninguna prisa. Estaba bien clavado. Si mi sedal había aguantado los embravecidos tirones iniciales, era difícil que se escapase si no lo apuraba. Nadie miró el reloj. Minutos, pocos minutos, apenas cinco o seis, cuando empecé a notar que cedía a mi recogida. Una vez acercándose a la orilla volvió a pelear hacia arriba y, al no conseguirlo, lo hizo hacia abajo, pero se venía acercando. A unos cinco metros de la orilla se clavó de nuevo, posturándose en el fondo. ¡Que fortaleza!. Lo vimos entusiasmados. Noble, generoso, señor...

Poco después ya lo acercaba a la orilla donde Paulino pudo echarlo a tierra al tiempo que aparecía Ortega con el innecesario accesorio.


Como pescadores caballeros que son, los presentes me felicitaron y máxime por haberlo sacado a mosca con aparejo de reo.

Era un macho añal, de primera y muy reciente entrada por las marcas de pulgón de la cabeza a la cola. En la báscula, Padín certificó 3 kilos de peso. Largo y muy estilizado.

Entre foto y foto, abrimos unas botellas de vino en el refugio para cerrar el día de pesca con agradable conversación y camaradería.

Jorge Padín, Jefe de la Cuenca Operativa del Ulla, no recordaba la captura de un salmón tan tarde. A las ocho o nueve de la tarde sí, pero a las diez y cuarto de la noche no es nada habitual.
Con renovados apretones de mano nos despedimos.

De camino a casa no dejaba de pensar que había pescado un salmón  en el último suspiro de la temporada.
Cuando me acosté, reviví segundo a segundo toda la emoción del lance y me temo que acompañaba el recuerdo con ostensibles golpes de brazo hasta que mi mujer -también pescadora- me dijo:

-“Anda. Duérmete ya, que vas a tener agujetas y de la nevera no escapa...”

Miguel Piñeiro